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Capítulo 03 - La casa de las ventanas cerradas

Chapter 03 - Capítulo 03 - La casa de las ventanas cerradas

Audrey pasó la noche ingresada.

Dominic no llamó.

No preguntó por Leo. No envió un mensaje. No volvió al hospital. A las dos de la madrugada, sin embargo, un abogado llamado Ricardo Vela mandó un correo solicitando acceso a la evaluación médica de Audrey en representación de su marido.

El hospital rechazó la petición.

A la mañana siguiente, Esteban llevó a su hija y a su nieto a la casa familiar de la calle Serrano. Audrey no había cruzado aquella verja desde el día en que se marchó con una maleta y le dijo a su padre que prefería vivir sin dinero antes que seguir siendo vigilada.

Las ventanas estaban cerradas pese al sol.

Paloma, el ama de llaves que había cuidado de Audrey desde niña, abrió la puerta y se quedó inmóvil al verla. Luego se llevó ambas manos al pecho.

Durante un instante, Audrey volvió a tener doce años. Vio el paraguas rojo que Paloma llevaba a la salida del colegio, las meriendas servidas demasiado pronto y la pequeña lámpara encendida en el pasillo cuando Elisa viajaba. Aquella casa había sido una prisión en sus últimos recuerdos, pero antes de eso también había sido un lugar donde alguien sabía cuándo tenía fiebre sin necesidad de preguntarle.

Dominic había ido borrando esas memorias una a una. Decía que Paloma informaba a Esteban, que Mateo la despreciaba y que cada llamada familiar era un intento de control. Audrey colaboró con el aislamiento porque le parecía la prueba definitiva de que había elegido su propia vida.

Ahora entendía la diferencia entre marcharse por libertad y quedarse sola porque otra persona necesitaba que no tuvieras a quién llamar.

—Mi niña.

Audrey no recordaba la última vez que alguien la había llamado así sin pedirle nada a cambio.

Paloma lloró al conocer a Leo, preparó una habitación en la planta baja y ordenó que nadie hiciera ruido. En menos de una hora había colocado agua, gasas, pañales y una butaca junto a la cama.

—Tu padre conservó tu cuarto tal como lo dejaste —dijo mientras doblaba una manta—. Pero no es práctico con la escalera.

—No sabía que lo había conservado.

Paloma la miró como si hubiera muchas cosas que no sabía.

Esteban esperaba en el despacho con Inés Valcárcel, abogada de la familia y antigua amiga de Elisa. Inés era una mujer de sesenta y pocos años, cabello corto y ojos claros. No intentó abrazarla ni hablarle como a una niña.

—Siento que nos reencontremos así —dijo—. Pero tenemos poco tiempo.

Sobre la mesa había tres carpetas y un ordenador abierto.

La primera carpeta contenía copias de las cuentas bancarias de Audrey. Todas estaban bloqueadas.

—Dominic presentó ayer una solicitud cautelar —explicó Inés—. Alega que estás sufriendo una alteración emocional grave tras el parto y que podrías poner en riesgo el patrimonio familiar.

Audrey soltó una risa seca.

—Me dejó en la calle con un recién nacido y ahora dice que la inestable soy yo.

—No necesita demostrarlo hoy. Solo crear suficiente confusión para ganar tiempo.

La segunda carpeta contenía la escritura del apartamento donde Audrey y Dominic habían vivido los últimos cuatro años.

Había sido vendido hacía seis semanas.

—Eso es imposible —dijo Audrey—. Yo no he firmado nada.

Inés deslizó una copia hacia ella. La firma parecía suya.

—Se utilizó un poder notarial otorgado hace dos años.

Audrey recordó el documento. Dominic le había dicho que era necesario para renovar un seguro mientras ella viajaba por trabajo.

—¿Dónde está el dinero de la venta?

—Transferido a una sociedad llamada Northbridge Consulting.

Esteban abrió la tercera carpeta.

Dentro había una fotografía de Dominic entrando en las oficinas de Northbridge junto a Victoria.

—La empresa pertenece a un testaferro —dijo—. Pero el beneficiario real es tu marido.

Audrey apartó la foto.

—¿Por qué necesitaba vender el piso? Él gana bien.

Inés respiró hondo.

—Porque sus ingresos no son lo que te contó. La empresa de Dominic lleva un año al borde de la insolvencia. Debe casi nueve millones.

La cifra le pareció absurda.

—No tenemos nueve millones.

—Tú sí —respondió Esteban.

Audrey levantó la mirada.

Su padre abrió un cajón y sacó un sobre amarillento. En el frente estaba escrito su nombre con la letra de Elisa.

—Tu madre dejó un fideicomiso —dijo—. Nunca te hablé de él porque solo se activaba bajo dos condiciones: que cumplieras treinta años y que tuvieras un hijo.

Audrey miró a Leo, dormido en el moisés junto al escritorio.

—Cumplí treinta hace cuatro meses.

—Y Leo nació ayer.

Inés continuó:

—Desde el momento en que nació, pasaste a controlar el treinta y ocho por ciento de las acciones del Grupo Navarro. Es una participación superior a la de tu padre.

Audrey sintió un mareo.

—¿Dominic lo sabía?

—Todo indica que sí.

—Yo no lo sabía, pero él sí.

Esteban bajó la cabeza.

—Victoria trabajó con tu madre durante doce años. Conocía el testamento original y sospechaba que existía una disposición posterior.

Audrey abrió el sobre. Dentro había una carta escrita dieciocho años atrás.

«Querida Audrey: si lees esto, significa que has construido una vida que ya no depende de mí. Lo que te dejo no es un premio ni una cadena. Es una forma de que ningún hombre pueda obligarte a quedarte donde no eres respetada».

Audrey tuvo que detenerse.

La letra de su madre se volvió borrosa.

Inés colocó una mano cerca de la suya, sin tocarla.

—Hay un problema. Hasta que el consejo reconozca formalmente tu participación, Dominic puede intentar que un juez lo nombre administrador provisional en calidad de esposo y padre de Leo.

—¿Puede hacerlo después de abandonarnos?

—Puede intentarlo. Y ya ha empezado.

Como si la hubiera oído, el timbre de la casa sonó.

Paloma apareció en la puerta del despacho.

—Es el señor Dominic.

Audrey se puso rígida.

—No le abras.

—No está solo —añadió Paloma—. Ha venido con dos agentes de policía y una orden judicial.

Inés se levantó de inmediato.

—¿Qué clase de orden?

Paloma tragó saliva.

—Dice que viene a recoger a su hijo.

Audrey miró el moisés.

Leo seguía dormido, ajeno a las voces que se acercaban por el vestíbulo.

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Entonces Dominic habló desde el otro lado de la puerta principal, con una calma que la aterrorizó más que cualquier grito.

—Audrey, abre. El juez ya sabe que el bebé no está seguro contigo.

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