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Capítulo 04 - La mujer detrás de la cortina

Chapter 04 - Capítulo 04 - La mujer detrás de la cortina

Ronan corrió hacia la casa sin esperar a Seraphina. Atravesó el césped, resbaló en la grava y entró por la puerta de servicio. La sirena de la patrulla se detuvo frente a la verja, pero a él ya no le importaba quién llegaba ni qué versión encontraría preparada. Solo veía la cortina cerrándose y la cara de su hija desapareciendo detrás del cristal.

Subió la escalera de servicio. El pasillo del primer piso estaba a oscuras. Llamó a Inés por su nombre, tal como habían acordado. Nadie respondió.

La puerta del dormitorio seguía cerrada por dentro.

—¡Inés!

Dos golpes sonaron al otro lado. Después, la voz de Elara:

—Papá, no abras todavía.

Ronan se quedó inmóvil, con la mano sobre el pomo.

—¿Estás bien?

—Sí.

—¿Está Inés contigo?

—Sí.

—¿Hay alguien más?

Se produjo una pausa.

—Hay una señora.

Ronan apoyó la frente en la madera.

—¿La conoces?

—Dice que sí.

Detrás de él apareció Seraphina con la caja metálica. Ronan le indicó que guardara silencio.

—Elara, cariño, abre despacio y ven conmigo.

—La señora dice que si abro, los hombres malos sabrán que está aquí.

Seraphina palideció.

—¿Qué hombres? —preguntó Ronan.

Esta vez respondió Inés.

—Señor, la mujer no lleva armas. Está herida. Entró por la ventana del baño y me pidió que no gritara. Creo que debe verla.

—Abre.

El pestillo se movió. La puerta se entreabrió y Elara salió primero. Ronan la levantó y la entregó a Seraphina por puro instinto; en cuanto lo hizo, recordó que no confiaba en ella. Sin embargo, la niña no se apartó. Se aferró a su cuello y Seraphina la sostuvo con una delicadeza rígida, como si temiera incluso respirar demasiado cerca.

Ronan entró.

Inés estaba junto al baño. Una mujer se apoyaba en el alféizar abierto, envuelta en un abrigo oscuro. Tenía un corte en la ceja y manchas de barro en los pantalones. El cabello castaño le rozaba la mandíbula.

No era Lucía.

Pero tenía su misma boca.

—¿Quién es usted? —preguntó Ronan.

La mujer levantó los ojos. Eran verdes, no azules.

—Me llamo Marta Luján. Soy hermana de Lucía.

Ronan tardó un momento en recordar que Lucía no tenía hermanas. Había crecido como hija única en Zaragoza, con una madre viuda y un padre del que nunca hablaba.

—Está mintiendo.

—Eso creía yo durante treinta y nueve años.

Marta abrió el abrigo. Llevaba colgado al cuello un medallón idéntico al de Elara, salvo que el suyo tenía una grieta en el borde.

Seraphina entró con la niña y la caja.

—¿Dónde está Lucía? —preguntó.

Marta la miró con un desprecio inmediato.

—Tú no deberías pronunciar su nombre.

—¿Me conoce?

—Sé lo que Beatriz te pagó. Sé lo que hiciste en Lisboa. Y sé que has tardado demasiado en decidir de qué lado estás.

Ronan cerró la puerta.

—Basta. Mi hija está aquí.

Marta miró a Elara y su dureza cedió. La niña observaba el medallón con los labios entreabiertos.

—Tienes el otro —dijo Marta.

Elara tocó la cadena bajo su vestido.

—Mamá me lo dio.

Ronan sintió que la frase lo atravesaba. Siempre le habían dicho que Lucía había colocado el colgante en la cuna antes de salir de viaje. Elara no podía recordarlo.

—¿Quién te ha dicho eso? —preguntó.

—La señora de la canción.

Nadie habló.

—¿Cuándo la viste? —preguntó Inés.

—En el colegio. Dos veces. Pensé que era un sueño porque olía como el invernadero.

Marta cerró los ojos.

—Lucía se acercó demasiado.

Ronan dio un paso hacia ella.

—¿Está viva?

—Sí.

La palabra no produjo alivio. Cayó con el peso de una traición.

—¿Dónde?

—No puedo decirlo.

—Ha estado viendo a mi hija a escondidas.

—Una hija que le dijeron que había muerto.

—Eso es absurdo.

—Lo absurdo fue el funeral. El informe falso. El cuerpo sin identificar. El abogado que se ocupó de que nadie hiciera preguntas. Lo absurdo fue que tú aceptaras todo porque estabas sedado desde la noche del accidente.

Ronan recordó los días posteriores: pastillas junto a la cama, firmas borrosas, Beatriz hablando por él, Álvaro apartando a periodistas y médicos. Había creído que la familia lo protegía.

—¿Quién le dijo a Lucía que Elara había muerto?

Marta miró la caja metálica.

—El hombre que necesitaba que Lucía desapareciera y tú no buscaras.

—Mi padre murió hace tres años.

—No hablo de Esteban.

Antes de que pudieran seguir, Marta señaló el panel del baño por el que había entrado. Detrás había un corredor estrecho revestido de madera vieja. Inés explicó que la mansión había sido construida sobre una casa anterior y que los Valdés conservaron los pasadizos para que el servicio se moviera sin cruzarse con los invitados. Ronan había vivido allí media vida sin saber que una persona podía recorrer el piso superior sin aparecer en una sola cámara.

—Así han dejado la fotografía —dijo Marta—. No necesitaban forzar la ventana. Entraron por la escalera del lavadero y abrieron desde dentro.

Ronan examinó el corte de su ceja.

—¿Quién te perseguía?

—Tomás me encontró cerca del invernadero. Le dije que venía a ver a Inés. Fingió creerme y después intentó quitarme el medallón. Escapé por el muro norte.

—¿Por qué venir directamente a la habitación de Elara?

Marta miró a la niña.

—Porque Lucía me hizo prometer que, si alguna vez la casa despertaba, la primera persona a la que debía encontrar era ella.

La expresión no tranquilizó a Ronan. En aquella familia, todos parecían haber recibido instrucciones sobre su hija salvo él.

Un golpe resonó en la puerta principal. Voces masculinas llenaron el vestíbulo. La policía había entrado, acompañada de alguien que hablaba con autoridad serena.

Álvaro Salcedo.

Seraphina dejó la caja sobre la cama.

—No puede verla —dijo señalando a Marta—. Dirá que es una intrusa y se la llevará antes de que hable.

—¿Por qué iba a hacerlo?

Marta se quitó el medallón y lo introdujo en el hueco de la caja. La tapa se abrió con un clic. Dentro había una memoria USB, varias cartas y una pequeña grabadora.

Ronan cogió la primera carta. Estaba escrita por Lucía y fechada dos días antes del accidente.

“Ronan: si estás leyendo esto, no confíes en Álvaro. Él sabe que Elara no es solo tu heredera. Es la prueba.”

Los pasos subían ya por la escalera.

Ronan alzó la vista hacia Marta.

—¿La prueba de qué?

Marta señaló la memoria USB.

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—De que el Grupo Valdés se construyó con dinero robado a la familia de tu esposa.

La manilla de la puerta comenzó a girar desde fuera.

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