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Capítulo 11 - Las doce niñas invisibles

Chapter 11 - Capítulo 11 - Las doce niñas invisibles

Había doce nombres.

No eran una fila limpia en un documento. Cada nombre llevaba una imagen. Nia Cole dibujando rutas de salida en los márgenes de sus cuadernos. Brooke Jensen contando las baldosas antes de entrar en una habitación. Alba Navarro sentada en una consulta donde nadie le explicaba por qué cada sesión terminaba con una laguna.

También había niñas que Mara nunca había visto y, sin embargo, reconocía a través del archivo oculto: Julia, de once años, que decía escuchar colores; Samira, de catorce, expulsada de dos centros por describir secretos que los adultos negaban; Elise, de nueve, diagnosticada con fantasía patológica después de identificar a un trabajador que robaba medicación.

Aster había transformado reacciones comprensibles en síntomas convenientes. Si una niña decía la verdad demasiado pronto, era inestable. Si callaba, el tratamiento funcionaba. El programa siempre podía declararse necesario.

Mara sintió el peso de los nombres, pero Eva le había advertido contra otra trampa: creer que conocerlos la convertía automáticamente en responsable de salvarlas a todas.

—No puedes hacerlo sola —dijo Lucía.

—No quiero hacerlo sola. Quiero que dejen de estar solas.

Mara no los recordó de golpe. Llegaron mientras dormía, escritos en superficies distintas: vapor sobre una ventana, tinta roja en una hoja, reflejos en el agua de un vaso. Niñas de nueve a diecisiete años, distribuidas en colegios, centros de acogida y clínicas de tres estados.

Algunas figuraban como pacientes con trastornos de conducta. Otras eran alumnas becadas. Dos estaban oficialmente desaparecidas.

Lucía anotó cada nombre sin intentar abrir más recuerdos.

—No volveré a entrar en tu cabeza sin permiso —dijo.

Mara estaba en casa de Teresa. Habían cubierto los espejos grandes, no por miedo, sino para darle descanso. Los periodistas permanecían al otro lado de la calle. En televisión, expertos discutían si el vídeo del baño era un truco, una sustancia química o una amenaza sobrenatural.

Nadie hablaba de la palabra que Cassandra había escrito primero.

La humillación era menos interesante que el poder.

Una reportera se instaló frente a la casa y preguntó en directo por qué Mara no había denunciado antes el acoso. Un comentarista respondió que quizá disfrutaba de la atención. Ninguno mencionó los formularios borrados ni las reuniones donde adultos decidieron que una palabra en una taquilla no era suficiente evidencia.

Mara comprendió que la sociedad repetía una versión menos sofisticada de Vermilion: separaba una reacción espectacular de todo lo que la había provocado y luego juzgaba a la persona por no reaccionar de una manera más cómoda.

Teresa quiso cerrar las cortinas.

—Déjalas abiertas —dijo Mara—. Pero no voy a salir a actuar para ellos.

Era una diferencia nueva: no esconderse y no entregarse tampoco.

—¿Las niñas saben lo que les hacen? —preguntó Mara.

—Probablemente no todas —respondió Lucía.

Los archivos liberados permitieron a la fiscalía registrar sedes del Instituto Aster. Encontraron laboratorios cerrados, pigmentos y expedientes. Los responsables alegaron que se trataba de terapias experimentales autorizadas por tutores.

—Los tutores pueden firmar cosas terribles cuando alguien las llama tratamiento —dijo Teresa.

Mara la miró.

—Tú firmaste.

Teresa asintió.

La conversación pendiente ocupaba toda la casa.

Durante años, Teresa llevó a Mara a una clínica para tratar sus «migrañas». Las pastillas reducían la actividad neurológica vinculada al rojo. Ella sabía que formaban parte del protocolo de supresión.

—¿Me medicabas para Aster?

—Para impedir que Aster tuviera un motivo para llevarte.

—Podías haberme contado la verdad cuando fui mayor.

—Cada año pensaba que esperar uno más sería más seguro.

Mara se levantó de la mesa.

—La mentira también crea dependencia. Yo no sabía vivir sin preguntarte si todo estaba bien.

—Lo sé.

—Deja de decir que lo sabes como si eso reparara algo.

Teresa lloró, pero no pidió consuelo.

—Tienes razón.

Mara se encerró en su habitación. Allí encontró una caja que nunca había visto. Teresa la había dejado sobre la cama.

Contenía cartas de Tomás.

Había una por cada año desde la supuesta muerte. Todas habían sido devueltas sin abrir. Algunas estaban dirigidas a Teresa. Otras a «mi hija, si sigue viva».

Mara abrió la de su décimo cumpleaños.

Tomás escribía desde un puerto de Marsella. Decía que soñaba con una niña junto a una bicicleta azul y que no sabía si era un recuerdo o un castigo. Prometía mantenerse sobrio aunque nadie volviera a llamarlo padre.

La carta no lo convertía en un hombre seguro.

Demostraba, sin embargo, que no había dejado de buscar.

Eva permanecía en observación médica. Los especialistas confirmaron que sus recuerdos estaban fragmentados, pero no que hubiera otra personalidad completa dentro. «Irene» parecía ser un conjunto de memorias implantadas, no una persona separada.

Mara la visitó al tercer día.

Eva estaba junto a la ventana, dibujando una planta en un cuaderno.

—Siempre dibujabas las hojas con cinco puntas —dijo Mara.

Eva miró el dibujo.

—No sé si lo recuerdo o si tú acabas de enseñármelo con la cara.

—Eso debe ser horrible.

—Es cansado.

No intentó abrazarla.

—¿Por qué no escapaste antes?

Eva dejó el lápiz.

Había escapado dos veces. La primera llegó hasta Canadá, pero Adrián amenazó a Teresa y a Mara. La segunda consiguió enviar pruebas a Lucía. Después, Aster la localizó y utilizó medicamentos para romper su orientación.

—Hace tres semanas recuperé suficiente memoria para entrar en la bóveda —explicó—. Borré las copias visibles y regresé al pabellón porque sabía que Adrián te activaría.

—Me utilizaste otra vez.

Eva cerró los ojos.

—Sí.

Mara esperaba una defensa. No llegó.

—Creí que era la única forma de liberar los archivos y encontrar a las doce niñas. Elegí una misión sobre tu derecho a saber.

—Todos dicen que eligieron por mí porque me querían.

—Entonces quizá te quisimos mal.

La frase abrió un espacio distinto. No perdón. Honestidad.

Eva entregó a Mara una hoja con símbolos.

—Los nombres no bastan. Cada niña tiene un disparador diferente. Si los equipos de rescate entran sin saberlo, pueden provocar una crisis.

—¿Cómo encontramos los disparadores?

—En el archivo maestro.

—Dijiste que estaba en mí.

—La ruta está en ti. El archivo está en otro lugar.

Eva dibujó un teatro con una lámpara central.

Mara lo reconoció.

El auditorio de Ravenswood.

—Debajo del escenario hay una cámara que nadie registró —dijo Eva—. Tu abuela Rosa la construyó antes de que Adrián llegara.

Mara frunció el ceño.

—Mi abuela murió antes de que yo naciera.

Eva la miró con tristeza.

—Eso te dijo Teresa.

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Rosa Soler estaba viva.

Y según Eva, había fundado el primer programa que dio origen a Vermilion.

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