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Capítulo 16 - La llave no era una persona

Chapter 16 - Capítulo 16 - La llave no era una persona

Irene cerró la comunicación y dejó a las chicas en la habitación subterránea.

La puerta no tenía pomo interior. Las luces permanecían encendidas, demasiado blancas, y un reloj digital marcaba los minutos hasta el comienzo de la gala.

Cincuenta y siete.

Lucía se acercó a Alba, pero se detuvo cuando la joven levantó una mano.

—No quiero que me toques.

—De acuerdo.

La respuesta pareció desconcertarla.

Durante años, los adultos de su vida habían llamado tratamiento a cualquier contacto impuesto. Lucía se sentó en el suelo, a distancia.

—No voy a pedirte que confíes en mí. Solo quiero saber si te han dado medicación hoy.

Alba miró el vaso de agua sobre una mesa.

—Una pastilla blanca.

Mara vio el residuo en el fondo. Las otras dos niñas, Nia y Brooke, habían tomado lo mismo. Lucía reconoció el sedante utilizado para disminuir resistencia antes de una sesión de memoria.

—No estáis en peligro inmediato —dijo—, pero podéis sentiros confusas.

Nia, de trece años, empezó a llorar.

—La doctora Cross dijo que recordaríamos por qué nuestras familias no nos querían.

Brooke se abrazó las rodillas.

—Dijo que después podríamos dejar de tener miedo.

Mara se arrodilló frente a ellas.

—Quizá recordéis cosas difíciles, pero nadie tiene derecho a abrirlas sin vuestro permiso.

Alba soltó una risa amarga.

—Tú abriste las mías en la pared.

—Sí. No debí hacerlo sin preguntarte.

Mara sintió la tentación de explicar que había sido involuntario. No lo hizo. Las buenas intenciones no cambiaban la experiencia de Alba.

—¿Por qué Irene dice que eres la llave? —preguntó.

Alba tocó una cicatriz pequeña detrás de su oreja.

A los cuatro años, después de la sesión con Mara, Adrián implantó allí un dispositivo experimental para registrar respuestas neuronales. El aparato ya no funcionaba como monitor, pero conservaba una secuencia de sincronización.

—Mi cuerpo abre el protocolo —dijo—. Tu emoción lo alimenta.

Mara comprendió la frase de Irene. Necesitaban a las dos: la niña herida y la niña culpable.

—No eres una llave —dijo Lucía—. Eres mi…

Se detuvo.

—Eres una persona. Perdona. Todavía estoy aprendiendo a no colocar mi deseo delante de ti.

Alba miró hacia otro lado, pero sus hombros bajaron un poco.

Tomás examinó la puerta. Había acompañado al grupo por el túnel y quedó encerrado con ellos. Encontró una rejilla de ventilación demasiado estrecha para un adulto.

—Una de las niñas podría pasar —dijo.

—No vamos a enviar a una menor sola por un conducto desconocido —respondió Mara.

Nia levantó la mano.

—Yo conozco el plano.

Había vivido seis meses en un centro de Aster y la obligaban a memorizar rutas de evacuación. Sabía que la rejilla comunicaba con el foso de la orquesta.

—Puedo ir —insistió—. No quiero sentarme esperando a que decidan otra vez.

Lucía se agachó.

—Puedes hacerlo si tú eliges, si llevas un comunicador y si prometes volver en cuanto algo no parezca seguro.

Nia asintió.

Mateo consiguió hablar con ellos por un auricular que Tomás llevaba oculto. La seguridad exterior había sido bloqueada por miembros del consejo. La fiscalía tenía orden de entrar, pero los abogados de Ravenswood retrasaban el acceso alegando que había menores en un evento privado.

—Cassandra está dentro del salón —informó Mateo—. Irene la obliga a subir al escenario como representante estudiantil.

Mara cerró los ojos.

—Dile que no improvise. Que espere nuestra señal.

Nia entró en el conducto. Su respiración sonaba por el comunicador. Después de varios minutos llegó al foso y abrió una compuerta manual.

La puerta subterránea no se abrió, pero el sistema de ventilación se detuvo. Tomás retiró la rejilla grande y encontró detrás una caja de conexiones.

Alba se acercó.

—El cable rojo es una trampa.

—¿Cómo lo sabes?

—Irene me enseñó. Siempre coloca una opción obvia para saber quién está dispuesto a actuar sin preguntar.

Mara pensó en el pintalabios, en la palabra y en cada adulto que había ofrecido una elección falsa.

Cortaron el cable gris.

Las cerraduras se liberaron.

Quedaban treinta y nueve minutos.

En el corredor encontraron vestidos rojos preparados para las doce niñas. Cada uno llevaba pigmento conductor cosido en el cuello. Lucía los introdujo en bolsas de evidencia.

Alba observó su vestido.

—Yo elegí el color.

—Elegir una parte no significa consentir el plan completo —dijo Mara.

Las cuatro chicas fueron llevadas hacia una salida segura. Alba se detuvo.

—No voy a irme.

Lucía palideció.

—No tienes que quedarte para demostrar nada.

—Tampoco quiero esconderme mientras Irene cuenta mi historia.

Mara entendió.

—Puedes estar en la gala sin conectarte al sistema. Cubriremos el implante y tendrás una salida cerca.

Alba aceptó.

Cuando subieron detrás del escenario, escucharon los aplausos. Irene hablaba al público sobre resiliencia, reputación y el daño de los rumores.

La pantalla proyectaba una imagen congelada de Mara en el baño, ojos rojos y pintalabios en la mano.

Cassandra estaba junto al atril. Llevaba un vestido negro y una expresión vacía.

Irene la presentó como «una joven dispuesta a perdonar a quien la atacó».

Cassandra miró hacia las cámaras.

—Eso no es lo que ocurrió —dijo.

Irene dejó de sonreír.

—Cassandra, sigue el texto.

La chica rompió las tarjetas preparadas.

—Yo acorralé a Mara. Yo escribí esa palabra en su frente. Mi madre me dio el pintalabios, pero la crueldad fue mía.

Los invitados empezaron a murmurar.

Cassandra continuó:

—Mara no me atacó. Reaccionó a algo que nosotros hicimos. Y este instituto ha intentado borrar la primera parte del vídeo porque les convenía que una chica humillada pareciera una amenaza.

Irene pulsó un botón.

El micrófono de Cassandra se apagó.

La pantalla cambió.

Apareció una transmisión en directo desde el lateral del escenario.

Mara estaba allí.

Irene levantó otro micrófono.

—Entonces escuchemos a la joven que asegura poder mostrarnos la verdad.

Las puertas del salón se cerraron.

En las paredes, docenas de espejos decorativos comenzaron a iluminarse de rojo.

Alba sintió vibrar el implante detrás de la oreja.

Y Mara comprendió el último engaño.

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Irene nunca necesitó que Cassandra escribiera la palabra otra vez.

La confesión pública ya había despertado la vergüenza de todo el salón.

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