Capítulo 17 - La paciente que se negó a dormir

Chapter 17 - Capítulo 17 - La paciente que se negó a dormir
El inspector Cifuentes avisó al hospital antes de que llegara la ambulancia. Dos agentes esperaban junto a Urgencias, pero el doctor Fabián presentó una acreditación antigua del Grupo Valdés y aseguró que era el médico personal de Beatriz. Nadie le habría permitido entrar de no ser porque Álvaro llamó al director del centro y habló de una paciente vulnerable, expuesta a un escándalo público.
Fabián llevaba seis años resolviendo problemas con la misma herramienta: hacer que una persona pareciera demasiado confusa para contar su propia historia.
Beatriz despertó cuando él preparaba una inyección. Tenía la boca seca, la presión baja y un dolor agudo en el pecho, pero reconoció el líquido amarillento de inmediato.
—Eso no —dijo.
—Es para que descanse.
—Llevo seis años descansando por orden de otros.
Fabián intentó sujetar el tubo de suero. Beatriz arrancó el sensor del dedo y pulsó el timbre de emergencia. Cuando la enfermera entró, gritó con la voz que le quedaba:
—Este hombre no es mi médico.
Los agentes llegaron antes de que Fabián pudiera salir. En el maletín encontraron ampollas sin registrar, recetas a nombre de pacientes inexistentes y un teléfono desechable con tres llamadas recientes de Álvaro.
Ronan llegó al hospital con Lucía y Claudia. Las dos hermanas viajaron en extremos opuestos del asiento trasero, sin saber todavía cómo mirarse. Inés se quedó con Elara. Seraphina acudió a la comisaría para ampliar su declaración.
Beatriz estaba consciente cuando entraron. Parecía pequeña bajo la sábana blanca, algo que Ronan nunca había imaginado posible.
—No me has denunciado tú —dijo ella.
—No.
—Claudia tampoco.
Claudia se acercó a la cama.
—Entregué documentos sobre Álvaro, no sobre ti. Él separó las páginas y las envió como si fueran una denuncia completa.
Beatriz cerró los ojos.
—Siempre supo utilizar la verdad mejor que nosotros.
—Cuéntalo todo —dijo Lucía—. No la versión que te deja parecer menos culpable.
Beatriz miró el techo.
—El plan de la carretera era mío.
Ronan sintió que, aunque ya lo sabía, necesitaba oírla admitirlo.
—Lucía me llamó porque había encontrado la transferencia. Le dije que no confiara en nadie y que fingiríamos su muerte durante una semana. Íbamos a cambiar los coches, llevarla a una clínica y localizar los documentos antes de que Álvaro reaccionara. Después revelaríamos que estaba viva y denunciaríamos el fraude.
—¿Una semana? —preguntó Lucía.
—Eso creí.
—No me preguntaste si quería fingir mi muerte.
—Estabas aterrada y yo estaba convencida de ser la única persona capaz de pensar con claridad.
Lucía soltó una risa amarga.
—Esa frase debería estar grabada en la puerta de esta familia.
Beatriz continuó.
—Tomás conducía el segundo coche. Debía dejarlo cerca de la curva y llevarse el tuyo. Álvaro descubrió el plan. Cambió al conductor, colocó restos obtenidos de un depósito forense y preparó documentos para que el accidente pareciera mortal. Cuando llegué, Lucía ya había perdido el control porque los frenos habían sido manipulados.
—¿Álvaro intentó matarla? —preguntó Ronan.
—Creo que quería asustarla y obligarla a detenerse. Pero aceptó la posibilidad de que muriera.
—¿Y después seguiste obedeciéndolo?
—Me enseñó fotografías del coche, las órdenes que yo había firmado y una grabación en la que parecía que yo pedía “hacer desaparecer” a Lucía. Dijo que, si hablaba, tú serías acusado por la transferencia y yo por el montaje. Esteban perdería el grupo. Elara quedaría en manos del Estado durante el proceso.
—Elara tenía un año —dijo Ronan—. Utilizaste su nombre para justificar que le quitaras a su madre.
Beatriz asintió. No discutió.
Claudia permanecía al pie de la cama. Sacó del bolso una fotografía que había encontrado entre los documentos de Elena. En ella, Beatriz, con dieciocho años, sostenía a una niña pequeña durante una fiesta de verano. La niña era Claudia.
—Me conociste —dijo.
Beatriz miró la imagen.
—Una vez. Papá dijo que eras hija de una empleada y que no debía hacer preguntas. Te regalé una pulsera de cuentas azules.
Claudia se tocó la muñeca vacía.
—La conservé hasta los quince. Álvaro decía que me la había dado una prima.
—Lo siento.
—No digas que lo sientes como si eso fuera el final de la frase. Dime qué hiciste después de saberlo.
Beatriz respiró con dificultad.
—Nada. Eso hice. Nada.
Claudia permanecía al pie de la cama.
—¿Sabías que yo era hija de Esteban?
—Desde que murió papá.
—¿Y nunca pensaste en buscarme?
—Te vigilé.
—Eso no es buscarme.
—No —admitió Beatriz—. Es lo que hace una persona que teme perder algo.
Claudia miró hacia la ventana. Ronan comprendió que acababa de escuchar la definición de toda su infancia.
Beatriz pidió agua. Después señaló su bolso, que la policía había dejado sellado en una silla.
—Hay una llave cosida en el forro. Abre una caja en la Fundación Valdés. Dentro está la grabación original de la noche del accidente. Álvaro cree que la destruí.
—¿Por qué la guardaste? —preguntó Lucía.
—Porque incluso cuando era cobarde necesitaba conservar una puerta por la que salir algún día.
Cifuentes recibió autorización para registrar la fundación. La caja estaba vacía.
Álvaro había llegado antes.
Sin embargo, en el fondo encontraron un cabello, fibras de un guante y una huella parcial de Tomás. Las cámaras mostraban a un hombre entrando tres horas antes con una gorra. Claudia comparó la imagen con la fotografía de la residencia.
—Es él.
La policía registró el centro privado esa misma tarde. Encontraron a Tomás en una habitación sin teléfono, sometido a un supuesto tratamiento de desintoxicación que nunca había solicitado. Había intentado huir de Álvaro después de la noche del invernadero. Lo habían ingresado con informes firmados por Fabián.
Tomás aceptó hablar a cambio de protección. Confirmó el cambio de coches, la manipulación de la transferencia y la existencia de la grabación. Pero aseguró que no la tenía.
—Se la di a la única persona que Álvaro nunca registraría —dijo.
—¿A quién? —preguntó Cifuentes.
Tomás miró a Ronan.
—A su hija.
Ronan sintió un golpe de frío.
—Elara tenía un año.
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—No hablo de hace seis años. Anoche entré en la casa antes de ir al invernadero. Escondí la tarjeta dentro de su conejo de tela.
El mismo conejo que Elara llevaba abrazado desde el principio acababa de ser enviado al colegio con ella aquella mañana.