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Capítulo 01 - La palabra en el espejo

Chapter 01 - Capítulo 01 - La palabra en el espejo

Mara Soler no vio la mano de Cassandra Bell cuando se acercó con el pintalabios. Vio su reflejo.

En el espejo del baño del instituto, la rubia parecía más alta de lo normal bajo la luz azulada de los fluorescentes. Llevaba la chaqueta de cuero abierta, el collar negro ajustado al cuello y esa sonrisa tranquila que usaba cuando sabía que nadie iba a detenerla. Detrás de ella, Brianna, Zoe y Paige bloqueaban la salida fingiendo revisar sus teléfonos.

Mara tenía las manos apoyadas en el borde del lavabo. Había llorado en silencio desde que Cassandra le quitó la mochila en el pasillo y encontró dentro la solicitud de una beca para la Universidad de Boston.

—Mírala —dijo Cassandra—. Ya está planeando escapar de aquí como si alguien fuera a echarla de menos.

Las otras rieron.

Mara no respondió. Había aprendido que contestar alargaba las cosas y que guardar silencio permitía imaginar, al menos, que todavía conservaba alguna decisión propia.

Cassandra destapó el pintalabios rojo.

—Ahora todos sabrán lo que eres.

La palabra apareció despacio sobre su frente: LOSER.

No era la primera humillación. Había fotografías manipuladas, notas anónimas, una cuenta falsa donde alguien publicaba frases que Mara nunca había escrito. Pero aquello era distinto. El pintalabios olía a rosas viejas y metal. Al tocarle la piel, sintió un calor profundo, como si la marca no se quedara en la superficie.

Cassandra le dio un pequeño empujón hacia el espejo.

—Sonríe. Te haré una foto.

Mara levantó los ojos.

En el reflejo no vio el baño durante un segundo. Vio una habitación oscura con cinco mujeres de pie alrededor de una mesa. Todas tenían una línea roja dibujada en la frente. Una de ellas era su madre.

Eva Soler llevaba doce años muerta.

Mara dejó de llorar.

Su respiración se volvió lenta. Las lágrimas se enfriaron sobre sus mejillas. Algo detrás de sus ojos, dormido desde la infancia, abrió una puerta.

—No —dijo.

Cassandra acercó el móvil.

—¿Qué has dicho?

Las luces parpadearon.

El rojo de la palabra en la frente de Mara se encendió con un brillo tenue. No era una llama. Parecía una luz bajo la piel. Los grifos vibraron. Los espejos emitieron un sonido grave, casi musical.

Mara se incorporó.

—Habéis elegido a la chica equivocada.

Una onda roja salió de su cuerpo.

No golpeó a nadie. Empujó el aire.

Cassandra y las otras retrocedieron como si una ráfaga hubiera atravesado el baño. Brianna chocó contra una puerta, sin hacerse daño. Zoe dejó caer el teléfono. Paige se cubrió la cara.

Cassandra quedó apoyada en la pared de azulejos, con los ojos muy abiertos.

—Por favor… espera.

El pintalabios cayó al suelo.

Mara se agachó y lo recogió. El tubo era antiguo, demasiado pesado para una marca corriente. En la base había grabadas dos iniciales: E. S.

Eva Soler.

Mara levantó el pintalabios frente al espejo. Sus ojos se habían vuelto rojos, pero no sentía rabia. Sentía una claridad fría. En los reflejos, las cuatro chicas parecían rodeadas por imágenes que no pertenecían al presente: Cassandra escuchando detrás de una puerta mientras su madre hablaba con la directora; Brianna borrando un vídeo; Zoe recibiendo dinero; Paige llorando sola después de cada broma.

No eran pensamientos. Eran recuerdos.

Hasta aquella mañana, Mara había creído que conocía la medida exacta de la crueldad de Cassandra. Sabía cuánto tardaba en convertir una inseguridad en un apodo, qué profesores miraban hacia otro lado y cuáles fingían intervenir solo cuando había testigos. Sabía que Brianna reía más fuerte cuando tenía miedo de quedar fuera del grupo, que Zoe grababa para conservar una moneda de cambio y que Paige apartaba los ojos porque todavía quería considerarse buena.

Lo que no sabía era que el espejo podía devolverle el origen de cada gesto. La seguridad de Cassandra no nacía de una vida sin dolor, sino de la costumbre de entregar el dolor a otra persona antes de que alguien lo descubriera. Comprenderlo no hizo menos grave lo que acababa de hacer. Solo volvió imposible la comodidad de verla como un monstruo sencillo.

Mara recordó una tarde, dos años atrás, cuando Cassandra encontró su cuaderno de dibujos y lo dejó bajo la lluvia. Teresa le aconsejó que no reaccionara, que las personas como ella se aburrían cuando no obtenían atención. Mara obedeció. Cassandra no se aburrió. Aprendió que podía avanzar un poco más cada vez.

La joven comprendió entonces que el silencio no siempre era dignidad. A veces era el espacio que otros utilizaban para ensayar la siguiente humillación.

No quería hacer daño a ninguna de ellas. Quería que la puerta dejara de estar bloqueada. Quería salir del baño con su nombre intacto, aunque la palabra roja siguiera sobre su piel.

—Escribiste el nombre equivocado —dijo Mara.

La puerta del baño se abrió.

La directora Miranda Shaw apareció con dos profesores y el guardia de seguridad. Miró a Cassandra contra la pared, a las demás aterradas y a Mara sosteniendo el pintalabios.

—¿Qué está ocurriendo aquí?

Cassandra reaccionó primero.

—Nos atacó.

Mara volvió la cabeza.

La luz roja desapareció de sus ojos.

Miranda miró la palabra escrita en su frente, pero no mostró sorpresa. Mostró reconocimiento.

—Dame ese pintalabios —ordenó.

Mara lo apretó en el puño.

—Era de mi madre.

La directora palideció.

Durante un instante, olvidó fingir que no sabía nada.

—Tu madre nunca debió sacarlo de la cámara —susurró.

El guardia la miró, confundido.

Mara sintió que el suelo se inclinaba bajo sus pies.

—¿Qué cámara?

Miranda recuperó el control demasiado tarde.

—Acompáñame a mi despacho.

Mara observó el espejo. Detrás del reflejo de la directora apareció la misma habitación oscura que había visto antes. Sobre la mesa había una placa metálica.

PROYECTO VERMILION. SUJETO 06: MARA SOLER.

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Y antes de salir del baño, Mara comprendió que su madre no había muerto intentando protegerla de un accidente.

Había muerto intentando sacarla de aquel instituto.

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