Capítulo 06 - La firma del hombre dormido

Chapter 06 - Capítulo 06 - La firma del hombre dormido
A las cuatro de la madrugada, Inés preparó café en una cafetera antigua porque la máquina eléctrica había dejado de funcionar con el corte. Nadie tenía hambre. Elara se durmió en el sofá del cuarto de costura, envuelta en una manta, con la cabeza apoyada sobre las piernas de su padre.
Marta introdujo la memoria USB en un ordenador que guardaba en su mochila. Estaba cifrada. Probó el cumpleaños de Lucía, el de Elara y la fecha de la boda. Nada.
—La contraseña no será una fecha —dijo Inés—. A Lucía le parecían una forma perezosa de recordar.
Ronan contempló a su hija dormida.
—“Bajo tres hojas duerme la luz”.
Marta escribió la frase sin espacios. La pantalla se abrió.
Había tres carpetas: “Luján”, “Elara” y “Ronan”. La primera contenía escrituras antiguas, balances, fotografías de almacenes y copias de pleitos cerrados hacía décadas. La segunda estaba protegida por otra contraseña. La tercera se abrió con un solo clic.
El primer documento era una transferencia de doscientos cincuenta mil euros desde una cuenta personal de Ronan a una sociedad llamada Norte Gestión. La fecha correspondía al día del accidente de Lucía. El concepto decía: “Servicio concluido”.
—Eso es falso —dijo Ronan.
—La firma electrónica es válida —respondió Marta.
—No hice esa transferencia.
Había también una grabación de voz. Ronan pulsó el archivo y escuchó su propia voz diciendo: “Que no quede nada que pueda relacionarse con nosotros”. La frase sonaba cansada, pero inequívoca.
Inés dejó la taza con tanta fuerza que el café se derramó.
—Eso no lo dijo así.
Ronan la miró.
—¿Cómo lo sabes?
La gobernanta se sentó. Durante un momento pareció mucho mayor que sus sesenta y tres años.
—Porque yo estaba en el despacho cuando pronunció esas palabras.
Marta se incorporó.
—¿La noche del accidente?
—La tarde anterior. El señor Ronan hablaba por teléfono con la empresa que retiraba amianto de una fábrica vieja. Dijo: “Que no quede nada que pueda relacionarse con nosotros si algún trabajador enferma”. Se refería a documentos mal archivados, no a Lucía. Yo entré con una bandeja. Beatriz estaba sentada junto a la mesa y grababa una reunión para tomar notas.
Ronan recordó aquella fábrica en Guadalajara y una inspección que había obligado a cerrar el edificio. Recordó también la voz de su hermana pidiéndole que repitiera la instrucción con claridad.
—Cortaron la frase —dijo.
—Y la usaron para fabricar una orden —añadió Marta.
El segundo archivo era una copia de la autorización bancaria. La firma de Ronan aparecía junto a un sello notarial de Álvaro. Una línea señalaba que la operación había sido confirmada mediante llamada telefónica.
—Podían montar la frase, pero no imitar una conversación entera —dijo Ronan.
—No necesitaban hacerlo —respondió Inés—. Aquella noche usted no podía mantener una conversación.
Ronan sintió un vacío en el estómago.
—¿Qué me dieron?
—El doctor Fabián dijo que era un sedante para ayudarle a dormir. Beatriz insistió. Usted acababa de discutir con Lucía y tenía una migraña. A los veinte minutos apenas podía sostenerse.
—Nunca me contaste esto.
Inés bajó la mirada.
—Intenté hacerlo. Al día siguiente, Álvaro me dijo que, si sembraba dudas sobre la familia, pediría que me investigaran por haber administrado mal la medicación. Yo había traído el vaso de agua. Me hizo creer que podían acusarme de envenenarle.
La vergüenza en su voz era antigua y profunda.
—Tenía a mi hijo en prisión preventiva —continuó—. Necesitaba el trabajo para pagarle un abogado. Fui cobarde.
Ronan le tomó la mano.
—Fuiste amenazada.
—Y callé seis años.
—Pero guardó algo —dijo Marta, observándola.
Inés la miró sorprendida.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque las mujeres que se sienten cobardes suelen pasar años preparando el día en que dejarán de serlo.
La gobernanta fue a su dormitorio y regresó con una caja de costura. Dentro, entre botones, había un sobre de farmacia con dos comprimidos amarillentos.
—El doctor dejó cuatro —dijo—. Usted tomó dos. Guardé los otros.
Marta sonrió por primera vez.
—Podemos analizarlos.
—Después de seis años quizá no quede nada —dijo Ronan.
—Quedará suficiente para hacer preguntas.
A las seis y media, cuando empezaba a clarear, Ronan llevó a Elara a la cocina. El cuenco seguía en el suelo. La niña lo miró desde la puerta.
—¿Quieres que lo tire? —preguntó él.
Elara negó.
—Quiero que lo lave Inés y se lo devuelva a Bosco. No ha sido culpa del cuenco.
La respuesta le apretó la garganta. A veces los niños distinguían entre un objeto y la intención mejor que los adultos.
Marta se marchó por el acceso de servicio para llevar los comprimidos a un laboratorio privado. Antes de irse, entregó a Ronan una dirección en Lavapiés.
—Lucía se pondrá en contacto cuando sepa que Elara está segura.
—Quiero verla hoy.
—No depende de mí.
—Dile que si ha estado observando a su hija desde lejos, ya ha esperado demasiado.
Marta no discutió.
A las ocho, Ronan dejó a Elara con Inés y condujo hasta las oficinas centrales del Grupo Valdés, en el paseo de la Castellana. El edificio aún estaba casi vacío. Usó su llave de consejero y entró en la planta ejecutiva.
Beatriz estaba en su despacho, mirando amanecer sobre Madrid. No pareció sorprendida.
—Sabía que vendrías —dijo.
—¿Usaste la canción por el interfono?
—No.
—Elara te reconoció.
—Elara tiene siete años y ha pasado una noche traumática.
—¿Dónde está Lucía?
Beatriz se volvió.
—Muerta.
—Mientes peor cuando estás cansada.
—Y tú acusas mejor cuando no tienes pruebas.
Ronan dejó sobre la mesa una copia de la transferencia.
—Esto salió de mi cuenta.
Beatriz observó el documento y no fingió sorpresa.
—Lucía lo encontró días antes de desaparecer. Creyó que habías pagado por su muerte.
—¿Quién lo hizo?
—Tal vez tú. No recuerdas casi nada de aquella noche.
—Estaba sedado.
—Estabas borracho y furioso porque ella quería dejarte.
—No había bebido.
Beatriz abrió un cajón y sacó una carta. La letra era de Lucía.
“Me llevaré a Elara. No permitiré que crezca entre personas capaces de comprar cualquier verdad.”
Ronan leyó la frase dos veces.
—¿Dónde la conseguiste?
—En su bolso, después del accidente.
—El bolso no apareció en el informe.
—Porque Álvaro evitó que llegara a la policía. Quería protegerte.
—¿De qué?
—De que todos creyeran que habías mandado matar a tu esposa para impedir que se llevara a tu hija.
Beatriz se acercó y habló casi con ternura.
—Yo te salvé, Ronan. Aunque ahora no quieras admitirlo.
Él dobló la carta y se la guardó.
—Si Lucía está viva, podrá decirme quién necesitaba que pareciera culpable.
—No la busques.
—¿Eso es una amenaza?
—Es un consejo de hermana.
Ronan llegó a la puerta.
—Las hermanas no graban canciones de mujeres que piden ayuda.
Beatriz palideció. Fue mínimo, pero él lo vio.
En ese instante sonó el teléfono del despacho. Ella respondió sin apartar la mirada de Ronan. Escuchó unos segundos.
—Entiendo —dijo—. Presentadlo esta mañana.
Colgó.
—¿Qué has presentado?
Beatriz tomó la carpeta preparada sobre su mesa.
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—Una solicitud urgente para revisar tu tutela de Elara.
Y la primera testigo que había aceptado declarar contra él era Seraphina.