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Capítulo 04 - La traición de Teresa

Chapter 04 - Capítulo 04 - La traición de Teresa

Mara dejó el expediente sobre el suelo de la taquilla.

—Explícalo.

Teresa se quedó de pie en el corredor oscuro, con la espalda apoyada en la pared. A la luz de emergencia parecía mayor, no por las arrugas, sino por el cansancio de alguien que llevaba demasiado tiempo sosteniendo una versión imposible de la realidad.

—Actualicé el archivo para que creyeran que tu poder seguía dormido.

—¿Quiénes?

—El consejo que financió Vermilion.

Lucía cerró la puerta del ala antigua. Mateo vigilaba al fondo.

Teresa explicó que el proyecto nunca desapareció. Después del supuesto accidente de Eva, Ravenswood cerró el laboratorio visible y trasladó la investigación a una fundación privada llamada Instituto Aster. Cada año pedían informes sobre Mara: notas escolares, revisiones médicas, cambios de conducta.

—¿Les dabas información sobre mí?

—Información falsa. Decía que eras tímida, sin episodios, sin respuestas a pigmentos.

—También soy tímida.

—Porque procuré que tu vida fuera pequeña.

La sinceridad dolió más que una excusa.

Mara recordó las decisiones que siempre habían parecido pequeñas. Teresa rechazó una beca para un campamento artístico porque el dormitorio tenía espejos de cuerpo entero. Canceló una excursión a un museo después de descubrir que la muestra principal utilizaba instalaciones reflectantes. A los catorce años, Mara quiso teñirse una mecha roja; su tía reaccionó con tanta dureza que ambas pasaron una semana sin hablar.

Ninguna de aquellas prohibiciones llevaba el nombre de Aster. Teresa hablaba de alergias, seguridad, malas influencias y dinero. Convertía el peligro real en una colección de excusas domésticas. Así podía proteger a Mara sin reconocer que su vida estaba siendo organizada por personas ausentes.

—Cuando me pedías que fuera valiente en clase —dijo Mara—, ¿sabías que al mismo tiempo estabas construyendo una vida donde yo no podía elegir casi nada?

Teresa se llevó una mano a la boca.

—Creía que la valentía servía para soportar lo inevitable.

—Eso no es valentía. Es entrenamiento para aguantar.

La frase hizo eco en el corredor. Mateo bajó la mirada. Lucía permaneció inmóvil, quizá porque también había confundido durante años la adaptación de una niña con su bienestar.

Teresa explicó que cada formulario falso compraba meses de tranquilidad. Si Mara destacaba demasiado, el consejo pedía una evaluación. Si parecía ordinaria, la dejaban en paz. Con el tiempo, Teresa empezó a temer no solo al proyecto, sino cualquier futuro que no pudiera vigilar.

—Llegué a sentir alivio cuando no te invitaban a fiestas —admitió—. Y esa es una verdad que me avergüenza más que las firmas.

Mara sintió una tristeza lenta. La mujer que la había criado no deseaba su infelicidad. Había permitido que el miedo volviera conveniente su aislamiento.

Teresa rechazó campamentos, viajes y actividades artísticas. Mudó a Mara tres veces antes de los doce años. Le prohibió usar maquillaje rojo y cubrió los espejos durante las tormentas, asegurando que era una superstición familiar.

—No me protegiste —dijo Mara—. Me entrenaste para no ocupar espacio.

Teresa empezó a llorar.

—Sí.

Mara esperaba que negara. La admisión la dejó sin un lugar sencillo donde colocar la ira.

Lucía abrió la caja de madera. Contenía seis fichas metálicas, una por cada participante original. Cinco estaban marcadas con nombres. La sexta solo llevaba un número: 06.

—Tú —dijo Lucía.

La cinta de vídeo tenía fecha de la noche del accidente. Mateo encontró un reproductor antiguo en la sala audiovisual. La imagen tembló antes de mostrar a Eva frente a la cámara.

—Si Mara ve esto, significa que Helena consiguió activarla —dijo—. Teresa, no la obligues a perdonarte por tener miedo. Y tú, Mara, no confundas mi deseo de salvarte con inocencia. Yo acepté participar en Vermilion. Creí que podía utilizar el proyecto para ayudar a personas traumatizadas. Cuando comprendí que querían controlar recuerdos, ya habíamos hecho daño.

Eva mostró un documento.

El Instituto Aster planeaba usar a las chicas para influir en testigos, pacientes y jurados. No necesitaban borrar memorias; bastaba con volverlas borrosas, dolorosas o dudosas.

—Helena descubrió que podía implantar una emoción junto a un recuerdo ajeno —continuó Eva—. Si la obligan a despertar a Mara, no es porque quieran estudiar a mi hija. Es porque necesitan que Mara encuentre algo que yo escondí dentro de su propia memoria.

Eva bajó la mirada en la grabación.

—También debo decirte algo que Teresa quizá intente suavizar. Mi nombre aparece entre los financiadores porque puse dinero, firmé solicitudes y defendí el proyecto cuando ya había señales de daño. No fui únicamente una mujer valiente que descubrió la verdad. Fui una investigadora que tardó demasiado en aceptar que el método que amaba estaba destruyendo a personas reales.

Se oyó una respiración fuera de cámara. La Eva del vídeo miró hacia la puerta y continuó con prisa.

—Si algún día me encuentras, no dejes que mi sufrimiento convierta mis decisiones en inocentes. Las víctimas también pueden haber causado daño. Una verdad difícil no cancela la otra.

Mara observó a Teresa. Su tía había construido durante años una madre pura, casi sagrada, quizá porque una heroína muerta resultaba más fácil de proteger que una mujer viva y contradictoria.

—¿Conocías esta parte de la cinta? —preguntó.

—Sí.

—Y aun así me contabas que mamá murió luchando contra hombres malos.

—No sabía explicarte que también había sido parte.

—Podías haber empezado por decir que era humana.

La cinta se cortó.

Mara retrocedió.

—¿Qué escondió en mí?

Lucía parecía horrorizada.

—No lo sabía.

Teresa sí.

Mara lo vio antes de que hablara.

El espejo del aula mostró una escena: Eva arrodillada frente a una Mara de seis años. Le pedía que mirara una tarjeta roja. Después le decía una serie de nombres y números. Lucía colocaba las manos sobre las sienes de la niña.

—Me usaron como caja fuerte —susurró Mara.

Teresa cerró los ojos.

—Eva no confiaba en ningún lugar físico. Creyó que solo tú podrías recuperar la lista cuando fueras lo bastante fuerte.

—¿Lista de qué?

—De las personas que pagaron por Vermilion.

El ruido de una puerta metálica resonó en el corredor.

Mateo apareció corriendo.

—Tenemos que irnos. La directora sabe que estamos aquí.

Las luces se encendieron de golpe.

Por los altavoces sonó la voz de Miranda.

—Mara, tu tía no te ha contado la parte más importante.

Teresa miró hacia el techo.

—No la escuches.

—Eva no escondió la lista para denunciar a los donantes —continuó Miranda—. La escondió porque uno de los nombres era el suyo.

Mara sintió que el rojo le subía a los ojos.

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La directora añadió:

—Tu madre no intentaba destruir Vermilion. Intentaba quedarse con él.

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