Capítulo 12 - La habitación verde

Chapter 12 - Capítulo 12 - La habitación verde
A las cinco de la mañana, la policía localizó el teléfono de Seraphina cerca de la estación de Atocha, pero no a ella. La consigna que había mencionado estaba vacía. La llave seguía en poder de Ronan, lo que significaba que alguien había abierto el compartimento por otro medio o que Seraphina había mentido sobre su contenido.
Álvaro había aprendido a convertir cada prueba en una duda.
Ronan canceló el viaje a Segovia. Lucía se opuso.
—Eso es lo que quiere —dijo—. Que pensemos que ha llegado antes y abandonemos.
—Seraphina puede estar retenida.
—O puede haber enviado el mensaje para alejarnos.
—Le pediste que entrara en mi vida, la utilizaste y ahora decides que quizá sea una traidora.
Lucía aceptó el reproche.
—He confiado en ella y he desconfiado de ella al mismo tiempo durante seis años. No es una relación sana, pero es la verdad.
Inés intervino.
—La habitación no se puede vaciar sin destruirla. Elena escondía una cámara interior en el muro. Si Álvaro solo encontró los muebles, aún no tiene los documentos.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Marta.
—Porque ayudé a levantar ese muro.
La frase decidió el viaje.
Dejaron a Elara con el inspector Cifuentes en una casa segura a las afueras de Madrid. La niña protestó, pero Ronan no cedió. Le explicó que escucharla no significaba aceptar cualquier riesgo. Lucía le entregó su bufanda y prometió regresar antes de la cena.
—Las promesas no sirven si alguien malo decide otra cosa —dijo Elara.
—Entonces no te prometo que todo saldrá bien —respondió Lucía—. Te prometo que, si algo cambia, te lo diré.
La niña asintió. Aquello le pareció más creíble.
Ronan, Lucía, Marta e Inés condujeron hasta el antiguo Hotel Valdés de San Gregorio, cerca de Segovia. El edificio estaba cerrado por reformas, rodeado de vallas y andamios. Había niebla entre los pinos. El vigilante de la entrada mostró una orden firmada por Beatriz que prohibía el acceso incluso a miembros del consejo.
Ronan llamó a su hermana.
—Abre el hotel.
—No sé de qué hablas.
—Has ordenado cerrarlo.
—Por seguridad. Anoche alguien entró en la planta antigua.
—Álvaro.
—No tengo pruebas.
—Tú nunca necesitas pruebas para actuar.
Beatriz guardó silencio.
—Ronan, si encuentras algo, no se lo entregues a Marta.
—¿Por qué?
—Porque no es hermana de Lucía.
La llamada terminó.
Ronan miró a Marta, que no había oído la conversación. Por primera vez reparó en que su medallón tenía una grieta diferente al de Lucía y que nunca había mostrado una sola fotografía de infancia.
No dijo nada. Todavía.
El hotel había sido el orgullo de Esteban durante los años noventa. Ronan recordaba inauguraciones, ministros, bandejas de plata y una fotografía familiar tomada frente a una chimenea enorme. Nunca le habían contado que parte de las piedras procedía de una fábrica cerrada después de un incendio. La belleza del edificio empezó a parecerle otra forma de blanquear una historia.
Inés caminaba con la mano apoyada en la pared. Reconocía curvas del pasillo que ya no existían y ventanas que habían sido tapiadas.
—Aquí estaba el comedor de las obreras —dijo—. Elena insistió en que lo reconstruyeran igual. Esteban creyó que era nostalgia. En realidad, quería conservar las medidas exactas para encontrar el muro algún día.
—¿Por qué no viniste antes? —preguntó Lucía.
—Porque durante muchos años pensé que esperar era obedecer a Elena. Después comprendí que también era miedo. Cuando por fin decidí venir, Beatriz ya había cerrado la planta.
Inés convenció al vigilante para que los dejara entrar por la cocina. Lo conocía de años atrás y le recordó el nombre de su madre. Subieron por una escalera cubierta de polvo hasta la tercera planta. La habitación verde estaba al final de un corredor tapiado a medias.
La puerta había sido forzada. Antes de cruzarla, Inés pidió un momento. Apoyó la palma en el marco y recordó en voz baja los nombres de tres mujeres que habían trabajado allí clasificando telas: Aurora, Milagros y Celia. Ninguna aparecía en las fotografías oficiales de la fábrica.
—Elena decía que un edificio olvida primero a quienes limpiaban al final del día —explicó—. Por eso escribió nombres detrás de las molduras.
Ronan levantó una pieza suelta y encontró iniciales a lápiz. Aquello no era la gran prueba que buscaban, pero era una forma de devolver presencia a vidas borradas. Tomó una fotografía antes de seguir.
Dentro solo quedaban paredes desnudas, un suelo de mosaico y manchas rectangulares donde antes hubo vitrinas. El color verde oscuro sobrevivía bajo capas de pintura blanca.
—Han llegado primero —dijo Lucía.
—No al muro —respondió Inés.
Se arrodilló junto a una moldura y presionó tres piezas del mosaico. Un panel se desplazó unos centímetros. Detrás había una cavidad con una cerradura circular.
Lucía introdujo la medalla de Elara. Encajó, pero no giró.
—Necesita calor —dijo Marta.
Inés envolvió la pieza en un paño caliente que había llevado en un termo. Aparecieron unas líneas finas sobre el metal. Lucía siguió la secuencia y el mecanismo hizo clic.
El panel se abrió.
La cámara estaba vacía.
Solo había una silla verde en el centro y una cinta de casete sobre el asiento.
Ronan sintió que habían llegado al final de otra mentira. Inés, en cambio, sonrió.
—Elena nunca confiaba el papel al primer escondite.
Le dio la vuelta a la silla. Bajo la tela, cosida con hilo grueso, había una llave de latón. Abrieron una trampilla bajo el suelo. Allí encontraron tres cajas protegidas con cera: libros contables, títulos de propiedad, cartas y una lista con los nombres de las familias del incendio.
Lucía comenzó a llorar en silencio.
—Lo consiguió —dijo.
Ronan cogió el primer libro. En la última página aparecía la firma de Esteban Valdés junto a una declaración manuscrita:
“Reconozco que la adquisición fue fraudulenta. Álvaro Salcedo padre diseñó las sociedades, pero fui yo quien aceptó beneficiarse. La restitución corresponde a los herederos Luján y a las familias perjudicadas.”
Debajo había una segunda nota, escrita años después:
“No entreguéis esto a Marta Luján. Marta murió en 1988.”
Todos se volvieron hacia la mujer que los había guiado hasta allí.
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Ella ya sostenía una pistola.
—Mi nombre no es Marta —dijo—. Y esas cajas no saldrán de esta habitación.