Globalnewsdesk

Capítulo 06 - Cassandra dice la verdad

Chapter 06 - Capítulo 06 - Cassandra dice la verdad

Encontraron a Cassandra en el aparcamiento, sentada junto a un coche y respirando con dificultad.

Helena había desaparecido.

La palabra roja sobre la frente de la chica no era pintalabios. Parecía proyectada desde dentro de la piel. Cassandra intentaba borrarla con la manga, pero las letras regresaban.

Mara se arrodilló a varios pasos.

—No voy a tocarte.

Cassandra levantó la cara.

—Quítamelo.

—No sé cómo.

—Tú hiciste esto.

—No.

Teresa se acercó y escuchó. El zumbido de las mentiras no apareció.

—Dice la verdad —murmuró.

Cassandra miró a Mara con odio y miedo.

—Mi madre dijo que solo tenía que escribirte la palabra. Dijo que el pintalabios reaccionaría si eras como Eva.

—¿Por qué aceptaste?

—Porque me enseñó vídeos tuyos.

Helena llevaba años grabando a Mara en la escuela: episodios de ansiedad, reflejos extraños, momentos en que las luces fallaban. Convenció a Cassandra de que Mara era peligrosa y que, si despertaba sin control, podía herir a todos.

—¿Y humillarme delante de tus amigas era parte del plan?

Cassandra bajó la vista.

—No.

La vergüenza era real.

—Eso fue mío —admitió—. Quería que tuvieras miedo de mí.

Cassandra contó cómo había construido su lugar en el instituto. No era la más rica ni la más brillante. Era la hija de la mujer que decidía becas, contrataciones y expulsiones. Aprendió que bastaba con insinuar que alguien podía perder una oportunidad para que la gente riera cuando ella reía.

Brianna quería entrar en una universidad donde Helena conocía al patronato. Zoe necesitaba una recomendación. Paige temía que saliera a la luz que su padre había perdido el trabajo. Cassandra conocía cada necesidad y la utilizaba como cuerda.

—No las obligaba —dijo.

—No hace falta decir “hazlo” cuando todos saben lo que cuesta decirte que no —respondió Mara.

Cassandra asintió lentamente.

La mañana del baño, pudo haberse detenido varias veces. Cuando vio llorar a Mara. Cuando destapó el pintalabios. Cuando Paige susurró que ya era suficiente. Siguió porque el grupo la observaba y porque, durante unos segundos, sintió que controlaba la atención que su madre nunca le daba.

—No quiero que mi infancia sea una excusa —dijo—. Pero tampoco quiero seguir fingiendo que nací así.

—Entonces tendrás que contar ambas cosas cuando respondas por lo que hiciste.

Cassandra apretó los labios.

—¿Vas a denunciarme?

—Sí.

La respuesta la hizo palidecer.

—Y también voy a decir que tu madre preparó el pintalabios. Una verdad no cancela la otra.

Por primera vez, Cassandra pareció comprender que ser vista completa no significaba quedar libre de consecuencias.

Mara no sintió satisfacción. Solo cansancio.

—¿Por qué?

Cassandra tardó.

—Porque mi madre te observaba más que a mí.

La confesión cayó sin dramatismo. Helena hablaba de Mara en casa, revisaba sus notas y asistía a reuniones secretas. Cassandra creyó que si demostraba que podía controlar a la chica del proyecto, su madre la consideraría útil.

—No eres una víctima de lo que me hiciste —dijo Mara.

—Lo sé.

Fue la primera vez que Cassandra no buscó una defensa.

La palabra de su frente brilló.

En el cristal del coche apareció un recuerdo. Helena estaba en su despacho, presionando un dispositivo rojo contra la sien de Cassandra.

—Si Mara resiste, el vínculo pasará a ti —decía—. Solo durante unos minutos.

Cassandra tocó su frente.

—Me usó como conducto.

Lucía examinó la marca.

—La energía de Mara rebotó a través del pigmento. La palabra que escribiste regresó asociada a tu propia intención.

—¿Voy a quedarme así?

—No lo sé.

Mara miró el reflejo. Por instinto, colocó dos dedos sobre el espejo del coche. La imagen cambió. Vio el miedo de Cassandra cuando tenía nueve años, esperando sola fuera de una reunión. Vio a Helena decirle que llorar era vulgar. Vio a Cassandra aprender a atacar antes de que alguien descubriera que necesitaba afecto.

Mara retiró la mano.

—Mírame.

Cassandra obedeció.

—No eres la palabra que escribiste. Pero eres responsable de haberla escrito.

El rojo se apagó lentamente.

Las letras desaparecieron.

Cassandra tocó su piel y buscó un espejo. En el cristal del coche solo vio su propia cara, sin palabra, sin brillo, sin una explicación que pudiera mostrar a otras personas. El alivio le duró un segundo. Después comprendió que perder la marca no borraba la escena del baño ni los meses anteriores.

—Podrías haber escrito algo sobre mí —dijo—. Todo el mundo habría creído que lo merecía.

Mara miró el pintalabios en la bolsa.

—Eso es lo que tú pensabas cuando lo hiciste conmigo.

—Sí.

—No quiero aprender la misma lección al revés.

Cassandra respiró con dificultad. Durante años había entendido el poder como capacidad de nombrar a otra persona delante del grupo. Mara acababa de demostrarle una forma distinta: tener la posibilidad de humillar y negarse.

No fue bondad absoluta. Mara todavía deseaba que Cassandra sintiera vergüenza. La diferencia estaba en no convertir ese deseo en una sentencia pública.

Cassandra empezó a llorar.

No pidió perdón.

Quizá comprendió que aún no se lo había ganado.

Los bomberos controlaron el incendio. El archivo central había quedado destruido, pero Mateo encontró una cámara que mostraba a Helena saliendo por una puerta lateral. Llevaba la caja roja y hablaba por teléfono.

Un micrófono exterior captó una frase:

—Eva llegó antes de lo previsto. Llévenla al pabellón norte.

Mara sintió que el corazón se detenía.

—¿Pabellón norte de dónde?

Cassandra levantó la cabeza.

—Mi madre me llevó una vez. Un edificio abandonado cerca del lago Mercer. Dijo que allí empezó todo.

Miranda negó.

—El pabellón fue demolido.

—No —dijo Lucía—. Solo demolieron la parte visible.

Cassandra se puso de pie.

—Sé cómo entrar.

Mara la miró.

—No vienes conmigo.

—Mi madre tiene a la tuya.

—Y tú acabas de ayudarla.

—Precisamente por eso sé lo que hará cuando tenga miedo.

Antes de que pudieran decidir, el teléfono de Mara recibió una videollamada.

La imagen mostraba una habitación blanca.

Eva estaba sentada frente a un espejo, viva, envejecida y con una franja roja alrededor de las muñecas.

Helena apareció detrás.

—Hola, Mara —dijo—. Tu madre y yo llevamos doce años esperando que recuerdes la contraseña.

Eva levantó los ojos hacia la cámara.

May you like

—No vengas —susurró—. Helena no es quien dirige esto.

La transmisión terminó.

Related Stories

Other posts