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Capítulo 01 - El billete arrugado

Chapter 01 - Capítulo 01 - El billete arrugado

Audrey apenas sentía las piernas.

El médico le había repetido tres veces que no debía permanecer de pie más de unos minutos, pero allí estaba, bajo la luz blanca de la entrada del Hospital Santa Isabel, con la bata rozándole las rodillas y una punzada profunda atravesándole el vientre cada vez que respiraba.

Leo dormía contra su pecho, envuelto en una manta blanca demasiado grande para él. Tenía la boca entreabierta y una mano diminuta apoyada sobre el cuello de su madre, como si incluso dormido supiera que ella era lo único seguro que le quedaba.

Frente a ellos, el todoterreno negro esperaba con la puerta trasera abierta.

Dominic no miraba al bebé.

Llevaba el mismo traje oscuro con el que había llegado al hospital aquella mañana, aunque la camisa ya no estaba perfectamente planchada. Durante un segundo pareció avergonzado. Después miró a su madre, Victoria, y la vergüenza desapareció bajo esa expresión fría que Audrey había aprendido a temer.

Victoria permanecía junto al coche con un vestido rojo, tacones altos y un bolso negro que costaba más que varios meses de alquiler. Consultó su reloj con impaciencia.

—Esto debería cubrir tu billete de autobús —dijo Dominic.

Le metió un billete arrugado de cincuenta dólares en la mano.

Audrey miró el dinero. Después miró a su marido.

—¿El autobús? Dominic… acabo de salir de una operación.

La palabra operación se quedó pequeña. Había sido una cesárea de urgencia. Había perdido sangre. Había temido no despertar. Y durante las horas más largas de su vida, Dominic solo había entrado dos veces en la habitación: una para preguntar cuándo podrían marcharse y otra para hablar en voz baja con su madre junto a la ventana.

Dominic evitó sus ojos.

—Mi madre tiene una reserva para comer.

Victoria sonrió apenas. No fue una sonrisa de alegría, sino de victoria.

Audrey esperó que él rectificara. Que mirara a Leo. Que recordara la noche en que habían pintado juntos la habitación del bebé o la forma en que había llorado al escuchar el corazón de su hijo por primera vez.

Pero Dominic cerró la puerta del coche.

—Te llamaré luego —murmuró.

El vehículo se alejó despacio, como si aquello fuera una despedida corriente. Audrey permaneció inmóvil en la acera, con el billete aplastado en el puño y el recién nacido respirando sobre su pecho.

Dos enfermeras observaron la escena desde las puertas de cristal. Un taxista que esperaba más adelante bajó la mirada. Nadie dijo nada.

Audrey recordó una tarde de invierno, siete meses antes, cuando Dominic había apoyado la mano sobre su vientre y prometido que nunca permitiría que ella saliera sola de un hospital. Habían reído porque parecía una promesa demasiado concreta. Él había dicho que las promesas concretas eran las únicas que importaban.

Ahora comprendía que una persona podía pronunciar la frase correcta sin haber decidido todavía quién quería ser cuando llegara el momento de cumplirla.

Una pareja mayor pasó junto a ella. La mujer miró la bata, el recién nacido y el coche que se alejaba. Se detuvo como si quisiera ayudar, pero su marido le susurró algo y ambos continuaron caminando. Audrey no los culpó. La vergüenza tenía esa capacidad: hacía que incluso la bondad ajena pareciera una forma de mirar demasiado.

El viento levantó una esquina de la manta de Leo. Audrey la colocó de nuevo con dedos torpes y notó que aún llevaba pegado al brazo el esparadrapo de la vía. No tenía bolso. No tenía abrigo. Sus zapatos estaban dentro de una bolsa que Dominic había colocado en el maletero del todoterreno.

Todo lo que poseía en aquella acera era un bebé, un teléfono con poca batería y el dinero que su marido había arrugado antes de dárselo.

Aquella ausencia de palabras fue casi peor que la humillación.

Audrey notó que las rodillas le fallaban. Se apoyó contra una columna y cerró los ojos. No podía llorar. Si empezaba, temía no poder detenerse.

—De verdad nos ha dejado —susurró.

Leo se movió ligeramente. Ella lo abrazó con cuidado, ignorando el dolor que le subía desde la cicatriz hasta las costillas.

El móvil temblaba entre sus dedos.

Había una persona a la que no llamaba desde hacía tres años. Una persona a la que había jurado no pedir ayuda jamás. Dominic le había dicho que aquel hombre había intentado comprarlo para separarlos, que despreciaba su matrimonio y que solo veía a Audrey como una heredera desobediente.

Durante mucho tiempo, ella lo creyó.

Abrió la agenda. El nombre seguía allí.

Papá.

Marcó antes de perder el valor.

La llamada se respondió al primer tono.

—Audrey —dijo una voz grave, contenida—. ¿Dónde estás?

Ella se llevó el móvil al oído. Por primera vez desde que había salido de la habitación, su voz dejó de temblar.

—Papá… te necesito.

Hubo un silencio breve. Después escuchó el roce de una silla, pasos rápidos y una orden dirigida a alguien que estaba cerca.

—No te muevas. Voy a por ti.

Audrey miró la carretera vacía. Dominic ya había desaparecido entre el tráfico.

—Traigo a Leo conmigo —dijo, y la frase se rompió al final.

Su padre guardó otro silencio, más largo esta vez.

—Entonces iré a buscaros a los dos.

La enfermera de guardia, Marta, salió con una silla de ruedas y una manta sobre los brazos. Se agachó frente a Audrey sin hacer preguntas.

—Vamos a entrar. No debería estar aquí fuera.

Audrey quiso negarse, pero su cuerpo ya no le obedecía. Se dejó ayudar, manteniendo a Leo pegado al pecho.

Mientras la silla cruzaba las puertas automáticas, el billete de cincuenta dólares cayó al suelo.

Marta se inclinó para recogerlo. Al alisarlo, vio algo escrito en el reverso con tinta azul: seis cifras y una fecha.

—Señora Blake —dijo, mirando el billete con desconcierto—, ¿sabe qué significa esto?

Audrey negó con la cabeza.

Marta guardó el dinero en una bolsa transparente para objetos personales. Antes de cerrarla, volvió a mirar los números.

No eran una nota casual.

Eran idénticos a los últimos seis dígitos del número de historia clínica de Leo.

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Y en ese momento, Audrey comprendió que Dominic no le había entregado aquel billete por accidente.

La pregunta era por qué había querido que ella lo tuviera.

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