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Capítulo 15 - El padre al que no conocía

Chapter 15 - Capítulo 15 - El padre al que no conocía

Mara escuchó la cinta de Tomás la noche anterior a la gala.

No contenía secretos. Solo un hombre joven cantando mal una canción infantil, riéndose cuando olvidaba una estrofa y diciendo al final:

—Buenas noches, pequeña brújula. Aunque no sepa volver, espero que tú siempre encuentres el camino.

Mara lloró sin saber por quién.

A la mañana siguiente pidió encontrarse con Tomás en una cafetería abierta y concurrida. Teresa permaneció en otra mesa. No era una visita familiar. Era una conversación con límites.

—¿Golpeaste a mi madre? —preguntó Mara.

Tomás dejó la taza.

—Nunca la golpeé a ella. Rompí una puerta, lancé un vaso y una vez la sujeté del brazo para impedir que se fuera. La asusté. Eso es violencia, aunque durante años me dijera que no.

Tomás explicó que después de cada episodio limpiaba, pedía perdón y describía su conducta como una excepción. Llevaba flores, prometía terapia y culpaba al trabajo, al alcohol o al miedo de perder a Eva. Nunca decía que ella debía quedarse, pero convertía su sufrimiento en una prueba de amor: si se marchaba cuando él estaba arrepentido, parecía cruel.

—Cuando por fin se fue —dijo—, conté a todos que Adrián la había puesto contra mí. Era más fácil creer en una conspiración que aceptar que yo había hecho insegura nuestra casa.

—Y sí había una conspiración —señaló Mara.

—Sí. Eso retrasó aún más que asumiera mi parte. Las personas culpables se agarran a cualquier injusticia real para no mirar el daño que también hicieron.

Tomás llevaba once años sobrio, pero no presentó la cifra como una medalla. Había recaído dos veces en los primeros meses y pidió ayuda después. Conservaba cartas de sus terapeutas no para convencer a Mara, sino porque sabía que la memoria de una promesa no debía ser la única garantía.

Mara agradeció que no buscara una palabra menor.

—¿Bebías?

—Sí.

—¿Por qué se separó de ti?

—Porque prometía cambiar después de cada episodio y utilizaba mis remordimientos para pedir otra oportunidad. Un día comprendió que mis promesas la obligaban a seguir esperando.

—¿Cuándo dejaste de beber?

—Después de que me dijeron que habíais muerto. No por nobleza. Porque intenté matarme y un compañero me encontró.

Mara sintió el peso de la confesión, pero no asumió la tarea de salvarlo.

—No puedo darte la relación que perdiste.

—Lo sé.

—Y si mamá no quiere verte, eso no la convierte en cruel.

—Lo sé.

Tomás había ensayado esas palabras durante años. Aun así, parecían sinceras.

Le mostró registros de terapia, cartas de sobriedad y una orden que él mismo había solicitado para no acercarse a Eva cuando creyó que podía recaer. No como prueba de que fuera bueno, sino de que había aprendido a poner barreras a su peor versión.

—Quiero conocerte —dijo—. Pero puedo hacerlo a la velocidad que tú decidas.

Mara miró por la ventana.

—Empieza viniendo a la gala como parte del equipo. No como mi padre.

—De acuerdo.

Al regresar, Lucía esperaba con noticias.

La fiscalía había localizado a nueve de las doce niñas. Tres ya estaban en protección. Otras seis acudirían a la gala bajo control de sus tutores, que se negaban a creer las acusaciones. Alba seguía desaparecida.

—Sus padres adoptivos abandonaron la casa anoche —dijo Lucía.

—¿Con ella?

—No sabemos.

Mara percibió un reflejo rojo en la pantalla del teléfono de Lucía. Vio a Alba dentro de una sala de ensayo, dibujando círculos en una pared. Irene le hablaba con dulzura.

—Está en Ravenswood —dijo.

Mateo revisó cámaras. Ninguna mostraba a la joven entrando.

Rosa recordó un túnel antiguo que conectaba el auditorio con la casa del director, cerrada desde hacía décadas. Miranda confirmó que Irene conocía el paso.

El equipo entró por el sótano.

Encontraron una habitación preparada con camas, medicamentos y uniformes de gala. Alba estaba allí junto a dos niñas más. Ninguna parecía retenida físicamente.

—La doctora Cross nos está ayudando —dijo Alba cuando Lucía se acercó.

Lucía se quedó a varios metros.

—Alba, me llamo Lucía Navarro.

—Sé quién eres.

La joven tenía los ojos oscuros y tranquilos.

—Irene me contó que eres mi madre.

Lucía empezó a llorar.

—¿Es verdad? —preguntó Alba.

—Sí.

—¿Por qué me abandonaste?

—No lo hice. Me dijeron que habías muerto.

Alba sonrió con una tristeza adulta.

—Eso dice todo el mundo en esta historia.

Mara sintió el golpe de reconocimiento.

Irene había dado a Alba una versión cuidadosamente verdadera: Lucía participó en Vermilion, bloqueó memorias de niñas y ocultó el archivo a la fiscalía.

—No tienes que venir con ella —dijo Mara—. Pero tampoco tienes que quedarte aquí.

Alba la miró.

—Tú eres la niña que me rompió.

Mara no huyó de la frase.

—Eso ocurrió durante una prueba. Lo siento.

—No lo recuerdas.

—No. Pero te creo.

La pared de la sala reflejó una memoria: Mara pequeña, asustada; Alba de cuatro años frente a ella; Adrián aumentando la intensidad; Lucía gritando que detuvieran la sesión.

Alba observó la imagen.

—Irene dijo que tú disfrutaste.

—Era una niña aterrada.

—Eso no significa que yo tenga que sentirme mejor inmediatamente.

—No.

Mara se sentó en el suelo, manteniendo distancia.

—Durante mucho tiempo imaginé que, si descubría quién me hizo daño, todo se ordenaría. Ahora sé que puedo comprender por qué Teresa mintió y seguir enfadada. Puedes creer que yo no elegí la prueba y seguir odiando lo que ocurrió.

Alba la observó con desconfianza menos rígida.

—Los adultos siempre quieren que una explicación termine la conversación.

—Porque así vuelven a sentirse buenos.

—¿Tú quieres sentirte buena?

Mara pensó en Adrián rodeado de espejos, en la satisfacción breve de verlo asustado.

—Quiero ser responsable de lo que haga ahora. No sé si eso me vuelve buena.

Alba bajó la mano de la pared.

El recuerdo continuó. Después de la onda, Mara corrió hacia Alba e intentó despertarla. Eva tuvo que separarla.

Alba tocó la pared.

Por primera vez dudó de Irene.

Entonces los altavoces del túnel se encendieron.

—Qué escena tan reparadora —dijo la doctora Cross—. Lástima que la memoria también pueda mentir cuando Mara la proyecta.

Las puertas se cerraron.

Irene apareció detrás de un cristal.

—La gala empieza en una hora. Y esta vez no necesito que Cassandra escriba ninguna palabra.

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Señaló a Alba.

—La verdadera llave siempre fue la niña a la que Mara no pudo olvidar.

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