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Capítulo 12 - La cinta escondida dentro del piano

Chapter 12 - Capítulo 12 - La cinta escondida dentro del piano

Inés explicó que había entrado en el sistema del hospital dos semanas antes del parto.

Esteban le había pedido comprobar si alguien consultaba ilegalmente los informes de Audrey. Un investigador informático creó una alerta usando las credenciales administrativas de Raquel, obtenidas después de que Mateo fotografiara una contraseña escrita junto a su terminal.

—Eso fue ilegal —dijo Audrey.

—Sí.

—¿Mi padre lo autorizó?

—Sí.

Esteban no intentó negarlo.

—Temía que Victoria preparara algo —dijo—. Quería saber hasta dónde llegaría.

—Y en vez de avisarme, entraste en mi historial.

—Si te lo contaba, se lo contarías a Dominic.

—Tal vez. Era mi marido. Tenía derecho a decidir con información verdadera.

Esteban bajó la mirada.

—Lo siento.

—Llevas años sintiéndolo después de hacer exactamente lo que quieres.

La alerta había permitido a Inés ver el acceso de las tres y doce, pero no la orden médica hasta que Samuel la mencionó. Alguien utilizó el usuario del doctor desde el terminal administrativo y borró parte del registro.

—Raquel sabe que tuvimos sus credenciales —dijo Inés—. Por eso me acusa. Puede ser una forma de negociar una pena menor.

—O puede estar diciendo la verdad a medias —respondió Audrey.

La confianza ya no era una puerta abierta o cerrada. Era una habitación llena de espejos.

Aquella tarde, la prensa publicó una grabación atribuida a Esteban. Se le oía decir: «Si Gabriel habla, todos perdemos. Asegúrate de que no llegue a la reunión».

Los titulares relacionaron la frase con el accidente donde murieron Gabriel y Elisa.

Las acciones del Grupo Navarro cayeron. Dos consejeros pidieron la dimisión inmediata de Esteban. Victoria apareció en televisión afirmando que llevaba dieciocho años esperando justicia.

—Tu padre destruyó a mi marido y ahora pretende destruir a mi hijo —declaró—. No permitiré que esa familia vuelva a utilizar una muerte para enriquecerse.

Esteban reconoció su voz, pero negó haber ordenado hacer daño a Gabriel.

—La frase está sacada de una conversación más larga —dijo—. Yo quería impedir que llegara a una reunión con inversores porque pensaba mentirles.

—¿Existe la grabación completa? —preguntó Inés.

—Elisa tenía una copia.

Paloma, que escuchaba desde la puerta, se llevó una mano a la boca.

—La señora guardaba cintas en el piano.

El piano de cola permanecía cerrado en el salón principal. Nadie lo tocaba desde el funeral.

Paloma pasó los dedos por la tapa cubierta de polvo.

—Tu madre grababa las conversaciones porque decía que los hombres recordaban las reuniones según quién hubiera ganado —murmuró.

Audrey recordó las tardes en que Elisa tocaba piezas sencillas mientras Mateo fingía estudiar y ella se escondía debajo del piano. Después de la muerte, Esteban prohibió que nadie moviera el instrumento. Audrey siempre creyó que se trataba de dolor. Ahora comprendía que quizá también temía lo que podía esconder.

Mateo apareció en el umbral y se arrodilló junto al pedal.

—Yo sabía que había un compartimento —dijo—. Mamá guardaba caramelos ahí.

—¿Y nunca miraste?

—No volví a entrar en esta habitación.

Los dos hermanos se miraron. Habían pasado años convencidos de que el otro había abandonado los recuerdos primero. Paloma levantó la tapa inferior y encontró un compartimento estrecho detrás del pedal izquierdo.

Había seis cintas pequeñas envueltas en un pañuelo.

La tercera contenía la conversación completa.

La voz de Esteban decía:

—Si Gabriel habla ante los inversores sin entregar primero las cuentas, todos perdemos. Asegúrate de que no llegue a la reunión. Inés, llámalo y dile que venga a casa. Elisa puede convencerlo.

No era una amenaza de muerte. Era una orden para evitar un fraude público.

Pero la cinta continuaba.

Elisa habló después, a solas con Inés.

—Victoria sabe que Gabriel ha manipulado los frenos del coche de Esteban. Quiere asustarlo. No creo que pretenda matarlo, pero Gabriel ya no controla nada.

Audrey detuvo la reproducción.

—¿Los frenos?

Esteban palideció.

—Nunca escuché esta parte.

Inés tampoco parecía conocerla.

La grabación siguió:

—Voy a encontrarme con Gabriel —decía Elisa—. Le obligaré a entregar las llaves y los documentos. Si algo me ocurre, quiero que Audrey sepa que su padre cometió errores, pero no ordenó ninguna muerte.

Hubo un silencio y luego una última frase:

—Y quiero que Dominic sepa que Victoria lo ama, aunque confunde amar con poseer.

Audrey apagó el aparato.

Elisa había subido voluntariamente al coche de un hombre que podía haber manipulado otro vehículo. Había intentado detenerlo y nunca regresó.

Esteban se sentó como si de pronto hubiera envejecido veinte años.

—Yo la dejé ir —dijo.

—No sabías lo de los frenos.

—Sabía que Gabriel estaba desesperado. Debí detenerla.

Audrey vio el dolor de su padre y, por primera vez, no quiso castigarlo con una respuesta fácil. Él había ocultado demasiado. También había vivido dieciocho años convencido de que su silencio protegía la última voluntad de Elisa.

Inés entregó la cinta original a la policía y convocó una rueda de prensa.

Esteban quiso comparecer solo. Audrey se opuso.

—No porque vaya a defenderte —aclaró—. Sino porque esta historia también pertenece a quienes llevamos años viviendo dentro de las consecuencias.

Prepararon una declaración conjunta que reconocía el fraude de Gabriel, la ocultación posterior y la manipulación de la grabación. No presentaba a Elisa como una santa ni a Esteban como una víctima. Decía, simplemente, que una decisión tomada para proteger a un niño había permitido que varios adultos evitaran responsabilidades.

Mateo leyó el texto y añadió una frase: «El silencio no impidió el daño; solo decidió quién podía hablar de él».

Audrey la dejó. Era la primera vez que la familia contaba una verdad sin pulirla para conservar su prestigio. Antes de que pudiera celebrarse, llegó una notificación judicial.

Victoria había obtenido una medida cautelar para congelar el fideicomiso alegando que los documentos podían formar parte de una ocultación criminal relacionada con el accidente.

Audrey seguía siendo la heredera, pero no podía ejercer un solo voto ni mover un solo euro.

Al pie de la solicitud aparecía una declaración jurada de un testigo nuevo.

El testigo afirmaba haber visto a Elisa destruir el fideicomiso la noche anterior a su muerte.

La firma pertenecía a Paloma.

Audrey levantó la vista.

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El ama de llaves estaba de pie al otro lado del salón, llorando en silencio.

—Es verdad —dijo Paloma—. La vi quemar un documento. Pero nunca supe qué era hasta ahora.

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