Capítulo 05 - La versión de la directora

Chapter 05 - Capítulo 05 - La versión de la directora
Miranda esperaba en el antiguo laboratorio.
No llevaba guardias ni abogados. Se había quitado la chaqueta y sostenía una carpeta azul contra el pecho. A sus cincuenta y nueve años conservaba la elegancia rígida de quien había aprendido a parecer tranquila incluso mientras una institución se derrumbaba.
—Puedo llamar a la policía —dijo Mateo.
—Ya están de camino —respondió Miranda—. Helena denunció el robo de archivos médicos.
Mara avanzó.
—¿Mi madre financió el proyecto?
—No al principio.
Miranda abrió la carpeta. Había transferencias desde una empresa llamada Soler Visual Systems, creada por Eva después de graduarse. La compañía vendía tratamientos de pigmentación para restauración artística. Parte de los beneficios llegó a Vermilion.
—Ella creía en el trabajo —dijo Miranda—. Todos creíamos. Ayudamos a una mujer a recordar dónde había dejado a su hijo durante un episodio disociativo. Conseguimos que un veterano durmiera después de años de pesadillas.
—¿Y luego empezaron a manipular jurados?
Miranda no apartó la mirada.
—Los financiadores vieron otras posibilidades.
Miranda describió la primera reunión en la que el lenguaje cambió. Hasta entonces hablaban de pacientes, alivio y consentimiento. Un representante de una empresa de seguridad utilizó palabras nuevas: rendimiento, precisión, aplicaciones. Preguntó si una testigo podía asociar miedo a un rostro concreto. Otro quiso saber si un recuerdo verdadero podía parecer una fantasía.
—Debimos levantarnos —dijo Miranda—. En lugar de eso, pedimos garantías.
Rosa exigió un comité ético. Adrián creó uno formado por personas que recibían financiación del mismo proyecto. Eva propuso límites técnicos, convencida de que controlar el método era mejor que abandonarlo a gente peor. Miranda aprobó sesiones cerradas porque temía que la expulsaran del laboratorio y perdiera toda capacidad de supervisión.
—Todos encontramos una frase que nos permitía quedarnos —dijo.
Mara pensó en los profesores que observaban el acoso y se decían que intervenir podía empeorarlo. La escala era distinta. El mecanismo no.
Miranda mostró una declaración de una antigua participante que perdió semanas de memoria después de una sesión. El documento oficial hablaba de «fatiga transitoria». En una nota manuscrita, la chica escribía: «No recuerdo la voz de mi hermana y nadie quiere decirme si volverá».
—¿Volvió? —preguntó Mara.
—En parte.
—¿Y continuaron?
—Sí.
La respuesta no necesitaba adornos.
Lucía tomó uno de los informes.
—Tú autorizaste las pruebas con menores.
—Yo intenté mantenerlas controladas.
—Esa frase ha protegido demasiadas atrocidades.
Miranda miró a Mara.
—Eva quiso sacar el proyecto de Ravenswood y venderlo a una compañía biomédica. Cuando Teresa se negó, discutieron. La noche del accidente, Eva llevaba contratos, no una denuncia.
Teresa dio un paso.
—Mientes.
El zumbido que escuchaba ante las mentiras debía haber vuelto, porque se llevó una mano al oído.
—No todo —dijo—. Hay verdad mezclada.
Miranda asintió.
—Eva sí quería denunciar a algunos donantes. También quería conservar el método.
Mara pensó en su madre como la recordaba: pintando, riendo, preparando bocadillos. Era difícil colocar junto a aquella imagen a una mujer ambiciosa, capaz de experimentar con otras personas.
Pero el vídeo de Eva ya había admitido culpa.
—¿Dónde está? —preguntó Mara.
Miranda frunció el ceño.
—Murió.
—No encontraron su cuerpo.
—La sangre del coche era suya.
—Puede sangrar y seguir viva.
Miranda miró a Teresa.
—¿Todavía no se lo has dicho?
Teresa palideció.
Mara sintió otra grieta.
—¿Qué?
—La sangre no solo coincidía con Eva —dijo Miranda—. Coincidía contigo.
El laboratorio quedó en silencio.
Teresa confesó que la noche anterior al accidente Mara había sufrido una hemorragia nasal durante una prueba. Eva guardó la ropa manchada. La sangre encontrada en el coche podía haber sido colocada allí.
—Entonces preparó su muerte —dijo Mara.
—O alguien utilizó lo que tenía a mano —respondió Lucía.
Miranda dejó la carpeta sobre una mesa.
—Si Eva sobrevivió, nunca volvió por su hija.
La frase fue deliberadamente cruel.
Mara sintió el impulso de liberar la onda roja, pero la contuvo. No quería que Miranda decidiera qué emoción usar.
—¿Por qué Helena me activó ahora?
La directora miró la cámara del techo.
—Porque el Instituto Aster perdió el archivo maestro hace tres semanas. Alguien entró en su bóveda y borró todas las copias. Solo queda la lista escondida en tu memoria.
—¿Qué hace la lista?
—No es solo una lista de nombres. Incluye las palabras de acceso para el Protocolo Carmesí.
Lucía retrocedió.
—Pensé que se había destruido.
—No.
El Protocolo Carmesí permitía amplificar la capacidad de una persona a través de pantallas, espejos y cámaras conectadas. Una emoción podía transmitirse a cientos de personas al mismo tiempo.
Miranda mostró diagramas de una prueba realizada años atrás en una sala de conferencias. Veinte voluntarios observaron un mismo recuerdo proyectado. La mayoría sabía que no le pertenecía, pero durante horas sintieron culpa asociada a una decisión que nunca tomaron. Tres cambiaron su testimonio sobre un accidente que solo habían visto en vídeo.
—Adrián dijo que era una demostración de empatía —explicó Miranda—. Que si podíamos compartir el dolor, reduciríamos la violencia.
—¿Y tú qué dijiste? —preguntó Mara.
—Que necesitábamos más pruebas.
Lucía soltó una risa amarga.
—Siempre más pruebas. Nunca una razón suficiente para detenerse.
Miranda aceptó que el protocolo también la fascinaba. Imaginó salas de justicia donde los agresores sintieran el miedo de sus víctimas. No quiso pensar en quién elegiría qué emoción era verdadera ni en qué ocurriría cuando la herramienta perteneciera a personas poderosas.
—La fantasía de utilizar bien el control sigue siendo control —dijo Mara.
Miranda la miró como si aquella frase hubiera tardado décadas en llegar.
—Helena quiere usarme —dijo Mara.
—Helena quiere impedir que otra persona te use primero.
Miranda sacó una fotografía reciente.
Mostraba a una mujer entrando en el Instituto Aster. Llevaba gorra y gafas oscuras, pero Mara reconoció la línea de la mandíbula.
Era Eva.
La fecha era de hacía diecinueve días.
—Tu madre está viva —dijo Miranda—. Y fue ella quien borró el archivo.
Antes de que Mara pudiera tocar la fotografía, las alarmas del edificio comenzaron a sonar.
Mateo miró su teléfono.
—No es la policía. Hay un incendio en el archivo central.
Miranda corrió hacia la puerta.
En la pantalla de seguridad apareció Helena Bell saliendo del edificio con una caja roja.
Cassandra iba detrás de ella.
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Y llevaba en la frente la misma palabra que había escrito sobre Mara.
PERDEDORA.