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Capítulo 03 - La llave número diecisiete

Chapter 03 - Capítulo 03 - La llave número diecisiete

Teresa Soler llegó al instituto cuando ya había tres vehículos de prensa frente a la entrada.

Tenía cincuenta y dos años, trabajaba como contable y llevaba doce años criando a Mara con una disciplina tan tranquila que la joven rara vez la había visto correr. Aquella mañana atravesó el vestíbulo sin abrigo, con el cabello húmedo y el miedo visible en la cara.

—Nos vamos —dijo.

Mara seguía en la sala de reuniones. El pintalabios había desaparecido. Miranda aseguraba que la policía lo había recogido, aunque ningún agente lo confirmó.

—Tía, conocías el Proyecto Vermilion.

Teresa cerró la puerta.

—No aquí.

—¿Mamá estaba en él?

—Mara.

—¿Yo estaba en él?

Teresa miró a Lucía Navarro. La orientadora permanecía junto a la ventana, sosteniendo el teléfono con el vídeo de Helena.

—Le di la llave —dijo.

Teresa perdió el color.

—Prometiste esperar.

—Prometí protegerla. No obedecerte.

Mara dejó la llave número diecisiete sobre la mesa.

—Quiero la verdad.

Teresa se sentó.

Durante años había contado que Eva murió por conducir demasiado deprisa bajo la lluvia. Que el instituto organizó una ceremonia. Que la familia decidió no conservar demasiadas fotografías porque el dolor era insoportable.

La verdad empezaba antes del accidente.

Teresa había construido la infancia de Mara con rutinas impecables. Los lunes había pasta. Los miércoles llamaban a la tía abuela de Barcelona. Los domingos se limpiaba la casa mientras sonaba música antigua. Nunca faltaron comida, material escolar ni una mano en la frente cuando tenía fiebre.

Aquella estabilidad había sido real. También lo habían sido las puertas cerradas.

Cuando Mara preguntaba por Eva, Teresa elegía un recuerdo seguro: cómo cantaba, cómo quemaba las tostadas, cómo podía pasar una hora eligiendo un color. Nunca hablaba del instituto, de su trabajo con espejos ni de los meses anteriores al accidente. Si Mara insistía, Teresa sufría migrañas repentinas o recordaba una factura urgente.

A los trece años, Mara encontró una fotografía de Eva con otras chicas vestidas de rojo. Teresa se la quitó y dijo que pertenecía a una obra de teatro. La fotografía desapareció al día siguiente. A los quince, un profesor comentó que Mara tenía «la misma mirada intensa» que su madre. Teresa pidió su traslado de clase.

Mara había interpretado esas decisiones como dolor. Ahora entendía que también eran administración de información.

—¿Alguna vez pensabas contarme algo? —preguntó.

Teresa no buscó una respuesta bonita.

—Pensaba que lo haría cuando fueras mayor. Después cumpliste doce, catorce, dieciséis… y cada cumpleaños me demostró que esperar otro año era más fácil que admitir todos los anteriores.

La verdad empezaba antes del accidente y se había mantenido viva en cada pequeño desvío de conversación.

Eva, Teresa y Lucía fueron alumnas de Ravenswood Academy a finales de los noventa. Las tres recibieron becas de un programa para jóvenes con «percepción emocional extraordinaria». En realidad, el programa buscaba adolescentes capaces de provocar respuestas físicas en otras personas a través de recuerdos y reflejos.

—Eso no existe —dijo Mara.

Lucía señaló el teléfono donde el vídeo había cambiado solo.

—Existe.

El programa utilizaba pigmentos con partículas conductoras, espejos tratados y sesiones de sugestión. Algunas chicas sufrían migrañas. Otras veían recuerdos ajenos. Eva podía proyectar emociones en superficies reflectantes.

Los primeros resultados parecían milagrosos. Una alumna que no hablaba después de un incendio dibujó en un espejo la puerta por la que había escapado. Una mujer que sufría ataques de pánico pudo asociarlos con una canción utilizada por su agresor. Rosa y Eva creyeron que habían encontrado una forma de ayudar a la memoria sin obligarla a hablar el lenguaje de los adultos.

Luego llegaron los hombres con contratos.

Pidieron pruebas más rápidas, emociones más intensas y resultados medibles. Sustituyeron las sesiones voluntarias por protocolos. Las chicas dejaron de ser colaboradoras y pasaron a ser sujetos. Cada avance terapéutico servía para justificar una intrusión mayor.

Eva protestó en algunas reuniones y celebró otras. Su nombre aparecía junto a patentes y solicitudes de financiación. Mara necesitaba saberlo porque convertir a su madre en una heroína sin contradicciones sería otra forma de falsificar el pasado.

—¿Se enriqueció? —preguntó.

Miranda negó.

—No tanto como esperaba. Pero quiso reconocimiento. Quiso demostrar que era más brillante que Rosa y más valiente que nosotros. Su culpa no fue creer únicamente en ayudar. También creyó que podría controlar el poder cuando estuviera en sus manos.

Mara miró la fotografía reciente de Eva y sintió algo difícil: alivio porque estaba viva y enfado por la mujer compleja que podía encontrar.

—¿Y tú? —preguntó Mara a Teresa.

Su tía se miró las manos.

—Yo podía escuchar mentiras como un zumbido. Tu madre decía que era un don. Para mí siempre fue una condena.

—¿Lucía?

—Puedo bloquear recuerdos durante un tiempo —respondió la orientadora—. No borrarlos. Solo cerrar la puerta.

Mara comprendió de pronto sus lagunas infantiles. Había años enteros de los que apenas recordaba habitaciones, voces o el rostro de su madre.

—Me hiciste olvidar.

Lucía no negó.

—Eva me lo pidió.

La ira roja volvió.

Los cristales vibraron.

Teresa se puso en pie.

—Lo hizo porque te estaban observando. Cuando tenías seis años empezaste a ver recuerdos en los espejos. La directora anterior quiso incorporarte al proyecto.

—Miranda.

—Miranda era investigadora, no directora todavía.

Eva reunió pruebas para denunciar el programa. Teresa se negó a ayudarla al principio. Tenía miedo de perder el trabajo, la casa y la custodia de Mara si algo le ocurría a Eva.

—Eras mi tía —dijo Mara—. No mi madre.

Teresa tragó saliva.

—Eva me nombró tutora en secreto.

La noche del accidente, Eva robó el pintalabios experimental, los expedientes y una lista de donantes. Salió del instituto con Lucía. Nunca llegó a la policía.

—¿Viste el accidente? —preguntó Mara.

Lucía negó.

—Vi el coche salir. Después recibí una llamada de Teresa diciendo que Eva había muerto.

Mara se volvió hacia su tía.

—¿Tú identificaste el cuerpo?

Teresa guardó silencio.

El zumbido de las luces se hizo más fuerte.

—¿Tía?

—No había cuerpo que identificar.

Mara sintió que el corazón le golpeaba las costillas.

Teresa explicó que el coche apareció quemado junto al barranco. Dentro encontraron el anillo de Eva, parte de su chaqueta y sangre compatible con la familia. Miranda aseguró que recuperar los restos era imposible.

—Aceptaste eso.

—Estaba aterrada. Tenía veintinueve años y una niña de seis que gritaba cada vez que veía un espejo.

—¿Por qué dijiste que encontraron su cuerpo?

—Porque necesitabas un final.

Mara se apartó.

—Necesitaba la verdad.

Lucía tomó la llave.

—El número diecisiete corresponde a una taquilla del ala antigua. La cerraron cuando desmantelaron el laboratorio.

Teresa negó.

—No podemos ir.

—Helena ya despertó el poder de Mara —dijo Lucía—. Ahora esconderse no sirve.

Esperaron a que el instituto quedara casi vacío. Mateo, el guardia, desactivó una cámara y las condujo por un corredor clausurado detrás del auditorio.

La taquilla 17 estaba cubierta de pintura gris.

La llave giró.

Dentro había una caja de madera, una cinta de vídeo y una fotografía de seis chicas frente a un espejo rojo.

Eva estaba en el centro.

Teresa y Lucía aparecían a su lado.

La sexta chica era Helena Bell.

Mara levantó la fotografía.

—Ella también formaba parte.

Lucía asintió.

—Era la más poderosa de todas.

En el fondo de la taquilla encontraron un expediente con fecha reciente.

SUJETO 06: MARA SOLER. ESTADO: LATENTE.

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La última actualización se había realizado dos semanas antes.

Y la firma digital pertenecía a Teresa.

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