Capítulo 14 - Lo que Cassandra debía hacer

Chapter 14 - Capítulo 14 - Lo que Cassandra debía hacer
Cassandra se negó a abandonar el instituto hasta hablar con Mara.
Se reunieron en el auditorio vacío, con Mateo y dos agentes cerca. El escenario estaba preparado para la gala: cortinas granates, una pantalla enorme y doce sillas reservadas para las jóvenes becarias.
—No voy a volver a tocarte con ese pintalabios —dijo Cassandra.
—Lo sé.
—No lo sabes. Tienes motivos para pensar que haría cualquier cosa si mi madre me lo ordenara.
Mara miró el lugar donde Cassandra había sido encerrada.
—¿Quién te trajo?
—La doctora Cross. Dijo que quería hacerme una evaluación después de lo ocurrido en el baño.
Irene había utilizado una voz amable, casi maternal. Cassandra despertó en el compartimento bajo el escenario con la nota sobre el pecho.
—Me dijo algo antes de dormir —continuó—. Que las personas crueles son más útiles porque ya saben ignorar el dolor ajeno.
La frase había perseguido a Cassandra desde que despertó. Irene no la insultó. La evaluó como un recurso. Por primera vez, Cassandra entendió cómo se sintió Mara al convertirse en un expediente: alguien tomaba sus peores decisiones, las separaba de cualquier posibilidad de cambio y las llamaba naturaleza.
—Durante años creí que ser cruel era una forma de no ser débil —dijo—. Ahora resulta que mi madre y esa mujer solo veían una herramienta fácil de manejar.
—Eso no vuelve falsa tu responsabilidad —respondió Mara.
—Ya lo sé.
—Pero tampoco les pertenece tu futuro.
Cassandra miró las doce sillas del escenario. Helena había organizado cada cumpleaños, amistad y actividad pensando en utilidad. Incluso el grupo de chicas que rodeaba a su hija había sido evaluado por conexiones familiares.
—No sé qué parte de mí elegí yo —admitió.
—Empieza por la siguiente.
Cassandra apretó las manos.
—Tenía razón sobre mí.
—Tener una parte de razón no le da derecho a decidir lo que harás después.
Cassandra levantó los ojos.
—¿Por qué no me odias?
—Sí te odio a veces.
La respuesta la sorprendió.
—Pero no quiero que ese odio me convierta en alguien que necesite verte destruida para sentirme entera.
No era perdón. Era un límite.
Cassandra sacó su teléfono.
Había grabado a Irene antes de perder el conocimiento. La doctora explicaba que el vídeo viral del baño había convertido la palabra PERDEDORA en un símbolo compartido por miles de personas. Cada reproducción reforzaba la asociación entre Mara, la vergüenza y el poder rojo.
Durante la gala, transmitirían una segunda humillación en directo. Los sistemas de Aster usarían la reacción colectiva para amplificar el Protocolo Carmesí.
—¿Para qué? —preguntó Mateo.
—Para activar a las doce niñas al mismo tiempo —respondió Lucía.
Irene no quería ocultar el proyecto. Quería demostrarlo ante los donantes y vender una nueva versión basada en redes sociales. Ya no necesitaba espejos especiales si millones de pantallas podían cumplir la misma función.
—Cancelamos la gala —dijo Teresa.
Rosa negó.
—Irene moverá a las niñas a otro lugar. Necesitamos sacarlas de su control y registrar la demostración.
Mara miró las doce sillas.
—No voy a permitir que las activen para conseguir pruebas.
Lucía habló con voz baja.
—Si cancelamos, quizá Alba desaparezca otra vez.
—Es tu hija. No tu oportunidad.
Lucía cerró los ojos.
—Lo sé.
El plan cambió.
La gala seguiría, pero las doce jóvenes serían interceptadas antes de entrar y sustituidas en las sillas por voluntarias adultas informadas. El sistema audiovisual transmitiría una señal neutral. Cassandra fingiría colaborar con Irene, sin tocar a Mara. Mateo y la fiscalía reunirían pruebas suficientes para detener a los implicados.
—¿Y yo? —preguntó Mara.
—No tienes que subir al escenario —dijo Teresa.
—Entonces Irene sabrá que algo falla.
Todos guardaron silencio.
Mara aceptó participar bajo condiciones: ningún pigmento sobre su piel, ningún espejo sin cubrir y una palabra de salida que cortaría la transmisión. Ella misma eligió la palabra.
Casa.
No porque Ravenswood lo fuera, sino porque quería recordar que podía marcharse.
Tomás llegó esa tarde para ayudar con la seguridad externa. Había colaborado con la policía naval durante años y conocía sistemas de evacuación. Teresa lo recibió con una frialdad merecida.
—No confío en ti —dijo.
—Yo tampoco confío en la mujer que me hizo enterrar a mi hija sin cuerpo.
Mara apareció antes de que la discusión creciera.
—Los dos vais a dejar de utilizarme para resolver lo que os hicisteis.
Tomás bajó la mirada.
—Tienes razón.
Teresa asintió.
Mara empezaba a odiar aquella frase y a necesitarla al mismo tiempo.
Antes de irse, Tomás le entregó un pequeño reproductor de casete.
—Grabé canciones para ti cuando eras niña. Teresa devolvió casi todas las cintas. Esta se quedó conmigo.
—No quiero recuerdos preparados.
—No tienes que escucharla.
Mara guardó el aparato sin prometer nada.
Esa noche fue al hospital a ver a Eva. Le contó el plan.
—Irene buscará que sientas vergüenza —dijo Eva—. Si no funciona, utilizará culpa.
—¿Culpa por qué?
Eva miró la ventana.
—Por algo que no te he contado.
Cuando Mara tenía seis años, durante una sesión de Vermilion, liberó una onda que afectó a otra niña. La niña cayó en un estado de bloqueo y nunca recuperó completamente el habla.
—¿Quién era?
Eva cerró los ojos.
—Alba.
La hija de Lucía.
Mara retrocedió.
—Yo le hice daño.
—Eras una niña sometida a un experimento.
—Pero ocurrió.
—Sí.
Eva le tomó la mano solo cuando Mara no la retiró.
—Irene usará esa verdad para hacerte creer que eres responsable de todo lo que vino después.
En la pantalla del televisor del hospital apareció una noticia urgente.
La gala de Ravenswood se retransmitiría en directo como acto de «unidad frente al miedo».
La doctora Evelyn Cross dio una declaración.
—Nuestros jóvenes no deben aprender que una acusación viral puede destruir una comunidad —dijo.
Después miró directamente a la cámara.
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—Mara Soler está invitada a contar su versión.
La sonrisa de Irene dejó claro que sabía que Mara acudiría.