Capítulo 03 - La llave entre las raíces

Chapter 03 - Capítulo 03 - La llave entre las raíces
Ronan no salió por la puerta principal. Conocía la casa desde niño y sabía que el corredor de servicio desembocaba detrás de la despensa, cerca del muro norte. Hizo que Inés cerrara el dormitorio con Elara dentro, activó la alarma manual del piso superior y entregó a la gobernanta el pequeño teléfono de emergencia que su padre había instalado años atrás.
—Si oyes dos golpes, llamas a la policía y no abres a nadie —dijo.
—¿Y si es usted?
—Yo llamaré por tu nombre.
Inés asintió, aunque sus manos temblaban.
Seraphina quiso acompañarlo. Ronan se negó. Después cambió de idea. Ya no confiaba en ella, pero tampoco podía dejarla cerca de Elara. Bajaron juntos por la escalera estrecha que utilizaban los empleados. La casa, sin electricidad, parecía otra: menos palacio y más laberinto.
En la despensa, Ronan abrió un cajón y sacó una linterna y una vieja llave inglesa. No era un arma, pero le daba algo que sostener.
—No hagas ninguna estupidez —murmuró Seraphina.
—Esa recomendación llega tarde.
Salieron al jardín. El frío de noviembre olía a tierra mojada. El invernadero se alzaba al fondo, una caja de cristal empañado entre los setos. La luz que habían visto ya no estaba. Solo brillaba, a intervalos, el reflejo rojo de una cámara que se reiniciaba.
Ronan rodeó la estructura. Una luna de vidrio estaba rota junto a la puerta lateral. En el suelo había huellas de barro, pequeñas y estrechas, tal vez de mujer. Seraphina se agachó sin tocar nada.
—Tacón bajo —dijo—. No es calzado de jardín.
—¿Desde cuándo sabes leer huellas?
—Desde que comprendí que tu hermana no perdona a quien deja de serle útil.
La puerta del invernadero estaba abierta. Dentro, la temperatura era más alta y el aire olía a romero, madera y humedad. Las plantas que había cuidado Lucía seguían allí porque Inés se había negado a arrancarlas. En especial un limonero pequeño que nunca daba fruto.
Ronan avanzó entre macetas. No encontró a nadie. La linterna iluminó la mesa de hierro donde Lucía solía trabajar. En el tablero estaba grabado el símbolo de la fotografía: una llave y tres hojas.
—Lo hizo ella —dijo.
—¿Estás seguro?
—Grababa ese dibujo en sus cuadernos. Decía que una casa no se abría con llaves, sino con recuerdos.
Seraphina lo miró con algo parecido a culpa.
—¿Qué recordaría Elara de este lugar?
Ronan pensó. Su hija tenía un año cuando Lucía murió. No podía recordar palabras ni escondites. Sin embargo, la traían al invernadero cada mañana. Dormía en una cesta cerca del limonero mientras su madre plantaba hierbas.
—Una canción —dijo.
—¿La del interfono?
Ronan asintió. Era una nana antigua. Lucía cambiaba una estrofa: “Bajo tres hojas duerme la luz”. Durante años, él había creído que se trataba de una invención para dormir a la niña.
Seraphina dirigió la linterna hacia el limonero. Tres hojas, más grandes que las demás, estaban unidas con un hilo casi invisible. Ronan apartó la maceta. Debajo había una baldosa diferente, sin polvo en las juntas.
La levantó con la llave inglesa. Encontró una caja metálica del tamaño de un libro. No tenía cerradura, solo un hueco circular en la tapa.
—La llave —dijo Seraphina.
—Beatriz lleva seis años buscándola.
Un ruido de pasos crujió sobre la grava. Ronan apagó la linterna. Ambos se escondieron detrás de una jardinera de piedra. La puerta se abrió despacio y una figura entró.
—Sé que estáis aquí —dijo una voz masculina.
Ronan reconoció a Tomás, el jefe de seguridad. Su alivio duró poco. El hombre llevaba una pistola en la mano derecha.
—Señor Valdés, no haga que esto sea más difícil.
Seraphina respiró junto a su oído.
—Trabaja para Beatriz.
Tomás avanzó hacia el limonero.
—La señora Beatriz solo quiere proteger a la familia. Entrégueme la caja y podrá volver con su hija.
Ronan apretó los dedos alrededor de la llave inglesa.
—¿Y si no?
Tomás giró hacia el sonido. La pistola apuntó a la oscuridad.
—Entonces tendré que informar de que sufrió un accidente mientras perseguía a un intruso.
Seraphina lanzó una maceta hacia el extremo contrario. El estrépito hizo que Tomás se volviera. Ronan salió de su escondite, golpeó su muñeca con la llave inglesa y la pistola cayó entre las hojas. Hubo un forcejeo corto y torpe, más desesperado que heroico. Tomás era más joven, pero Ronan tenía la fuerza del miedo. Lo empujó contra la mesa y Seraphina recogió el arma.
—Quieto —ordenó ella.
Tomás dejó de luchar. Sonrió, con un hilo de sangre en el labio.
—No sabe a quién está apuntando, señora.
—A un hombre que ha entrado armado en la casa de una niña.
—No. Está apuntando al único que puede demostrar que usted organizó todo esto.
Ronan miró a Seraphina.
—¿De qué habla?
Tomás se rió.
—Pregúntele quién cortó la corriente. Quién desactivó los coches. Quién me pidió que apareciera en el invernadero cuando usted encontrara la caja.
—Miente —dijo Seraphina.
—Tengo los mensajes.
Tomás metió despacio la mano en el bolsillo. Seraphina tensó el arma. Ronan se interpuso.
—Saca el teléfono con dos dedos.
La pantalla mostraba una conversación con un contacto sin nombre. El último mensaje, enviado a las diez y cincuenta y dos, decía: “Cuando Ronan baje, entra. Haz que crea que eres de Beatriz. Necesito que me entregue la caja”.
Ronan observó la hora. A las diez y cincuenta y dos, Seraphina estaba en la cocina con Elara.
—No he enviado eso —dijo ella.
—Claro —contestó Tomás—. Y tampoco ingresó dinero en mi cuenta esta mañana.
La sirena de una patrulla sonó a lo lejos. Inés debía de haber llamado. Tomás aprovechó la distracción para empujar a Ronan y correr hacia la puerta. Seraphina no disparó. En lugar de perseguirlo, cogió la caja metálica.
—Tenemos que abrirla antes de que llegue Álvaro —dijo.
—Dámela.
—Escúchame. El hueco de la tapa no es para una llave normal.
Ronan lo vio entonces. El círculo tenía la forma de una medalla.
Recordó el colgante que Elara llevaba desde bebé, una pieza de plata con tres hojas grabadas. Lucía se lo había puesto el día anterior al accidente y nunca se lo quitaron, salvo para bañarla.
—La medalla de mi hija.
Seraphina sostuvo la caja con ambas manos.
—Eso es lo que Beatriz busca. No la caja. A Elara.
Las sirenas se acercaban. En una ventana del piso superior apareció la silueta de Inés con la niña en brazos. Ronan sintió que algo se rompía dentro de él al comprender que, desde el principio, todos los caminos conducían a la misma persona.
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Entonces Elara golpeó el cristal y señaló hacia la espalda de Inés.
Una mano desconocida acababa de cerrar las cortinas desde dentro del dormitorio.