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Capítulo 05 - La muestra que nunca fue de Leo

Chapter 05 - Capítulo 05 - La muestra que nunca fue de Leo

La clínica genética estaba en un edificio discreto cerca del parque del Retiro.

No tenía un gran cartel, solo una placa dorada y una recepcionista que dejó de sonreír en cuanto Inés mencionó la palabra fraude.

Audrey no acudió. Samuel le había ordenado reposo, y el simple trayecto desde la cama hasta el cuarto de Leo le arrancaba sudor frío. Esteban fue en su lugar, acompañado por Inés y un notario.

Durante dos horas nadie quiso responder.

Finalmente, el director médico admitió que el código del informe correspondía a una muestra archivada de otro recién nacido. No podía revelar su identidad, pero confirmó por escrito que no pertenecía a Leo Blake ni a ningún análisis prenatal de Audrey.

—Entonces el informe fue manipulado —dijo Esteban.

—El documento que ustedes tienen no salió de nuestro sistema en esa forma —contestó el director—. Alguien utilizó nuestro membrete y mezcló datos auténticos con una conclusión falsa.

Inés pidió los registros de acceso.

El hombre negó con la cabeza.

—Solo con orden judicial.

Antes de irse, una técnica joven se acercó a Esteban en el pasillo. Fingió entregarle una tarjeta de la clínica, pero susurró sin mirarlo:

—Busquen a quien pagó la consulta prenatal. No fue el señor Blake.

En la parte posterior de la tarjeta había un nombre escrito a lápiz: Fundación Belmonte.

Aquella misma tarde, Inés descubrió que la Fundación Belmonte financiaba programas de salud materna y estaba presidida por Victoria Blake.

Audrey recibió la noticia en el dormitorio de la planta baja.

Leo acababa de terminar de comer y dormía sobre sus piernas. Ella pasó un dedo por su mejilla, intentando comprender cómo alguien podía convertir a un bebé de dos días en una pieza de ajedrez.

—Victoria preparó una prueba falsa antes de que naciera —dijo.

—Eso parece —respondió Inés por videollamada—. Pero no sabemos para qué necesitaba abrir un expediente prenatal tan pronto.

—Para demostrar que Dominic no era el padre.

—Quizá. Aunque eso perjudicaría su intento de administrar el fideicomiso.

Audrey miró el billete de cincuenta dólares, ahora guardado en una funda transparente.

—A menos que quisiera que Dominic creyera una cosa y el juez otra.

La idea hizo que todos callaran.

Victoria podía haber mostrado a su hijo un informe falso para convencerlo de que Leo no era suyo, mientras mantenía oficialmente la paternidad de Dominic para obtener control legal. Era cruel, pero explicaba la contradicción.

—Dominic parecía herido cuando habló de la prueba —recordó Audrey—. No fingía todo.

Esteban apoyó las manos sobre la mesa.

—No conviertas una emoción verdadera en una excusa para lo que hizo.

—No lo hago. Solo quiero saber quién manipula a quién.

Esa noche, Audrey recibió una llamada desde un número desconocido.

No contestó.

El teléfono volvió a sonar. Después llegó un mensaje: «Soy Marta, la enfermera. No puedo hablar mucho».

Audrey llamó de inmediato.

La voz de Marta era apenas un susurro.

—Revisé el historial de Leo. Hay dos pulseras registradas con el mismo número.

—¿Dos?

—Una se imprimió cuando nació. La otra, cuarenta minutos después, desde un terminal administrativo. Eso no debería ocurrir.

Audrey miró la muñeca de su hijo. La pulsera estaba allí, perfectamente ajustada.

La noche del nacimiento apenas había podido enfocar la vista. Recordaba manos cambiando mantas, una enfermera comprobando números y la voz de Dominic preguntando si podían llevarse al bebé para hacerle pruebas. En ese momento le pareció una preocupación normal de padre primerizo.

Ahora cada recuerdo tenía una sombra distinta.

Se obligó a respirar despacio. No permitiría que la investigación le robara también los primeros días de Leo. Acercó la nariz a su cabeza y reconoció el olor tibio de la leche, el algodón y la piel nueva. Aquel niño no era un expediente, una prueba ni una llave para desbloquear acciones.

Era su hijo.

Y mientras todos discutían sobre quién podía representarlo, él dependía de algo mucho más simple: que Audrey comiera, durmiera un poco y mantuviera las manos firmes cuando lo levantaba.

—¿Cambiaron a mi bebé?

—No. Las huellas plantares y los controles coinciden. Leo es Leo. Pero alguien necesitaba una segunda pulsera para vincular una muestra distinta a su expediente.

—¿Quién imprimió la copia?

Se oyó una puerta cerrarse al otro lado de la línea.

Marta bajó aún más la voz.

—El usuario pertenece a la jefa de administración. Esta mañana la vi salir del despacho con Victoria Blake.

—¿Puedes declarar eso?

—Sí, pero no por teléfono. Tengo fotografías de la pantalla y del registro de acceso. Mañana, a las diez, en la cafetería frente al hospital.

La llamada terminó.

Audrey informó a Inés y a su padre. Esteban quiso enviar seguridad, pero ella se negó a convertir el encuentro en un espectáculo. Acordaron que Inés acudiría sola y que dos investigadores esperarían a distancia.

A las diez de la mañana siguiente, Marta no apareció.

A las diez y veinte, su teléfono estaba apagado.

A las once, el hospital comunicó que la enfermera había presentado una renuncia por motivos personales y que nadie sabía dónde estaba.

Inés pidió revisar las cámaras del aparcamiento. El hospital se resistió hasta que Esteban amenazó con solicitar una orden urgente.

Las imágenes mostraban a Marta saliendo a las seis y doce de la mañana. Caminaba deprisa con una mochila al hombro. Cerca de la barrera, un hombre se acercó a ella.

No se veía su rostro, pero sí la mano que sujetó el brazo de la enfermera.

Llevaba un anillo de sello con una piedra negra.

Audrey conocía aquel anillo.

Se lo había regalado a Dominic por su primer aniversario.

—Ha ido a por ella —dijo.

Esteban amplió la imagen.

—Mira la muñeca.

El hombre llevaba un reloj plateado y una cicatriz fina en el dorso de la mano.

Dominic no tenía ninguna cicatriz.

Esteban sí conocía a alguien que tenía ambas cosas.

—Ese hombre no es tu marido —dijo—. Es Mateo.

Audrey sintió que el suelo volvía a moverse.

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Mateo Navarro era su hermano mayor.

Y, según Esteban, llevaba dos años infiltrado en la empresa de Dominic para protegerla.

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