Capítulo 07 - El pabellón bajo el lago

Chapter 07 - Capítulo 07 - El pabellón bajo el lago
El lago Mercer quedaba a cuarenta minutos del instituto.
Mara viajó en la furgoneta de Mateo junto a Teresa, Lucía y Cassandra. Miranda siguió en otro coche después de prometer que conocía un acceso de mantenimiento. Nadie confiaba completamente en nadie, pero la imagen de Eva sentada frente al espejo había dejado poco espacio para discutir.
Mateo había establecido reglas antes de salir: nadie se separaría, ningún objeto rojo se tocaría sin avisar y Miranda no tendría acceso a los teléfonos. Cassandra debía permanecer en el vehículo si encontraban personal armado. Ella aceptó todas las condiciones y luego preguntó qué ocurriría si su madre necesitaba ayuda.
—La ayudaremos si hacerlo no pone a otra persona en sus manos —respondió Mateo.
Cassandra miró el bosque pasar detrás del cristal. No defendió a Helena. Tampoco estaba preparada para imaginarla como enemiga. Mara reconoció aquella contradicción. Había sentido algo parecido con Teresa: el amor no desaparecía cuando la verdad llegaba, y precisamente por eso la verdad dolía más.
Lucía revisaba una libreta con antiguos códigos. Teresa no dejaba de mover el pie. Miranda conducía detrás, acompañada por un agente de confianza de Mateo. Cada adulto llevaba una parte del mapa y una parte del daño.
—Si encontramos a Eva —preguntó Mara—, ¿quién decide qué hacer después?
—Ella —dijo Lucía.
Teresa tardó un segundo más.
—Ella —repitió.
Mara notó la diferencia. Antes, su tía habría dicho “nosotras”.
—Helena dijo que no dirigía esto —recordó Mara.
Lucía miró por la ventanilla.
—Durante Vermilion había un hombre por encima de todos: el doctor Adrián Shaw.
—¿Pariente de Miranda?
—Su hermano.
Miranda había ocultado ese vínculo en todos los documentos públicos. Adrián era neuropsiquiatra y fundador del Instituto Aster. Oficialmente murió hacía cinco años durante un incendio en un laboratorio de Suiza.
—En esta historia nadie parece morir de verdad —dijo Cassandra.
Teresa la miró.
—Algunas personas sí murieron. No lo conviertas en una broma.
Cassandra bajó la cabeza.
Llegaron al bosque antes del anochecer. Donde antes se levantaba el pabellón solo quedaban bloques de hormigón cubiertos de musgo. Miranda abrió una compuerta oculta bajo una plataforma de observación.
—El edificio visible era una clínica —explicó—. El laboratorio estaba debajo.
El aire de los túneles olía a humedad y desinfectante. Había cables nuevos en paredes antiguas. Alguien seguía utilizando el lugar.
Cassandra conocía dos códigos. El tercero no funcionó.
Mara apoyó la mano en la puerta metálica. Vio un recuerdo de Helena introduciendo una secuencia: 061217.
—Mi fecha de nacimiento —dijo.
La cerradura se abrió.
En la primera sala encontraron decenas de espejos cubiertos con telas. En la segunda, monitores conectados a cámaras de escuelas, hospitales y tribunales. Mara reconoció el vestíbulo de Ravenswood, el despacho de Helena y la sala donde se celebraban las audiencias juveniles del condado.
—Nunca lo cerraron —susurró Lucía.
—Lo modernizaron —respondió Miranda.
Un altavoz se encendió.
—Bienvenida a casa, Sujeto Seis.
La voz masculina era serena y anciana.
Adrián Shaw apareció en una pantalla. Tenía el cabello blanco, gafas finas y una cicatriz que le cruzaba el cuello.
—Mara, tu madre ha sido muy difícil de convencer. Tú, en cambio, has venido exactamente como esperaba.
—Déjala ir.
—Cuando recuerdes la secuencia.
—No sé ninguna secuencia.
—Sí la sabes. Eva la colocó detrás del primer recuerdo que Lucía bloqueó.
Mara se volvió hacia la orientadora.
Lucía parecía enferma.
—¿Cuál fue mi primer recuerdo?
—No puedo abrirlo aquí.
—Entonces lo abrirá él.
Adrián sonrió.
—Lucía siempre tuvo una moral tardía.
Las puertas se cerraron detrás de ellos.
De los altavoces comenzó a sonar una canción infantil. Mara la reconoció: Eva se la cantaba cuando tenía miedo de dormir.
Los espejos se iluminaron uno a uno.
En cada reflejo apareció una versión distinta de su infancia. Eva abrazándola. Teresa gritándole. Lucía tocándole la frente. Helena observando detrás de un cristal.
Mara perdió el equilibrio.
Cassandra la sostuvo.
—No mires todos a la vez.
—Tengo que encontrar a mi madre.
Teresa cubrió un espejo con su chaqueta.
—Esto quiere saturarte. Cuando no distingas tus recuerdos de los proyectados, Adrián podrá sugerirte la contraseña.
Miranda encontró un panel eléctrico.
—Puedo apagar una sección, no todo.
—Hazlo.
La mitad de los espejos quedó negra.
Mateo abrió una puerta lateral con una barra. Del otro lado había tres habitaciones de observación. La primera estaba vacía. En la segunda encontraron la caja roja que Helena había sacado del instituto.
Dentro estaba el pintalabios de Eva, varias ampollas y un contrato firmado por donantes actuales.
En la tercera habitación estaba Helena.
Tenía las manos esposadas a una mesa.
Cassandra corrió hacia ella.
—Mamá.
Helena levantó la cara.
—No deberías haber venido.
—Tú me trajiste aquí cuando era niña.
—Porque Adrián dijo que podías heredar mi capacidad.
—¿Me usaste para llegar a Mara?
Helena no contestó.
Cassandra retrocedió.
Mara abrió las esposas con una llave encontrada en la caja.
—¿Dónde está Eva?
Helena señaló el corredor norte.
—No está prisionera.
—La vimos atada.
—La escena era para ti. Eva volvió voluntariamente hace tres semanas.
Mara sintió que el pasillo se estrechaba.
—¿Por qué?
—Porque Adrián encontró a tu padre.
Teresa se quedó inmóvil.
—Tomás está muerto.
Helena soltó una risa amarga.
—No. Tomás lleva doce años creyendo que Eva y Mara murieron en el accidente.
Mara miró a su tía.
Teresa negó lentamente.
Helena continuó:
—Eva regresó para impedir que Adrián utilizara a Tomás como último vínculo emocional. Pero no llegó sola.
En el monitor de la pared apareció una cámara en directo.
Eva caminaba por un corredor junto a un hombre de barba oscura y cabello entrecano.
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El hombre llevaba una fotografía de Mara de niña en la mano.
—Ese es tu padre —dijo Helena—. Y acaba de aceptar entregar a Eva a cambio de conocerte.