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Capítulo 02 - El vídeo que nadie pudo borrar

Chapter 02 - Capítulo 02 - El vídeo que nadie pudo borrar

A las once y diecisiete, el vídeo ya estaba en todos los teléfonos del instituto.

Zoe había dejado su móvil grabando cuando cayó al suelo. La imagen mostraba a Mara inmóvil frente al lavabo, las luces parpadeando y las cuatro chicas retrocediendo sin que ella las tocara. También captaba la palabra roja en su frente y la voz de Cassandra suplicando.

La grabación terminaba justo antes de que entrara la directora.

Miranda ordenó apagar la red wifi, recoger los móviles y prohibir que los alumnos abandonaran las aulas. No sirvió de nada. El vídeo había salido del edificio en menos de cuatro minutos.

Mara permanecía en una sala de reuniones junto a la orientadora escolar, la señora Navarro. Le habían dado una toalla húmeda para limpiar la palabra, pero el rojo no desaparecía por completo. Cada vez que frotaba, las letras volvían a marcarse como una cicatriz reciente.

—Deja de hacerlo —dijo la orientadora.

Lucía Navarro tenía cuarenta y siete años, cabello oscuro y una voz que solía calmar a los alumnos. Aquella mañana evitaba mirar el pintalabios que descansaba dentro de una bolsa transparente sobre la mesa.

—¿Usted también lo reconoce? —preguntó Mara.

Lucía tardó en responder.

—Reconozco las iniciales.

—Mi madre trabajó aquí antes de morir.

—Era profesora de arte.

—Eso ya lo sé.

Mara pensó en Eva pintando acuarelas en la cocina, en sus manos siempre manchadas de color y en la última noche, cuando prometió regresar después de una reunión en el instituto. La policía dijo que su coche perdió el control en una carretera mojada.

No encontraron el cuerpo hasta dos días después.

—¿Qué es el Proyecto Vermilion? —preguntó.

Lucía dejó de respirar un segundo.

—¿Dónde has oído ese nombre?

—En el espejo.

La puerta se abrió antes de que pudiera decir más.

Miranda entró acompañada por Helena Bell, madre de Cassandra y presidenta del consejo escolar. Helena vestía un traje blanco y llevaba el cabello rubio recogido con una precisión que recordaba a su hija.

No miró a Mara. Fue directamente hacia la bolsa.

—Destrúyelo —dijo.

Lucía se puso de pie.

—Es evidencia de una agresión.

—Es propiedad del instituto.

—Cassandra lo utilizó para humillarla.

Helena sonrió con frialdad.

—Mi hija está en la enfermería después de un episodio inexplicable. No sabemos qué sustancia llevaba Mara ni qué dispositivo empleó.

Mara la miró.

—No empleé nada.

—Eso lo decidirán los adultos.

La frase despertó algo rojo detrás de sus ojos, pero Mara lo contuvo.

Miranda colocó unos formularios sobre la mesa.

—Tu tía viene de camino. Hasta entonces, quedarás suspendida por conducta peligrosa.

—¿Y Cassandra?

—Su caso se investigará.

—Me escribió una palabra en la frente.

Helena levantó por fin los ojos.

—Una palabra no justifica aterrorizar a cuatro compañeras.

Lucía miró a Helena como si estuviera observando una escena repetida. Durante el curso anterior, Mara había acudido tres veces a orientación. La primera por mensajes anónimos. La segunda porque alguien pegó una fotografía de Eva en su taquilla con la frase TU MADRE TAMBIÉN HUYÓ DE TI. La tercera no llegó a contar nada: vio a Cassandra esperando fuera del despacho y dijo que se había equivocado de hora.

Lucía documentó dos incidentes. Miranda eliminó uno del sistema por «falta de evidencia» y transformó el otro en un conflicto interpersonal. Helena sugirió una mediación entre las chicas. Mara se negó porque la reunión exigía que describiera su dolor delante de Cassandra, como si la víctima tuviera que ofrecer un informe convincente para merecer distancia.

—No fue una palabra aislada —dijo Lucía—. Fue la culminación de meses de hostigamiento que este centro decidió llamar fricción social.

Helena la miró con desprecio.

—Eres orientadora, no fiscal.

—Y precisamente por ser orientadora sé lo que ocurre cuando los adultos utilizan vocabulario suave para no intervenir.

Mara sintió gratitud y rabia. Gratitud porque alguien pronunciaba por fin una parte de la verdad. Rabia porque Lucía llevaba meses con aquella información y solo parecía dispuesta a usarla ahora que había una fuerza imposible de ignorar.

—¿Por qué no dijo esto antes? —preguntó Mara.

Lucía bajó los ojos.

—Porque pensé que podía protegerte sin enfrentarme a quienes financiaban el instituto.

Era otra forma de decir que había calculado el precio y decidido que Mara podía soportarlo.

Mara señaló la bolsa.

—Ese pintalabios era de mi madre.

La expresión de Helena cambió apenas. Lucía lo vio.

—¿Cómo llegó a manos de su hija? —preguntó la orientadora.

—Lo encontró en el almacén de teatro.

—Ese almacén fue vaciado hace seis años.

Miranda intervino.

—Basta.

Helena se acercó a Mara.

—Escúchame con atención. Hay cosas sobre tu madre que tu familia decidió no contarte. Si insistes en removerlas, no solo te perjudicarás a ti.

Mara sostuvo su mirada.

—¿Está amenazando a mi tía?

—Te estoy dando la oportunidad de irte a casa, limpiar tu frente y permitir que esto parezca una pelea absurda entre adolescentes.

—No fue una pelea.

—Entonces demuestra lo contrario sin ese vídeo.

Helena tomó el teléfono de Zoe que estaba sobre otra mesa. Intentó borrar el archivo original.

La pantalla se bloqueó.

El reflejo rojo de Mara apareció en el cristal.

El vídeo empezó a reproducirse solo.

Pero ya no mostraba el baño.

Mostraba un despacho, grabado la noche anterior. Helena entregaba el pintalabios a Cassandra.

—No hace falta hacerle daño —decía—. Solo escribe la palabra y asegúrate de que se mire al espejo.

Cassandra preguntaba:

—¿Y si no ocurre nada?

—Entonces sabremos que Eva consiguió apagarlo.

La grabación terminó.

Nadie habló.

Mara miró a Helena.

—Usted envió a su hija.

Helena retrocedió, pálida.

—Eso es falso.

Lucía recogió el teléfono antes de que Miranda pudiera tocarlo.

—Ya está en la nube —dijo.

Por primera vez, la directora perdió la calma.

—No sabes lo que acabas de hacer.

Lucía miró a Mara.

—Sí lo sé.

La orientadora abrió un cajón cerrado y sacó una llave antigua.

—Tu madre me pidió que te la entregara si el rojo despertaba.

Mara la tomó.

La llave llevaba grabado el número 17.

—¿Qué abre?

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Lucía miró hacia la pared de espejos del pasillo.

—El lugar donde este instituto guarda a las alumnas que oficialmente nunca existieron.

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