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Capítulo 09 - La mujer que llevaba el rostro de Eva

Chapter 09 - Capítulo 09 - La mujer que llevaba el rostro de Eva

Mara sintió que el pintalabios se le escapaba de los dedos.

Tomás se volvió hacia Eva.

—¿Qué has dicho?

La mujer levantó las manos.

—No soy un monstruo. Tampoco soy exactamente Eva.

Lucía observó sus pupilas, la forma de respirar y el pequeño movimiento de los dedos.

—Adrián utilizó transferencia de memoria.

La tecnología de Vermilion no podía mover una personalidad completa, pero sí implantar secuencias emocionales y recuerdos en personas sometidas durante años. La mujer tenía el cuerpo de Eva. Sus recuerdos, sin embargo, habían sido fragmentados, bloqueados y rellenados.

—¿Cómo te llamas? —preguntó Mara.

Ella tardó.

—A veces Eva. A veces Irene.

La mujer explicó que algunas mañanas despertaba sabiendo preparar el café exactamente como Tomás lo tomaba y otras recordaba una infancia en una casa que Eva nunca habitó. Podía reconocer la voz de Teresa, pero también sentía miedo ante ella sin saber a cuál de las dos mujeres pertenecía ese miedo.

Había aprendido a anotar los recuerdos en dos columnas. En una escribía HECHOS VERIFICADOS: fecha de nacimiento, cicatriz, documentos, lugares. En la otra, SENSACIONES SIN DUEÑA: olor a cloro, un hermano gritando, una canción francesa, la certeza de haber abandonado a alguien en una estación.

—Adrián decía que la identidad era solo una historia repetida con suficiente confianza —dijo—. Cuando dudaba de mí, me mostraba vídeos de Irene y luego me preguntaba cuál de las dos sentía vergüenza.

Tomás dio un paso hacia ella y volvió a detenerse. Mara vio en su cara el impulso de llamarla Eva, abrazarla y exigir al cuerpo que confirmara todo lo perdido. También vio cómo lo contenía.

—¿Qué nombre quieres que usemos ahora? —preguntó.

La mujer pareció sorprendida.

—No lo sé.

—Entonces podemos esperar.

Mara sintió una punzada extraña de gratitud hacia un hombre al que apenas conocía. Quizá el cambio no se demostraba diciendo que uno era distinto, sino soportando no recibir aquello que deseaba.

Lucía palideció.

Irene Vale era una de las seis chicas de la fotografía original. Desapareció poco después de graduarse. Era hermana menor de Adrián Shaw por parte de madre, aunque usaba otro apellido.

—No puede ser —dijo Miranda desde el intercomunicador—. Irene murió.

—Eso creyó Adrián conveniente —respondió la mujer.

Durante doce años, Eva permaneció viva en instalaciones de Aster. Adrián intentó extraer la contraseña oculta en la memoria de Mara usando a Eva como mapa emocional. Cuando los recuerdos de Eva se resistían, implantaba fragmentos de Irene, la única participante capaz de imitar patrones ajenos.

—¿Cuánto queda de mi madre? —preguntó Mara.

La mujer se llevó una mano al pecho.

—No lo sé.

Tomás se acercó, pero ella retrocedió.

—Recuerdo amarte —le dijo—. También recuerdo odiarte. No sé qué sentimiento pertenece a quién.

El dolor del hombre fue visible, pero no la presionó.

—No tienes que decidirlo ahora.

Adrián apareció al fondo del corredor con dos guardias.

—Qué conmovedor. La familia reunida en torno a una identidad que nunca entendió.

Mateo y Miranda entraron por la puerta lateral. Helena venía detrás, aún débil. Los guardias dudaron al verse superados.

—Se acabó —dijo Miranda a su hermano.

Adrián sonrió.

—Llevas treinta años diciéndote eso.

Miranda levantó una memoria con los archivos recuperados.

—La policía está arriba.

—La policía verá lo que yo quiera que recuerde.

Pulsó un control.

Todos los monitores del laboratorio mostraron rostros de personas conectadas desde distintos lugares. Donantes, jueces, médicos, antiguos pacientes. El Protocolo Carmesí había empezado a sincronizarse con la clave parcial de Mara.

—Solo falta una palabra —dijo Adrián—. Y tú la pronunciarás.

Los espejos proyectaron a Eva muriendo en el accidente, a Teresa abandonando a Mara, a Tomás golpeando una puerta, a Cassandra riendo en el baño. Cada imagen intentaba empujarla hacia una emoción: rabia, pérdida, venganza.

—No lo mires —dijo Lucía.

Mara comprendió que Adrián necesitaba una emoción intensa para completar la clave. La palabra final no era un término secreto. Era la emoción con la que Eva la había sellado.

Amor. Miedo. Culpa. Perdón.

Adrián quería que eligiera la equivocada.

Mara miró a Eva.

—¿Recuerdas el día en que me enseñaste a montar en bicicleta?

La mujer cerró los ojos.

—Una calle con árboles. Te caíste y dijiste que la bicicleta estaba enfadada contigo.

—¿Es tuyo ese recuerdo?

—No lo sé.

—Pero ¿qué sientes al verlo?

Eva abrió los ojos.

—Que quería correr detrás de ti y no sujetarte para siempre.

La respuesta provocó otro recuerdo. Eva corría detrás de la bicicleta, pero soltaba el sillín antes de que Mara lo supiera. La niña pedaleaba sola durante varios metros y después se enfadaba porque su madre la había engañado. Eva reía y le explicaba que algunas mentiras sirven para demostrar que ya no necesitas una mano.

La Mara adulta miró aquella escena con dolor.

—No —dijo—. También esa mentira podía haber terminado mal.

Eva parpadeó.

—Tienes razón.

El recuerdo no desapareció. Cambió de significado. Mara comprendió que incluso las escenas tiernas podían contener la costumbre de decidir por ella. Su madre la había amado y, al mismo tiempo, había aprendido a confundir el impulso de soltar con el derecho a elegir cuándo hacerlo.

—La palabra no puede ser amor —dijo Mara—. Todos aquí han utilizado el amor para justificar una puerta cerrada.

Tomás bajó la cabeza. Teresa, detrás del cristal, hizo lo mismo.

Mara comprendió.

La emoción no era amor.

Era libertad.

Pronunció la palabra.

—Libertad.

El sistema aceptó la clave completa.

Adrián sonrió.

—Gracias.

Pero la pantalla no mostró ACTIVACIÓN.

Mostró LIBERACIÓN DE ARCHIVOS.

Eva había diseñado la contraseña para enviar todas las pruebas a servidores públicos, no para encender el protocolo.

Miles de documentos comenzaron a salir.

Adrián perdió la calma.

—¡Deténlo!

Mara levantó el pintalabios.

—Mi madre sabía que usted confundiría libertad con poder.

Adrián pulsó otro control.

Las puertas de seguridad descendieron.

Una de ellas separó a Mara de Eva y Tomás.

El agua del lago empezó a entrar por conductos laterales.

—Si no puedo conservar el proyecto —dijo Adrián—, nadie saldrá con él.

Y mientras el nivel subía, Eva golpeó el cristal desde el otro lado.

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En su frente apareció una palabra roja.

HIJA.

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