Capítulo 13 - La hermana que no existía

Chapter 13 - Capítulo 13 - La hermana que no existía
La pistola de la falsa Marta no temblaba. Eso asustó a Ronan más que el arma. No parecía una mujer desesperada, sino alguien que había ensayado aquel momento durante años.
—Apartaos de las cajas —ordenó.
Lucía no se movió.
—¿Quién eres?
—Claudia Rivas. Aunque ese tampoco es el apellido que me corresponde.
—Dijiste que eras mi hermana.
—Lo soy.
Ronan miró la nota de Esteban: Marta murió en 1988. Claudia señaló el medallón agrietado que llevaba al cuello.
—Elena Luján tuvo una hija antes que tú. La inscribió como Marta y la niña murió a los tres días. Dos años después tuvo otra hija en secreto. A mí. Utilizó el certificado de la primera para ocultar mi nacimiento porque mi padre estaba casado y tenía poder suficiente para quitarme de su lado.
Lucía entendió antes que los demás.
—Álvaro.
Claudia sonrió sin alegría.
—El hombre que ha pasado media vida borrando la empresa de su amante y la otra mitad utilizando a la hija que tuvo con ella.
—¿Por qué no me lo contaste?
—Porque cuando te encontré en Portugal no necesitabas una hermana. Necesitabas a alguien capaz de entrar en archivos, falsificar una identidad y seguir a Seraphina sin que lo supiera. “Marta” era más útil que Claudia.
Seraphina no estaba allí para responder. Inés observaba el arma con una concentración silenciosa. Ronan sabía que buscaba una forma de alcanzar la puerta, pero la falsa hermana se había colocado entre ellos y la salida.
—Si eres hija de Elena, los documentos también te protegen —dijo Lucía—. Baja el arma.
—Los documentos reconocen a Elara como heredera porque Álvaro convenció a todo el mundo de que yo había muerto. Si esa confesión sale de aquí, él irá a prisión y tú recibirás una familia, un apellido y una fortuna. Yo seguiré siendo una nota al margen.
—Podemos demostrar quién eres.
—¿Con qué? ¿Con el testimonio de una madre muerta y un padre que negará haberme visto?
—Con ADN —dijo Ronan.
Claudia lo miró.
—El ADN demuestra sangre. No demuestra que una familia quiera reconocerte.
La frase contenía una herida verdadera. No justificaba el arma, pero explicaba su forma de sostenerla.
Lucía dio un paso.
—Yo te reconoceré.
—Tú me utilizaste también. Sabías desde hace un año que Marta había muerto. Encontraste el registro y no dijiste nada porque te convenía que siguiera creyendo que me necesitabas.
Ronan miró a Lucía. Ella no negó la acusación.
—Sospechaba —dijo—. No estaba segura.
—Siempre hay una razón respetable para guardar un secreto —respondió Claudia—. Eso lo he aprendido de todos vosotros.
Indicó con el arma la caja donde estaba la confesión de Esteban.
—Empújala hacia mí.
Ronan obedeció despacio. La segunda y la tercera caja permanecieron bajo la trampilla. Claudia solo quería la que contenía la declaración firmada y los títulos originales.
—No llegarás lejos —dijo Inés—. El vigilante sabe que estamos dentro.
—El vigilante trabaja para Álvaro.
—Entonces él sabe que has encontrado lo que buscaba.
Claudia endureció el gesto. Por primera vez pareció dudar. La relación con su padre no era una alianza; era una cuerda alrededor del cuello.
Un ruido metálico llegó desde el corredor. Claudia giró apenas la cabeza.
La pared lateral se abrió y Seraphina apareció por un antiguo montacargas. Tenía una marca roja en la muñeca y el abrigo rasgado. No llevaba arma.
—Claudia —dijo—. Tu padre viene de camino.
—Mientes.
—Me encerró en Atocha para que le dijera dónde estaba la habitación. Me dejó escapar cuando vio que no hablaría. Quería que lo condujera hasta aquí. Encontré el localizador en el forro del bolso hace veinte minutos.
Claudia apuntó hacia ella.
—No te acerques.
—No voy a hacerlo. Pero si sales con esa caja, Álvaro te la quitará y después dirá que nunca exististe.
—Tú no sabes nada de mí.
—Sé lo que es aceptar dinero de alguien que te desprecia porque te promete un lugar en su mesa.
La comparación alcanzó a Claudia. Su mirada bajó un instante hacia el arma.
Inés aprovechó. No intentó arrebatársela; tiró del cordón que sostenía una cortina de obra. Una lona gruesa cayó entre Claudia y los demás. Sonó un disparo contra el techo. Ronan empujó a Lucía detrás de la pared, mientras Seraphina se abalanzaba sobre la caja.
Cuando la lona cayó al suelo, Claudia ya corría por el corredor con la primera caja en brazos. Seraphina llevaba la pistola, que había quedado atrapada entre los pliegues.
—No la persigáis —dijo—. Álvaro estará fuera.
Bajaron las dos cajas restantes por el montacargas. En el aparcamiento no había rastro de Claudia, pero sí un vehículo negro que se alejaba por la carretera. Minutos después llegaron los agentes avisados por el inspector Cifuentes.
Ronan entregó el arma y explicó lo ocurrido. El vigilante había desaparecido. Las cámaras, una vez más, no habían grabado nada.
De camino a Madrid, Lucía permaneció en silencio. Seraphina viajaba en otro coche con la policía. Inés llevaba una de las cajas sobre las rodillas, como si protegiera las cenizas de alguien.
—¿Sabías que Claudia era hija de Álvaro? —preguntó Ronan.
—No. Sabía que no era Marta. Encontré la partida de defunción, pero ella me había ayudado a escapar, había localizado a Elara y parecía odiar a Álvaro. Tuve miedo de perder a la única persona que sabía moverse entre sus empresas.
—Así que no preguntaste.
—Pregunté. Ella mintió. Y yo acepté la mentira porque me servía.
Ronan miró la carretera.
—Empiezo a pensar que en esta familia la verdad solo aparece cuando deja de ser útil esconderla.
Al entrar en Madrid, el inspector llamó. Habían revisado los documentos de la segunda caja. El fideicomiso no nombraba a Elara como primera heredera.
May you like
Nombraba a “la primogénita viva de Elena Luján”.
Y, si Claudia lograba demostrar su identidad, todo el patrimonio que creían proteger pertenecía legalmente a ella.