Capítulo 17 - La gala de los espejos

Chapter 17 - Capítulo 17 - La gala de los espejos
El primer pulso fue casi imperceptible.
Las lámparas bajaron de intensidad. Las copas vibraron sobre las mesas y los teléfonos de los invitados se encendieron al mismo tiempo. En cada pantalla apareció la palabra PERDEDORA, escrita con la misma letra torcida que Cassandra había dibujado en la frente de Mara.
Algunos invitados rieron, creyendo que formaba parte de la presentación.
Otros sintieron una punzada de vergüenza sin saber por qué.
Irene estaba en el centro del escenario.
—Durante años hemos tratado el trauma como una historia privada —dijo—. Esta noche demostraremos que puede ser compartido, comprendido y finalmente corregido.
Mara avanzó desde el lateral.
—No se corrige obligando a otras personas a sentir lo que usted decide.
Irene la miró como una profesora decepcionada.
—Tu madre decía lo mismo antes de utilizarte como caja fuerte.
La frase buscaba culpa. Mara la sintió entrar como una aguja.
En la pantalla apareció la sesión de infancia donde Alba quedó bloqueada. La imagen estaba editada: mostraba a Mara sonriendo justo antes de liberar la onda.
Alba se llevó una mano a la cicatriz.
—Eso no ocurrió así.
Irene se volvió hacia ella.
—Tú no lo recuerdas con claridad.
—Porque ustedes me medicaron durante doce años.
Los padres adoptivos de Alba estaban entre el público. La mujer se levantó.
—Doctora Cross, nos aseguró que Alba necesitaba tratamiento.
—Y lo necesitaba.
—Nos pagaron por traerla esta noche —dijo el hombre, horrorizado.
Irene perdió una fracción de su calma.
La fiscalía seguía fuera. Los sistemas de cierre impedían abrir las puertas. Mateo trabajaba desde el panel principal, pero cada intento de desconectar la red aumentaba la frecuencia de los pulsos.
Lucía cubrió el implante de Alba con una lámina aislante. No bastó. La joven cayó de rodillas, consciente pero abrumada por recuerdos.
Mara quiso acercarse.
—Pregúntame —dijo Alba.
—¿Puedo tocarte?
—Sí.
Mara apoyó dos dedos en su mano.
No proyectó nada. Escuchó.
Vio la sesión original: dos niñas aterradas, cables, Adrián elevando la intensidad, Eva intentando entrar, Lucía golpeando el cristal. Mara no sonreía. Tenía los dientes apretados por dolor.
—Lo siento —susurró.
Alba abrió los ojos.
—Yo también te vi intentar despertarme.
El vínculo cambió.
La culpa de Mara no desapareció, pero dejó de ser una cadena unilateral. Había dos supervivientes, no una culpable y una víctima elegidas por Irene.
El sistema perdió estabilidad.
Irene levantó la voz.
—Mara, muéstrales lo que eres.
En las pantallas aparecieron comentarios de internet: monstruo, bruja, loca, peligrosa. Miles de personas estaban viendo la retransmisión. Cada insulto alimentaba el circuito emocional.
Los ojos de Mara se encendieron.
Podía devolverles todo. Podía hacer que cada persona del salón sintiera el miedo del baño, la soledad de su infancia y la rabia de haber sido utilizada.
Por un segundo quiso hacerlo.
Eva apareció junto al escenario, apoyada en Tomás.
—Mara —dijo—. La libertad no obliga.
Irene se rio.
—Hermosa frase de una mujer que escondió una contraseña dentro de su hija.
Eva no se defendió.
—Sí. Yo también la utilicé. Por eso ella no tiene que obedecerme ahora.
Mara miró a los invitados.
—Quien quiera ver lo que ocurrió, levante la mano.
Irene frunció el ceño.
—No funciona así.
—Entonces funcionará de otra manera.
Al principio nadie se movió.
Lucía levantó la mano.
Después Cassandra.
Mateo desde el fondo. Tomás. Teresa. Rosa, sentada en una silla de ruedas cerca de la salida. Algunos profesores. Varios padres.
Poco a poco, más manos se alzaron.
Mara enfocó la energía solo hacia quienes habían consentido.
Los espejos mostraron recuerdos, pero no los impusieron como propios. Eran escenas observadas desde fuera: Cassandra escribiendo la palabra; Helena entregando el pintalabios; Adrián experimentando; Irene cambiando expedientes; los donantes firmando; Teresa medicando a Mara y llorando después; Eva regresando al laboratorio; Lucía escondiendo el archivo.
También mostraron las partes incómodas que Mara podría haber ocultado: su impulso de golpear a Adrián, la satisfacción breve al ver a Cassandra asustada, la culpa por Alba.
La verdad no la presentó como perfecta.
La presentó completa.
Los invitados bajaron las manos, pálidos.
Una mujer del consejo comenzó a llorar.
—Yo firmé una beca —dijo—. No sabía que era un reclutamiento.
Rosa la miró.
—No quiso saber.
Irene pulsó el control maestro.
—Suficiente.
El sistema intentó abrir los disparadores de las doce niñas. En las pantallas aparecieron sus nombres.
Nia y Brooke, ya fuera del salón, sintieron el pulso. Los agentes médicos activaron el protocolo de protección preparado por Eva. Nueve chicas fueron aisladas de pantallas y pigmentos.
Alba seguía dentro.
La cicatriz detrás de su oído brilló.
—No puedo apagarlo —dijo Lucía.
Mara sostuvo su mano.
—No voy a entrar en tu memoria.
—Entonces ayúdame a salir.
—¿Cómo?
—Cambia la palabra.
Mara comprendió. El sistema asociaba a Alba con daño, silencio y llave. Necesitaban una palabra elegida por ella.
—¿Cuál? —preguntó Mara.
Alba respiró entrecortadamente.
—Presente.
Mara repitió:
—Presente.
Los espejos mostraron a Alba no como niña herida, sino como joven allí, tomando una decisión. El implante dejó de responder a la secuencia antigua.
Una a una, las conexiones de las doce chicas se apagaron.
Irene miró la pantalla, incrédula.
—No podéis destruir años de trabajo con una palabra.
Alba se puso de pie.
—No fue la palabra. Fue que esta vez la elegí yo.
Las puertas del salón se abrieron.
Los agentes federales entraron.
Irene retrocedió hacia la pantalla principal. Mara vio que llevaba un pequeño control en la mano.
—Si lo pulsa, borrará los servidores —gritó Mateo.
Irene sonrió.
—Los servidores no importan.
Se llevó el control al pecho.
—La última copia está dentro de Eva.
Y antes de ser detenida, pulsó el botón.
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Eva cayó al suelo.
Cuando abrió los ojos, miró a Mara sin reconocerla.