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Capítulo 02 - La fotografía de una muerta

Chapter 02 - Capítulo 02 - La fotografía de una muerta

Durante los primeros tres segundos, Ronan no entendió lo que veía. Reconoció el rostro antes que la fecha impresa en el margen de la fotografía. Lucía estaba sentada en la terraza de una cafetería, el cabello más corto, una bufanda color mostaza alrededor del cuello y la mano derecha sosteniendo una taza. Parecía más delgada. Más cansada. Pero viva.

En el reverso aparecían escritas dos palabras con tinta azul: “Madrid. Martes”.

Lucía llevaba seis años muerta.

El coche en el que viajaba había caído por un barranco cerca de Somosierra. Lo encontraron calcinado. El informe forense hablaba de restos humanos, una alianza y un fragmento de hueso que la familia nunca permitió analizar de nuevo. Ronan había enterrado un ataúd cerrado y había pasado los tres años siguientes aprendiendo a criar a una hija que preguntaba cuándo volvería su madre.

—¡Elara! —gritó.

Inés apareció desde el baño, pálida.

—Está aquí. Se ha escondido.

La niña salió de detrás de una cortina, abrazada a su conejo de tela. Ronan la levantó con tanta rapidez que ella dejó escapar un pequeño gemido de sorpresa.

—No vuelvas a esconderte sin avisar.

—La ventana hizo ruido.

—¿Has visto a alguien?

—No.

Ronan cerró la ventana y comprobó el pestillo. No estaba roto. Alguien la había abierto desde dentro o conocía el mecanismo. Seraphina entró en la habitación, pero se mantuvo junto a la puerta. Elara se tensó en brazos de su padre.

—Fuera —dijo Ronan.

—La foto estaba en la carpeta —respondió Seraphina—. No la he puesto yo aquí.

—¿La habías visto?

—Sí.

—¿Y pensabas decírmelo después de montar tu escena?

—Pensaba enseñártela cuando Elara estuviera a salvo.

Ronan dejó a la niña con Inés y salió al pasillo. Necesitaba distancia para no decir algo que lamentaría. Seraphina lo siguió hasta la biblioteca. Allí, entre estanterías de nogal y retratos de antepasados demasiado serios, la fotografía parecía aún más imposible.

—¿Quién te la dio?

—Estaba con las demás.

—¿Cuándo la viste por primera vez?

—A las seis y cuarto.

—¿Y esperaste cinco horas?

—A las seis y veinte intenté localizarte. Tu teléfono estaba apagado. A las seis y treinta llamé al hotel de la gala. Tu hermana respondió desde tu mesa y dijo que no te molestara. A las siete descubrí que la línea fija estaba intervenida. A las siete y media vi una silueta en el jardín. A las ocho encontré la puerta del despacho abierta.

—Podías haber sacado a Elara de la casa.

—Eso intenté.

Seraphina abrió su bolso y sacó las llaves del coche. Una estaba doblada.

—El motor no arrancaba. El vehículo de Inés tampoco. La verja se bloqueó. Y cuando fui a buscar a Elara, ella me dijo que una señora había llamado desde el interfono y le había pedido que abriera la puerta del invernadero.

Ronan miró hacia la ventana. Desde la biblioteca se veía el invernadero de cristal, oscuro al fondo del jardín.

—¿Qué señora?

—Una que conocía la canción que Lucía le cantaba de bebé.

El apellido Valdés llevaba generaciones comprando seguridad: muros altos, sensores, cámaras, empleados discretos. Aquella noche, todo parecía decorado. Un desconocido había entrado, se había paseado por las habitaciones y había dejado la imagen de una muerta sobre la cama de una niña.

Ronan llamó a Tomás, jefe de seguridad de la familia. No respondió. Llamó al puesto de vigilancia. Una voz automática informó de un fallo temporal en el sistema. Marcó a la policía, pero Seraphina le arrebató el móvil antes de que completara el número.

—Escúchame dos minutos.

—Devuélvemelo.

—La fotografía no demuestra que sea Lucía. Puede ser una mujer parecida. Puede estar manipulada. Lo que sí demuestra es que alguien quiere que pierdas el control.

—Ya lo he perdido.

—Todavía no. Si llamas ahora, Beatriz llegará con Álvaro, declararán que estás alterado y convertirán esto en una disputa por la tutela. Llevan meses construyendo esa historia.

Ronan se quedó inmóvil.

—¿Qué historia?

Seraphina apretó los labios.

—Que trabajas demasiado. Que dejas a Elara con el servicio. Que no superaste la muerte de Lucía. Que te casaste conmigo por miedo a estar solo y que ahora nuestro matrimonio se ha vuelto inestable.

—Nuestro matrimonio es inestable.

—Porque llevo dos meses buscando documentos que tu hermana quiere destruir.

—¿Qué documentos?

—Los del fideicomiso de Elara.

Ronan conocía el fideicomiso. Lucía había heredado una participación minoritaria en el Grupo Valdés y la había dejado a su hija. No podía tocarse hasta que Elara cumpliera veinticinco años, salvo para educación o salud. Él era el tutor legal, y Álvaro Salcedo, abogado de la familia, supervisaba las cuentas.

—No hay nada que destruir.

Seraphina soltó una risa amarga.

—Eso crees porque firmaste lo que Álvaro te puso delante después del funeral.

—Estaba destrozado.

—Precisamente.

Sacó de la carpeta una copia de una escritura. Ronan reconoció su firma al pie, trazada con una torpeza que no recordaba. El documento permitía al consejo del grupo asumir la administración del patrimonio de Elara si su tutor era declarado incapaz o si aparecía “cualquier controversia respecto a la identidad o fallecimiento de la madre”.

—¿De dónde has sacado esto?

—Del despacho de Beatriz.

—¿Has entrado en su casa?

—No. Ella me lo dio.

La confesión cayó entre ambos con una claridad brutal.

—¿Por qué iba a darte algo así?

Seraphina se quitó la alianza y la dejó sobre la mesa.

—Porque no me casé contigo por casualidad.

Ronan notó que toda la habitación se desplazaba unos centímetros, como si el suelo cediera bajo la alfombra.

—Explícate.

—Beatriz me buscó tres meses después de la muerte de Lucía. Yo trabajaba en una consultora de patrimonio. Sabía que tú no querías conocer a nadie, así que esperó. Me pagó para que apareciera en los lugares adecuados, me ganara tu confianza y, cuando fuese posible, me convirtiera en parte de la familia.

Ronan la miró sin reconocerla. Recordó el concierto donde se conocieron, el café derramado sobre su chaqueta, las conversaciones largas, la paciencia con Elara. Cada gesto adquirió de pronto la precisión de un encargo.

—¿Cuánto?

—Al principio, cien mil euros. Después, más.

—¿Y qué quería de ti?

—Que te mantuviera estable. Que evitara que revisaras el caso de Lucía. Que informara de cualquier cambio en el comportamiento de Elara. Y que encontrara una llave.

—¿Qué llave?

—No lo sé. Beatriz decía que Lucía la había escondido en esta casa y que la niña acabaría recordando dónde.

La frase de la nota volvió a la mente de Ronan: LA NIÑA ABRIRÁ LA CASA.

—Has vigilado a mi hija durante años.

—Sí.

—Y esta noche has decidido asustarla para fingir que te expulso.

Seraphina cerró los ojos un instante.

—No hay justificación para lo que hice. Creí que si tú reaccionabas delante de las cámaras, Beatriz pensaría que yo había fracasado y dejaría de considerarme útil. Pero cuando vi la cara de Elara entendí que me había convertido en aquello que decía estar evitando.

Ronan tomó la alianza y la dejó caer dentro de la carpeta.

—Te marchas igualmente.

—Lo sé.

—Y mañana hablarás con la policía.

—Si mañana sigo viva.

Antes de que Ronan pudiera responder, las luces se apagaron. La biblioteca quedó sumida en una oscuridad atravesada por la luna. Desde el jardín llegó el estallido de un cristal.

Ronan corrió hacia la puerta, pero Seraphina lo sujetó del brazo.

—No vayas al invernadero.

—Suéltame.

—Hay algo allí que Lucía dejó antes del accidente.

—¿Cómo lo sabes?

Seraphina señaló la fotografía. Bajo la taza que Lucía sostenía en la imagen se distinguía un dibujo grabado en la mesa: una pequeña llave rodeada por tres hojas.

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Era el mismo símbolo que decoraba la puerta del invernadero.

Y en la oscuridad del jardín, alguien acababa de encender una linterna desde dentro.

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