Capítulo 07 - La consigna número 214

Chapter 07 - Capítulo 07 - La consigna número 214
Audrey escuchó la grabación cuatro veces.
En cada reproducción esperaba descubrir una inflexión distinta, una pausa que demostrara que Mateo estaba fingiendo. No la encontró. La voz de su hermano sonaba segura, cercana a Victoria, incluso impaciente con Dominic.
Esteban permanecía junto a la ventana.
—Puede estar actuando —dijo.
—Eso es lo que siempre dices cuando una verdad no te gusta.
—Conozco a mi hijo.
—No. Tú conoces la versión de él que te permite dormir.
El golpe fue injusto, y Audrey lo supo. Pero no se disculpó. Llevaba tres días descubriendo que todos habían tomado decisiones sobre su vida en habitaciones donde ella no estaba.
Inés propuso revisar los metadatos de la grabación. El archivo había sido recortado; faltaban treinta y siete segundos entre la frase de Mateo y la siguiente intervención de Victoria. No podían saber quién había editado la copia ni qué contenía el fragmento eliminado.
—La consigna —recordó Audrey—. Clara dijo que allí estaban los originales.
La llave correspondía a una estación de tren. Inés localizó el número 214 en una zona de equipajes automáticos. Esteban quería enviar a sus hombres. Audrey insistió en ir.
—Apenas puedes caminar —dijo él.
—Entonces caminaré despacio.
Paloma se quedó con Leo. Samuel revisó la herida antes de permitirle salir y le hizo prometer que regresaría en menos de dos horas.
En la estación, el ruido y la gente hicieron que Audrey se sintiera vulnerable. Llevaba ropa holgada, gafas oscuras y una mano apoyada en el brazo de Inés. Esteban caminaba detrás, observando cada rostro.
La consigna contenía una caja metálica, un teléfono barato y una carpeta roja.
Audrey tuvo que sentarse en un banco cercano antes de abrirla. El esfuerzo le había mojado la espalda de sudor y una punzada le bajaba por el costado. Inés quiso llamar a Samuel, pero ella pidió cinco minutos.
—No quiero que mi cuerpo vuelva a convertirse en argumento para apartarme —dijo.
—Descansar no es ceder el control —respondió Inés.
La frase la irritó porque era verdad. Audrey bebió agua, esperó a que el dolor disminuyera y solo entonces tomó la llave. Empezaba a aprender que ser fuerte no consistía en ignorar cada límite, sino en decidir cuáles aceptaba sin dejar que otros los utilizaran contra ella.
No había documentos originales.
Dentro de la carpeta encontraron fotografías de Dominic reuniéndose con tres consejeros del Grupo Navarro, transferencias de Northbridge a la Fundación Belmonte y copias de informes médicos de Audrey obtenidos sin autorización.
En la última página aparecía una lista de fechas.
Una estaba marcada con un círculo: el lunes siguiente, nueve de la mañana.
—La reunión del consejo —dijo Inés.
El teléfono barato se encendió al pulsar un botón. Solo tenía una aplicación de mensajes y un vídeo guardado.
Mateo apareció en la pantalla.
Estaba en una habitación desconocida, con la camisa manchada y un corte reciente junto a la ceja.
—Audrey, si estás viendo esto, Clara consiguió entregar la llave —dijo—. Antes de que escuches cualquier grabación, debes saber que Victoria lleva meses editando conversaciones. Yo le hice creer que aceptaría impedir que papá llegara hasta Leo. Era la única manera de entrar en la sala donde guardaba los documentos.
Audrey miró a Esteban. Él no parecía aliviado.
—Marta está conmigo —continuó Mateo—. No la secuestré. La saqué del hospital porque la jefa administrativa avisó a Victoria de que iba a declarar. Nos siguieron dos coches. Uno intentó cerrarnos el paso cerca de la M-30.
La cámara se movió y mostró a Marta sentada al fondo, pálida pero ilesa. Levantó una mano.
—Tengo las capturas —dijo la enfermera—. Y una copia del registro de la pulsera.
Mateo volvió a enfocar su rostro.
—No podemos entregarlas todavía. Hay alguien dentro del equipo legal de la familia que está filtrando cada movimiento.
Inés se quedó inmóvil.
—¿Quién? —murmuró Audrey, aunque el vídeo no podía responderle.
—Los originales no están en la consigna —prosiguió Mateo—. Los lleva una persona que Victoria no sospecha. Necesito que llegues a la reunión del lunes y obligues a todos a votar. No intentes detenerla antes. Si lo haces, quemará la red de sociedades y nunca recuperarás lo que te robó.
El vídeo terminó.
Audrey buscó otros archivos. No había ninguno.
—¿Por qué no te avisó directamente? —preguntó a su padre.
—Porque sabe que mis teléfonos pueden estar intervenidos.
—O porque no confía en ti.
Esteban no respondió.
Al salir de la estación, el teléfono barato vibró. Era un mensaje nuevo, enviado hacía menos de un minuto.
«No habléis de la carpeta en el coche. Os están escuchando».
Audrey levantó la mirada hacia el aparcamiento. El sedán gris de Esteban estaba donde lo habían dejado.
Mateo había dejado una instrucción adicional en el teléfono: revisar la parte inferior del salpicadero. Esteban llamó a un técnico de seguridad, que encontró un transmisor del tamaño de una moneda conectado detrás del puerto de diagnóstico.
El dispositivo podía registrar conversaciones y enviar la ubicación del vehículo. Había sido instalado al menos diez días antes, cuando Esteban aún no sabía que Audrey acabaría llamándolo.
—No te vigilaban solo a ti —dijo Inés—. Esperaban que ella volviera contigo tarde o temprano.
Audrey pensó en la seguridad con la que Victoria había afirmado que jamás recurriría a su padre. Quizá aquella seguridad no provenía de conocerla, sino de poder escuchar cada intento de acercamiento.
Esteban quiso romper el aparato. Inés lo detuvo y lo guardó como prueba.
—Deja de destruir las cosas que te asustan —le dijo.
Audrey observó a ambos. Aquella frase sonaba demasiado personal para ser solo una recomendación legal. Se preguntó cuántas discusiones, decisiones y pactos habían compartido sin ella.
Un segundo mensaje apareció:
«Y, Audrey, no confíes en Inés hasta que te cuente lo que firmó la noche en que murió mamá».
Audrey sintió la mano de la abogada en su brazo.
—¿Qué dice?
Durante un instante, Audrey estuvo a punto de enseñárselo.
Después apagó la pantalla.
—Nada —respondió.
May you like
Fue la primera mentira consciente que le dijo a Inés.
Y comprendió que, para sobrevivir a aquella familia, tendría que aprender a guardar sus propias cartas.