Globalnewsdesk

Capítulo 14 - La visita de veinte minutos

Chapter 14 - Capítulo 14 - La visita de veinte minutos

Daniel no intentó huir cuando Mateo cruzó la calle.

Bajó del coche con las manos visibles y empezó a llorar antes de que nadie le preguntara nada. Victoria le había ordenado recoger a Leo durante la visita de Dominic y llevarlo a un aeródromo privado.

—Dijo que el señor Dominic tenía autorización —explicó—. Que solo querían proteger al niño de los Navarro.

En la bolsa había ropa, leche preparada, documentos falsos y dos pasaportes: uno para Victoria y otro para un bebé registrado como León Belmonte.

La policía fue avisada de inmediato. Sin embargo, no detuvo a Victoria en ese momento. Necesitaban localizar el aeródromo y comprobar si había cómplices preparados para ayudarla a salir del país.

La visita se mantuvo, pero bajo vigilancia reforzada.

Durante la mañana, agentes revisaron chimeneas, puertas de servicio y cámaras. Colocaron un segundo dispositivo de localización dentro del bolso de pañales y acordaron una palabra de emergencia. Audrey memorizó cada paso, aunque Inés le recordó que no era responsable de dirigir una operación policial.

—Soy responsable de mi hijo —respondió.

—Sí. Pero eso no significa que debas hacer el trabajo de diez personas para demostrarlo.

Audrey pasó una hora con Leo antes de la visita. Le cantó una canción que Elisa solía cantar mal y dejó que el niño cerrara los dedos alrededor de su pulgar. Intentó no pensar en pasaportes falsos ni en aeródromos.

A veces la protección más difícil consistía en no transmitir al bebé el terror de los adultos.

—Es demasiado peligroso —dijo Esteban.

—Precisamente por eso —respondió Inés—. Victoria cree que su plan sigue en marcha. Si cancelamos, desaparecerá.

Audrey aceptó con una condición: Leo no saldría del salón y habría una agente de paisano dentro de la casa.

Dominic llegó a las cinco.

Antes de entrar en el salón, vio por la puerta entreabierta la habitación preparada para Leo. La pared tenía todavía una franja de pintura desigual, recuerdo del día que Audrey había mencionado. Dominic apoyó una mano en el marco, pero no cruzó.

—Compré la cuna de nuestro piso —dijo—. La entregarán donde tú decidas.

—No quiero nada que pueda convertirse después en una reclamación —respondió Audrey.

—No lo será. Inés tendrá la factura y la cesión.

Ese nivel de cuidado legal era nuevo entre ellos. Resultaba triste que hubieran necesitado abogados para aprender a respetar un límite, pero Audrey prefirió una frontera escrita a otra promesa pronunciada con facilidad.

No sabía nada de Daniel ni de los pasaportes. Al ver a Leo en brazos de una trabajadora social, se quedó en la puerta.

—Puedes acercarte —dijo Audrey.

Él dio dos pasos. Tenía las manos vacías y el teléfono precintado por orden judicial.

—Ha crecido —murmuró.

—Tiene ocho días.

—Lo sé. Solo… parece distinto.

La trabajadora social le permitió sentarse cerca. Dominic habló al bebé en voz baja, sin tocarlo. Le contó que había pintado mal una pared de su habitación y que Audrey tuvo que corregirlo. Sonrió al recordar algo y luego la sonrisa desapareció.

—No sé qué parte de mi vida fue real —dijo.

Audrey permaneció de pie junto a la ventana.

—Lo que hiciste fue real.

—Sí.

—Que Victoria te mintiera no borra que tú decidieras castigarme.

—Lo sé.

Dominic miró a Leo.

—Cuando mi madre me enseñó la prueba, sentí alivio durante un segundo. No porque no lo quisiera, sino porque así podía dejar de tener miedo de ser padre. Luego convertí ese alivio en odio hacia ti.

Era una confesión desagradable, pero honesta.

—Eso es algo que tendrás que trabajar lejos de nosotros —dijo Audrey.

La visita llevaba catorce minutos cuando sonó la alarma de incendios.

Las luces se apagaron durante tres segundos. La agente de paisano bloqueó la puerta principal. Mateo corrió hacia el cuadro eléctrico. La trabajadora social sostuvo a Leo y se dirigió al punto seguro acordado.

Entonces se oyó un golpe en la cocina.

Daniel había entrado por la puerta de servicio.

—¡No disparen! —gritó—. Victoria sabe que la policía está aquí. Ha cambiado el plan.

Mateo lo inmovilizó contra la pared.

—¿Dónde está?

—No lo sé. Me llamó desde otro número. Dijo que ya tenía lo que necesitaba.

En el salón, la trabajadora social gritó.

Una mujer vestida con uniforme sanitario acababa de rociarle los ojos con un aerosol irritante. La falsa enfermera agarró el portabebés y corrió por el pasillo lateral.

La agente la alcanzó antes de la salida. Durante el forcejeo, el portabebés cayó de lado sobre una alfombra.

Audrey sintió que el mundo se detenía.

Corrió pese al dolor, se arrodilló y apartó la cubierta.

Dentro no estaba Leo.

Solo había una manta enrollada y un dispositivo que reproducía el llanto de un bebé.

—¿Dónde está mi hijo? —gritó.

La trabajadora social, todavía desorientada, señaló hacia la escalera.

—Yo lo tenía… alguien me lo pidió cuando sonó la alarma. Dijo que era la enfermera Marta.

Marta estaba en el despacho del piso superior con Inés.

Audrey subió los escalones apoyándose en la barandilla. La cicatriz ardía, pero apenas la sentía.

La puerta del despacho estaba abierta.

Marta yacía aturdida junto al escritorio. Inés intentaba incorporarla.

La ventana del balcón estaba abierta.

Sobre la alfombra había una pulsera roja de Victoria.

Dominic la reconoció.

—Se la regalé cuando cumplió cincuenta años.

Mateo revisó las cámaras exteriores. Un vehículo de reparto había salido por la entrada trasera durante los segundos del apagón. La matrícula era falsa.

Audrey llamó al móvil de Victoria.

Ella respondió por videollamada.

Leo aparecía dormido en sus brazos, ileso, envuelto en la misma manta blanca del hospital.

—No le haré daño —dijo Victoria—. Nunca he querido hacerle daño.

—Devuélvemelo.

—Firma la renuncia al fideicomiso y declara que Dominic actuó bajo coacción de Esteban. Después podrás recogerlo.

Dominic se acercó a la pantalla.

—Mamá, basta.

Victoria lo miró con una ternura que resultaba más inquietante que su frialdad.

—No soy tu madre, ¿recuerdas? Eso es lo que ella quería que creyeras.

—Tú misma lo admitiste.

—Te crié. Te salvé. Y ahora voy a salvar a tu hijo de esa familia.

La llamada terminó.

Mateo rastreó la señal, pero provenía de una antena móvil en circulación.

Audrey miró la cuna vacía.

Dominic estaba a su lado, blanco de terror.

—Sé dónde puede llevarlo —dijo—. Hay una casa en la sierra que perteneció a Gabriel. Ella nunca la vendió.

—Entonces llévanos.

—No —intervino Esteban—. Tú no vas a ninguna parte.

Audrey se volvió hacia su padre.

—Mi hijo acaba de ser secuestrado porque todos creísteis saber mejor que yo cómo protegerlo.

May you like

Tomó su abrigo y miró a Dominic.

—Esta vez voy delante.

Related Stories

Other posts