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Capítulo 04 - La orden que no decía lo que Dominic afirmaba

Chapter 04 - Capítulo 04 - La orden que no decía lo que Dominic afirmaba

Inés llegó a la puerta antes que nadie.

No abrió del todo. Se limitó a dejar una rendija suficiente para ver a los dos agentes y a Dominic en el escalón de entrada. Él llevaba una carpeta azul bajo el brazo y una expresión ensayada de marido preocupado.

—Soy la abogada de la señora Audrey Blake —dijo Inés—. Enséñeme la orden.

Dominic intentó mirar por encima de su hombro.

—Quiero ver a mi hijo.

—Primero, la orden.

Uno de los agentes entregó el documento. Inés lo leyó en silencio y después levantó los ojos.

—Esto no autoriza a retirar al menor. Es una comprobación de bienestar solicitada porque el señor Blake afirmó que su esposa abandonó el hospital contra criterio médico.

—Eso fue lo que ocurrió —dijo Dominic.

—No —respondió Audrey desde el vestíbulo—. Permanecí ingresada toda la noche y fui dada de alta esta mañana.

Avanzó despacio, con una bata de algodón limpia sobre el camisón y una mano apoyada en la pared. Paloma sostenía a Leo a unos metros, lejos de la puerta.

Dominic la miró. Por un instante, algo parecido al remordimiento cruzó su rostro. Duró tan poco que Audrey se preguntó si lo había imaginado.

—Estás pálida —dijo él.

—Me operaron hace dos días. Lo sabías cuando me dejaste en la acera.

Los agentes intercambiaron una mirada.

Desde la casa de enfrente, una vecina sostenía el móvil a la altura del pecho. Inés le pidió después una copia del vídeo. En él se escuchaba con claridad a Dominic afirmar que tenía una orden para llevarse al niño, aunque el documento no decía nada parecido.

No era una prueba definitiva, pero sí algo que Audrey empezaba a valorar: un hecho pequeño que no dependía de la memoria, del amor ni de la versión de un hombre convincente.

Dominic apretó la mandíbula.

—Mi madre se puso nerviosa. Todo se salió de control.

—Tu madre tenía una reserva para comer.

Inés pidió al doctor Ortega, que había acudido para revisar la herida de Audrey, que confirmara su estado. Samuel mostró el informe de alta, explicó que la casa reunía condiciones adecuadas y que tanto la madre como el bebé estaban siendo atendidos.

La comprobación terminó en menos de quince minutos.

Antes de marcharse, uno de los agentes se dirigió a Dominic con un tono menos amable.

—No vuelva a describir una orden de bienestar como una orden de entrega. Son cosas muy distintas.

Dominic esperó a que se alejaran. Luego bajó la voz.

—Necesito hablar con Audrey a solas.

—No —dijo Esteban.

Audrey lo miró.

—Sí.

Su padre abrió la boca, pero ella lo detuvo.

—No voy a permitir que otro hombre decida con quién puedo hablar.

Inés se quedó en la habitación contigua, con la puerta abierta. Dominic aceptó a regañadientes y siguió a Audrey hasta el pequeño salón de la planta baja.

No se sentaron.

—Sé que estás enfadada —empezó él.

—No estoy enfadada. Estoy intentando comprender cuándo dejaste de ser la persona con la que me casé.

Dominic miró hacia el pasillo, comprobando que nadie estuviera cerca.

—Tu padre está utilizando esto para separarnos.

—Me dejaste con una bata de hospital, un bebé y cincuenta dólares.

—Fue una estupidez.

—Fue una decisión.

Él se pasó una mano por el cabello.

—Victoria dijo que montarías una escena si intentábamos llevarte a casa. Yo pensé que necesitabas espacio.

Audrey lo observó con una calma nueva.

—No sabías que yo llamaría a mi padre.

La respiración de Dominic cambió.

Fue apenas una pausa, pero confirmó algo.

—¿Qué había en la clínica privada hace ocho meses? —preguntó ella.

Dominic parpadeó.

—No sé de qué hablas.

—El número escrito en el billete coincide con el expediente prenatal de Leo.

Él miró la mesa, no a Audrey.

—Quizá la enfermera se confunde.

—¿También se confunde el registro que te nombra representante legal?

Dominic sacó un sobre del interior de su chaqueta.

—No quería enseñarte esto ahora.

Lo dejó sobre la mesa.

En el encabezado figuraba el nombre de una clínica genética. Debajo, una conclusión subrayada: «Exclusión de paternidad biológica».

Audrey leyó el informe entero sin sentir las manos.

—Esto es falso.

—La muestra se tomó durante una revisión prenatal.

—Nunca autoricé una prueba.

—Yo tenía derecho a saberlo.

Audrey levantó los ojos.

—No he estado con nadie más.

Dominic endureció el gesto, aunque evitó sostenerle la mirada.

—No puedo arriesgarme a criar al hijo de otro hombre.

—Hace diez minutos lo llamabas “mi hijo” delante de la policía.

Él no respondió.

La contradicción quedó suspendida entre los dos.

Dominic sacó otro documento. Era una autorización temporal para que él administrara los bienes de Audrey y representara a Leo durante noventa días.

—Firma esto —dijo—. Nos dará tiempo para aclararlo todo sin convertirlo en un escándalo.

Audrey comprendió entonces que el informe no pretendía convencerla de una infidelidad. Pretendía asustarla hasta que entregara el control.

—¿Qué ocurre dentro de noventa días?

—Nada, si cooperas.

—¿Y si no?

Dominic se acercó un paso.

—Un juez verá a una mujer que acaba de dar a luz, que está enfrentada a su marido y a su padre, que abandonó su domicilio y que asegura que todos conspiran contra ella. No sonará bien.

Audrey sintió miedo. Pero ya no era el miedo paralizante de la acera. Era un miedo afilado, útil.

—Fuera de esta casa.

—Audrey…

—No vuelvas a pronunciar mi nombre como si aún te perteneciera.

Dominic recogió la autorización, pero dejó el informe genético sobre la mesa.

Antes de salir, miró hacia el pasillo donde Leo comenzaba a llorar.

Su expresión se quebró.

—Yo sí lo quería —dijo en voz baja.

—Entonces deberías haberlo protegido de ti.

Dominic se marchó.

Inés entró inmediatamente y tomó el informe con guantes finos. Lo revisó bajo la lámpara y señaló el código de muestra.

—Este número no coincide con el expediente de Leo.

Audrey se inclinó sobre el papel.

El código pertenecía a un paciente identificado solo con las iniciales L.B. La fecha era correcta, pero el grupo sanguíneo indicado no podía corresponder a Leo según el informe neonatal.

—¿De quién es la muestra? —preguntó Audrey.

Inés giró la última página.

Allí figuraba una firma de autorización.

No era la de Dominic.

Era la de Victoria Blake.

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Y debajo, en la casilla “relación con el menor”, Victoria había escrito una palabra que ninguna abuela tenía derecho a utilizar:

«Tutora».

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