Capítulo 18 - El conejo de tela

Chapter 18 - Capítulo 18 - El conejo de tela
Ronan llamó a Inés antes de salir del hospital. Elara no estaba en el colegio. Después de la conmoción de los últimos días, la gobernanta había decidido mantenerla en casa y el inspector había asignado una agente a la puerta. El conejo de tela descansaba sobre la cama.
Tomás había calculado mal o había mentido.
Cuando Ronan llegó, Elara estaba en la mesa de la cocina haciendo deberes. Lucía se quedó en el pasillo. La niña aún no había decidido qué nombre utilizar cada vez que la veía; a veces decía “mamá”, otras “Lucía”, y en ocasiones no decía nada.
—Necesito mirar dentro de Nube —dijo Ronan.
Elara abrazó el conejo.
—Seraphina dijo que no dejaras que lo abrieran.
—Lo sé. Pero Tomás afirma que escondió algo.
—Tomás miente.
—¿Cómo lo sabes?
La niña señaló una costura de la pata izquierda.
—Porque él abrió aquí. Yo lo vi desde detrás de la cortina. Metió una cosa plana y después la saqué.
Ronan se agachó.
—¿Dónde está?
Elara miró a Inés.
La gobernanta abrió el armario de la despensa y sacó una caja de galletas. Dentro había una tarjeta de memoria envuelta en papel de aluminio.
—Me la dio después de que se fuera la policía —dijo—. No sabíamos si confiar en nadie. Pensé que cuanto menos supiera usted, más natural sería su reacción si registraban la casa.
Ronan cerró los ojos.
—Otra vez.
—Sí —respondió Inés—. Otra vez decidí por usted. Y me equivoqué.
Elara frunció el ceño.
—Yo le dije que la guardara.
Ronan respiró hondo. No podía pedir a los demás que dejaran de ocultar y después castigar a su hija por haber actuado con miedo.
—No estás en problemas. Pero a partir de ahora, cuando aparezca algo peligroso o extraño, me lo cuentas. Aunque creas que intentas protegerme.
—¿Tú también me contarás las cosas?
La pregunta no admitía una promesa cómoda.
—Te contaré lo que puedas entender y te diré cuando todavía no pueda explicar algo. No volveré a hacerte creer que el silencio es por tu bien.
Elara le entregó la tarjeta.
La grabación duraba veintisiete minutos. Se oían voces dentro de un coche. Beatriz hablaba con Tomás sobre el cambio de vehículos. Seraphina, aún joven y casi desconocida para la familia, informaba de que Lucía había salido de Madrid. Después entraba la voz de Álvaro.
“Dejad que Beatriz crea que controla el plan. Cuando Lucía esté fuera, el segundo coche caerá. Ronan firmará lo necesario. Si la mujer sobrevive, Fabián se ocupará de que nadie crea su historia.”
Tomás preguntaba por la niña.
“Elara es la garantía. Mientras la tengamos cerca, su madre no hablará y Ronan obedecerá.”
Ronan detuvo el audio. Lucía se apoyó en la encimera.
—Nos convirtió a todos en piezas.
—Y nosotros aceptamos movernos —dijo Seraphina desde la puerta.
La agente la había dejado entrar porque traía una autorización del inspector. Elara se tensó, pero no salió corriendo. Ronan se colocó entre ambas sin dramatismo.
—No puedes estar aquí sin avisar.
—Lo sé. Solo he venido a entregar esto.
Seraphina dejó una carpeta sobre la mesa. Contenía expedientes de su madre, Alicia Navarro, antigua contable del despacho de Álvaro. Había descubierto las sociedades utilizadas para robar el fondo de los trabajadores. Murió en Lisboa en una caída desde un balcón que la policía consideró accidental.
—Por eso aceptaste el trabajo —dijo Lucía.
—Al principio. Quería entrar en los archivos de Álvaro. Después me ofrecieron dinero y me convencí de que podía cobrar al enemigo sin convertirme en él.
—Y terminaste usando un cuenco para asustar a una niña —dijo Inés.
Seraphina asintió.
—Sí.
Elara miró la carpeta.
—¿Tu madre también murió por los secretos?
—Creo que sí.
—Entonces deberías haber sabido que los secretos hacen daño.
Seraphina recibió la frase sin apartar la mirada.
—Debería haberlo sabido.
No pidió abrazarla. No intentó explicar más. Se marchó después de entregar los documentos.
La fiscalía incorporó la grabación a la causa. Álvaro fue citado a declarar, pero sus abogados alegaron enfermedad y solicitaron un aplazamiento. Al mismo tiempo, un vídeo de la cocina apareció en internet.
Las imágenes mostraban a Elara junto a la puerta, el cuenco en el suelo, Seraphina señalándolo y Ronan entrando. No incluían el contexto posterior ni las fotografías de vigilancia. Millones de personas vieron durante horas el rostro de una niña asustada.
Los titulares convirtieron el dolor en espectáculo. Algunos llamaban héroe a Ronan. Otros preguntaban por qué había permitido que su hija viviera con Seraphina. Casi nadie se preguntaba quién había instalado la cámara o por qué las imágenes se publicaban justo cuando Álvaro debía declarar.
Ronan reunió a los medios frente a la mansión. No llevó a Elara ni mostró fotografías. Habló solo.
—Fallé al no ver lo que ocurría en mi propia casa. Seraphina ha reconocido su responsabilidad. Yo reconoceré la mía. Pero nadie tiene derecho a utilizar la cara de mi hija para ganar una batalla empresarial o judicial. No compartiré más detalles sobre ella. Renuncio hoy a cualquier cargo en el Grupo Valdés hasta que se restituya el dinero de las familias perjudicadas.
Un periodista gritó si también renunciaba a la fortuna.
—Renuncio a controlar lo que nunca debió pertenecernos.
La declaración cambió el relato. Varios consejeros pidieron suspender la ampliación de capital. Fondos institucionales exigieron una auditoría. Álvaro dejó de parecer el guardián de la estabilidad y empezó a parecer el único hombre empeñado en que nada se revisara.
Aquella tarde, una jueza pidió hablar con Elara en privado, acompañada por una psicóloga. Ronan aceptó después de que la niña dijera que quería hacerlo.
Al salir, la jueza entregó al fiscal un dibujo. Elara había representado la cocina, el cuenco, a Seraphina y una pequeña cámara encima de la puerta. Junto a la cámara había dibujado un anillo negro.
—La niña dice que vio a una persona instalarla dos días antes —explicó la jueza—. No sabe su nombre, pero reconoce el anillo.
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Ronan conocía esa pieza. Era ónix, rectangular, con el escudo de los Salcedo.
Álvaro la llevaba desde que él era niño.