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Capítulo 05 - La visita de Álvaro

Chapter 05 - Capítulo 05 - La visita de Álvaro

Ronan no tuvo tiempo de esconder la caja. La puerta se abrió y Álvaro Salcedo apareció en el umbral acompañado por dos agentes. Vestía un abrigo azul marino sobre el pijama, pero ni siquiera aquella combinación conseguía restarle autoridad. A sus sesenta y cuatro años, el abogado de la familia sabía presentarse en cualquier lugar como si le perteneciera.

—Ronan —dijo con una preocupación medida—. Tomás ha informado de un intruso armado.

—Tomás era el intruso armado.

Uno de los agentes miró a su compañero.

—¿Dónde está ese hombre?

—Ha huido por el jardín.

—El señor Tomás López nos espera abajo —respondió Álvaro—. Tiene una herida en la boca y afirma que usted lo atacó.

Ronan comprendió entonces la precisión de la trampa. Tomás no había escapado; había corrido hacia la policía para convertirse en víctima antes de que ellos pudieran contar su versión.

Marta ya no estaba junto a la ventana. Inés había abierto un panel oculto en el baño, uno de los antiguos accesos del servicio, y la mujer se había deslizado por él segundos antes. Seraphina había metido las cartas bajo el colchón. La memoria USB estaba en el puño de Elara.

La niña no preguntó qué debía hacer. La escondió dentro del conejo de tela, en una costura que Inés había reparado muchas veces.

—Quiero que revisen el invernadero —dijo Ronan—. Encontrarán una pistola y huellas.

—Lo haremos —respondió el agente—. Pero necesitamos aclarar por qué una menor estaba despierta en una cocina donde se ha producido una discusión.

Álvaro miró el vestido azul de Elara y después el rostro de Seraphina. El cuenco no se veía desde allí, pero Ronan tuvo la certeza de que el abogado ya sabía dónde estaba.

—Ha sido una disputa familiar —dijo Seraphina—. Yo he cometido un error y el señor Valdés me ha pedido que abandone la casa.

Ronan se volvió hacia ella.

—No hables por mí.

—Estoy hablando por mí.

Seraphina se quitó el anillo que ya había dejado una vez en la biblioteca y que, de algún modo, había vuelto a su dedo. Lo colocó sobre la cómoda, despacio, bajo la mirada de Álvaro.

—He preparado una escena inadecuada para reprender a la niña —continuó—. No la he tocado ni le he ordenado que tocara nada. Su padre ha regresado, ha terminado la situación y me ha expulsado.

—¿Qué escena? —preguntó el agente.

—Un cuenco vacío en el suelo.

Álvaro frunció el ceño con una actuación casi perfecta.

—Dios mío.

Ronan sintió deseos de golpearlo. En lugar de eso, levantó a Elara.

—Mi hija no responderá más preguntas esta noche.

—Tal vez sea lo mejor —dijo una voz desde el pasillo.

Beatriz Valdés entró sin esperar permiso. Llevaba un traje de lana color crema, el cabello oscuro recogido y un bolso demasiado elegante para una visita de madrugada. Tenía cincuenta y dos años, diez más que Ronan, y había pasado toda su vida comportándose como si esa diferencia la autorizara a corregirlo.

—¿Quién te ha llamado? —preguntó él.

—Álvaro. Había una alarma en la casa familiar y mi sobrina estaba dentro.

Beatriz se acercó a Elara. La niña hundió el rostro en el hombro de su padre.

—Cariño, ven con la tía Bea. Puedes dormir en mi casa.

—No —dijo Elara.

La sonrisa de Beatriz se mantuvo, aunque sus ojos se endurecieron.

—Solo hasta que los mayores arreglen este lío.

—Mi casa es esta.

Ronan besó la cabeza de su hija.

—Y aquí se queda.

Álvaro sacó unos documentos del bolsillo interior del abrigo.

—No es el momento, pero existe una obligación legal de valorar la seguridad de la menor. El incidente de esta noche, unido a los problemas matrimoniales y al comportamiento de Ronan en el invernadero, podría justificar una medida provisional.

—Has venido con papeles preparados —dijo Ronan.

—Son formularios estándar.

—En pijama y con formularios estándar.

Beatriz intervino con voz suave.

—Nadie quiere quitarte a Elara. Queremos evitar que una crisis se convierta en una tragedia.

—La tragedia empezó hace seis años y vosotros os ocupasteis de que yo no hiciera preguntas.

Por primera vez, Álvaro perdió una fracción de su calma.

—¿Qué significa eso?

Ronan sostuvo su mirada.

—Significa que a partir de ahora las preguntas las haré yo.

Los agentes registraron la habitación y el baño. No encontraron a Marta. Bajaron al jardín con Álvaro y Tomás, mientras Beatriz insistía en llevarse a la niña. Seraphina salió de la casa acompañada por un policía. Antes de cruzar el umbral, miró a Ronan.

—No dejes que abran el conejo —dijo.

El agente creyó que se refería al juguete como consuelo para la niña. Ronan comprendió el mensaje real.

A las dos y media, la policía se marchó sin detener a nadie. La pistola había desaparecido del invernadero. Tomás aseguró que nunca había llevado una. Las cámaras no funcionaban. El cristal roto parecía haber sido golpeado desde dentro. Todo favorecía una versión en la que Ronan, alterado por una discusión conyugal, había atacado a su empleado.

Beatriz fue la última en irse. Se detuvo junto a la puerta y contempló el cuenco sobre el mármol.

—Esto saldrá en los periódicos si no actuamos con cuidado.

—¿Eso es lo que te preocupa?

—Me preocupa Elara. Y me preocupa que estés viendo fantasmas.

—Lucía está viva.

Beatriz no parpadeó. Solo tardó un segundo de más en contestar.

—Deberías dormir.

—No has dicho que sea imposible.

—He dicho que estás cansado.

Se marchó sin despedirse de la niña.

Cuando la verja se cerró, Ronan subió con Elara e Inés. Marta esperaba en el antiguo cuarto de costura, al otro lado del pasadizo. Había limpiado la herida de su ceja y sostenía las cartas contra el pecho.

—Álvaro sabe que la caja estaba aquí —dijo—. Si no la ha encontrado, volverá.

Elara abrió la costura del conejo y sacó la memoria USB.

—La tía Bea cantaba la canción —dijo.

Ronan se agachó.

—¿Cuándo?

—Hoy, por el interfono. Cambió la voz, pero se equivocó en una palabra. Mamá decía “duerme la luz”. La tía Bea dijo “duerme la llave”.

Marta se llevó una mano a la boca.

—Lucía nunca le enseñó esa versión.

—¿Entonces cómo la conocía? —preguntó Ronan.

Marta miró hacia el pasillo, como si temiera que las paredes escucharan.

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—Porque la noche del accidente alguien grabó a Lucía cantándola mientras pedía ayuda.

Y la única copia de aquella llamada había quedado en poder de Beatriz.

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