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Capítulo 07 - El precio de Seraphina

Chapter 07 - Capítulo 07 - El precio de Seraphina

Ronan encontró a Seraphina en un hotel pequeño cerca de la plaza de Santa Ana. No estaba registrada con su nombre, pero había cometido el error de llamar a Inés desde la recepción. Él llegó veinte minutos después y esperó en el café de enfrente hasta verla salir con un abrigo gris sobre el vestido rojo de la noche anterior.

Parecía una mujer distinta sin joyas ni maquillaje. No más inocente, solo más cansada.

—¿Vas a declarar contra mí? —preguntó Ronan cuando se sentó.

Seraphina miró la calle antes de responder.

—Sí.

Él dejó la carta de Lucía sobre la mesa.

—¿También dirás que soy un asesino?

—Diré que anoche protegiste a tu hija. Diré que yo provoqué la escena. Y diré que Beatriz me pagó para entrar en tu vida.

—Eso no es declarar contra mí.

—En la solicitud figura mi nombre como testigo de inestabilidad familiar. Álvaro cree que controlaré el relato. No sabe que he guardado los contratos.

Ronan no se sentó. Permaneció de pie junto a la mesa.

—Podías haberme contado la verdad hace años.

—Al principio no quería.

—¿Y después?

—Después me gustaba mi vida.

La honestidad lo hirió más que una excusa.

—Te gustaba mi casa.

—Me gustaban las cenas con Elara. Me gustaba que Inés discutiera conmigo por la forma de doblar las sábanas. Me gustaba que tú dejaras un libro abierto en cada habitación. También me gustaba la casa, sí. Sería muy cómodo decir que todo lo hice por protegeros, pero no sería verdad.

Ronan se sentó por fin.

—¿Por qué cambiaste de bando?

Seraphina sostuvo la taza sin beber.

—Porque Beatriz me pidió la medalla de Elara. Dijo que podía cogerla mientras dormía y sustituirla por una copia. Le pregunté para qué la necesitaba. Contestó que algunas niñas heredan cosas que no deberían pertenecerles.

—¿Cuándo fue eso?

—Hace dos meses. Empecé a investigar el fideicomiso. Descubrí que, si aparecía prueba de que Lucía seguía viva, la administración de las acciones de Elara quedaba suspendida hasta resolver la identidad de la madre. Durante esa suspensión, el consejo podía votar una ampliación de capital y diluir la participación de la niña.

—Beatriz quiere las acciones.

—Álvaro quiere el control. Beatriz quiere evitar que salga a la luz cómo se fundó el grupo. No es exactamente lo mismo.

Ronan le enseñó la transferencia y la grabación de voz. Seraphina las reconoció.

—Vi esto en Lisboa.

—Marta dijo que sabe lo que hiciste allí.

—Marta me odia.

—¿Por qué?

Seraphina dejó la taza. Sus dedos temblaron por primera vez.

—Hace nueve años trabajé para una firma que localizaba patrimonios ocultos. Álvaro nos contrató para seguir el rastro de unas cuentas portuguesas vinculadas a la familia Luján. Yo encontré a Marta y a Lucía. Entregué sus direcciones.

—¿Antes del accidente?

—Tres años antes. No sabía lo que pretendía. Creí que se trataba de un pleito mercantil.

—Siempre crees algo conveniente.

Ella aceptó el golpe sin defenderse.

—Cuando Lucía desapareció, comprendí que mi informe había servido para vigilarla. Quise saber más. Beatriz se enteró y me ofreció dinero. Dijo que podía ayudarme a reparar el daño si me acercaba a ti.

—Y te lo creíste.

—Me creí capaz de engañarla. Luego me acostumbré al dinero y dejé de distinguir qué parte de mí investigaba y cuál obedecía.

Ronan recordó el concierto donde se habían conocido. Durante años, aquella noche había sido una de las pocas historias felices que contaba sin cansarse: Seraphina buscando su asiento en el auditorio, el programa cayendo al suelo, una conversación sobre un pianista que ninguno de los dos entendía demasiado. Ahora podía ver las pequeñas decisiones de Beatriz detrás de cada coincidencia.

—¿El concierto también estaba preparado?

—Sí. Pero la conversación no. Me ordenaron que te pareciera tranquila, que no preguntara por Lucía y que fingiera interés por arquitectura. Acabamos hablando de recetas de invierno y de que Elara odiaba los guisantes. Eso no estaba en ningún informe.

—No intentes rescatar recuerdos para que duelan menos.

—No. Quiero que sepas qué parte fue mentira y qué parte se volvió verdadera demasiado tarde.

Ronan pensó en las noches en que Seraphina había permanecido junto a la cama de Elara durante una gripe, en las veces que la niña le había pedido ayuda con una trenza. La ternura no anulaba la vigilancia. La vigilancia tampoco convertía cada gesto en falso. Aquella mezcla era más difícil de soportar que una estafa limpia.

Sacó un sobre del bolso. Dentro había copias de transferencias por un total de seiscientos mil euros, contratos de confidencialidad y correos impresos. En uno, Beatriz pedía informes sobre los sueños de Elara, las palabras que repetía y cualquier recuerdo relacionado con “la habitación verde”.

—¿Qué es la habitación verde? —preguntó Ronan.

—No lo sé. Lucía la menciona en una carta de la caja.

—¿Has leído las cartas?

—Dos. Antes de esconderlas.

Ronan apretó la mandíbula.

—No vuelvas a decidir qué puedo saber sobre mi familia.

—No tendré ocasión. Después de la vista me detendrán por fraude o desapareceré como Tomás.

—Tomás no ha desaparecido.

—Esta mañana no se presentó a declarar. Su coche está en el aparcamiento de la comisaría y su teléfono, apagado.

Ronan miró la puerta del café. Un hombre con gabardina fingía leer el periódico cerca de la barra.

—Nos siguen.

—Desde que salí del hotel.

—¿Y has venido igualmente?

—Necesito darte algo.

Seraphina deslizó una llave pequeña sobre la mesa.

—Pertenece a una consigna de la estación de Atocha. Dentro hay una copia completa de los archivos de Beatriz y una grabación de Álvaro. Si me ocurre algo, ve allí.

—¿Qué dice la grabación?

—Que la muerte de Lucía fue un error.

Ronan se inclinó hacia ella.

—¿Un error de quién?

—No lo nombra. Pero habla de una mujer que cambió el coche en el último momento.

El hombre de la gabardina dobló el periódico y se levantó. Seraphina recogió el sobre.

—La vista es a las doce. Lleva a Inés. Que cuente lo de los sedantes.

—No voy a dejar a Elara sola.

—Beatriz ya ha enviado una trabajadora social a la casa. Si no compareces, pedirá que la niña pase la noche con ella.

Ronan consultó el móvil. Tenía siete llamadas perdidas de Inés.

Contestó.

—Ronan —dijo la gobernanta, sin saludar—, hay dos policías en la puerta. Traen una orden para llevarse a Elara antes de la vista.

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Al fondo se oyó a la niña gritar que no quería ir con su tía.

Y otra voz, muy baja, pronunció el nombre de Lucía dentro de la casa.

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