Capítulo 08 - El hombre de la fotografía

Chapter 08 - Capítulo 08 - El hombre de la fotografía
Tomás Vega no parecía un traidor.
Parecía un hombre al que habían despertado dentro de una pesadilla demasiado tarde.
En la pantalla caminaba detrás de Eva, mirando a cada lado y apretando la fotografía. Adrián hablaba con él por un auricular. Eva mantenía las manos delante del cuerpo; las franjas rojas que Mara confundió con ataduras eran sensores adhesivos.
—¿Por qué cree que estamos muertas? —preguntó Mara.
Teresa se sentó contra la pared.
—Porque yo se lo dije.
La confesión llegó sin preparación.
Después del accidente, Tomás apareció en casa. Llevaba dos años separado de Eva, pero quería ver a Mara. Teresa, siguiendo instrucciones de Miranda, le mostró certificados de defunción y amenazó con denunciarlo por violencia si seguía investigando.
No fue una sola conversación. Tomás volvió durante meses. Esperó frente a la casa, escribió a abogados y pidió ver el informe forense. Teresa cambió el número de teléfono, trasladó a Mara de colegio y solicitó una orden provisional utilizando una declaración preparada por Aster.
—Dije que había amenazado con secuestrarte —confesó.
—¿Lo hizo?
—Dijo que, si seguía creyendo que estabas viva, te encontraría aunque tuviera que cruzar el país. Yo convertí esa frase en una amenaza.
Tomás terminó arrestado una noche por acercarse a la vivienda. Después desapareció. Teresa supuso que se había rendido. En realidad, empezó a buscar desde lejos, enviando cartas a direcciones antiguas y pagando investigadores cuando podía.
Mara intentó imaginar a aquel hombre como padre y como persona que había asustado a Eva. No quería reemplazar una mentira por una fantasía más amable.
—¿Era violento? —preguntó Mara.
—No contigo. Con Eva discutía mucho. Una vez rompió una puerta.
—Eso no responde.
Teresa escuchó el zumbido interior.
—No era un hombre seguro entonces. Bebía. Celaba a tu madre. Pero no merecía que le dijeran que su hija había muerto.
—¿Por qué lo hiciste?
—Adrián dijo que, si Tomás seguía cerca, te encontrarían.
Teresa también temía algo más difícil de admitir. Tomás conocía la parte de Eva que se reía, deseaba viajar y cuestionaba a su hermana. Si regresaba, Mara podía crecer comparando versiones y descubrir antes las mentiras de la casa.
—Una parte de mí se sintió necesaria cuando quedamos solas —confesó Teresa—. Me avergüenza, pero es verdad. Tú dependías de mí y yo podía decirme que cada sacrificio me convertía en la única persona segura.
Mara no respondió inmediatamente. El amor de Teresa había sido real, pero también le había dado una identidad que temía perder.
—No quiero ser la prueba de que tu vida tuvo sentido —dijo al fin.
—No deberías serlo.
Mara sintió otra capa de su vida desprenderse. Teresa había decidido qué padre podía recordar, del mismo modo que Lucía decidió qué infancia podía conservar.
Helena señaló el monitor.
—Tomás trabajó años en barcos mercantes. Adrián lo localizó en Grecia y le envió pruebas de que Eva seguía viva. Le dijo que ella había fingido la muerte para alejarlo de su hija.
—Y él le creyó.
—Tenía documentos. Grabaciones cortadas. Todo lo necesario.
Cassandra miró a su madre.
—Lo mismo que hiciste conmigo.
Helena cerró los ojos.
Mara no tenía tiempo para juzgar a todos. Tomó el pintalabios de la caja roja.
—¿Cómo llego al corredor norte?
Miranda mostró un plano.
—Hay una cámara de resonancia entre nosotros y ellos. Si entras con el pigmento activo, Adrián intentará abrir tu memoria.
—También podría ver dónde está mi madre.
—Podrías perder la diferencia entre lo que viviste y lo que él quiere que creas.
Mara miró a Lucía.
—¿Puedes bloquearlo?
—Puedo entrar contigo. Pero si abro el recuerdo equivocado, quizá no pueda cerrarlo.
Cassandra dio un paso.
—Yo también voy.
—No.
—El vínculo del pintalabios sigue en mí. Si Adrián envía algo hacia Mara, puede pasar por las dos.
Helena agarró el brazo de su hija.
—No sabes lo que hace esa sala.
Cassandra se soltó.
—Tú sí. Y aun así me llevaste cuando tenía ocho años.
No hubo respuesta.
Mara, Lucía y Cassandra avanzaron por el corredor. La cámara de resonancia era circular, cubierta de espejos sin marco. En el centro había una silla.
La puerta se cerró.
La voz de Adrián sonó cerca.
—Una víctima, una cómplice y una heredera. Eva siempre tuvo gusto por las simetrías.
El pintalabios se calentó en la mano de Mara.
—No le des una emoción fuerte —dijo Lucía—. Respira. Nombra cinco cosas reales.
—La puerta. Tu voz. Cassandra. El suelo. Mi mano.
Las luces rojas se encendieron.
Mara vio a Tomás entrando en una casa años atrás. Eva le gritaba. Él golpeaba una mesa. La niña Mara se escondía detrás de Teresa.
—Ese recuerdo es mío —dijo.
Después vio otra escena: Tomás empujando a Eva por una escalera.
No reconoció el lugar.
—Esa no.
Lucía le apretó la mano.
—Bien.
Una tercera escena mostró a Eva besando a Adrián Shaw en el laboratorio.
Cassandra jadeó.
—¿Eso es real?
Teresa no estaba allí para escuchar mentiras. Mara miró los detalles: la sombra no coincidía, el reflejo de Eva no movía los labios.
—Falso.
Los espejos se agrietaron.
Adrián cambió de estrategia.
Apareció Mara con seis años, sentada frente a Eva. Su madre repetía una secuencia de palabras.
«Rosa. Norte. Diecisiete. Casa. Aurora. Sangre. Espejo».
Mara empezó a recordarla.
Lucía gritó:
—No la repitas completa.
Demasiado tarde.
Los sistemas del laboratorio se activaron. En los monitores apareció PROTOCOLO CARMESÍ: CLAVE PARCIAL ACEPTADA.
Faltaba una última palabra.
Mara vio a Eva inclinarse sobre ella y susurrarla.
Pero antes de que pudiera oírla, Cassandra se colocó frente al espejo.
—Mírame a mí.
La palabra PERDEDORA reapareció sobre su frente.
La vergüenza de Cassandra inundó la sala y desvió la proyección. Mara vio años de humillaciones, miedo y obediencia. No eran suyos, pero comprendió el sacrificio.
—Basta —dijo.
Liberó una onda roja pequeña.
Los espejos se apagaron.
La puerta se abrió.
Al otro lado estaba Tomás.
Levantó las manos al verlas.
—¿Mara?
Ella reconoció su voz.
No por un recuerdo.
Por una cinta de casete que Teresa guardaba en una caja y que Mara escuchaba de niña sin saber quién cantaba.
Tomás lloró.
—Me dijeron que estabas muerta.
Mara no corrió hacia él.
—Y a mí me dijeron que tú lo estabas.
Eva apareció detrás.
Tenía el cabello casi blanco en las sienes y una cicatriz junto al ojo. Miró a su hija como si el tiempo pudiera romperla.
—Mara.
La joven no supo qué decir.
Eva dio un paso.
Entonces Lucía se interpuso.
—No la toques.
Mara se volvió, desconcertada.
Lucía miraba a Eva con terror.
—Esa mujer no recuerda ser tu madre.
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Eva sonrió con tristeza.
—No. Pero recuerdo haberla creado.