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Capítulo 02 - El hombre que llegó solo

Chapter 02 - Capítulo 02 - El hombre que llegó solo

Esteban Navarro llegó veintisiete minutos después.

No apareció con chófer, ni con guardaespaldas, ni con el séquito que Audrey recordaba de su adolescencia. Condujo él mismo un sedán gris de diez años, aparcó torcido frente a urgencias y cruzó las puertas casi corriendo.

Audrey lo vio desde la sala de observación.

Había envejecido.

Tenía más canas en las sienes y una rigidez nueva en la espalda, pero sus ojos seguían siendo los mismos: oscuros, atentos, incapaces de ocultar el miedo cuando la encontró con una bata de hospital y un bebé dormido entre los brazos.

Durante unos segundos ninguno supo qué decir.

Esteban se detuvo a un metro de ella, como si temiera que acercarse demasiado pudiera hacerla retroceder.

—¿Puedo verlo?

Audrey bajó la mirada hacia Leo.

—Es tu nieto.

Aquellas tres palabras desarmaron al hombre que había negociado adquisiciones millonarias sin pestañear. Esteban se sentó despacio y se cubrió la boca con una mano.

—No sabía que había nacido.

Esteban rozó con un dedo el borde de la manta, pero no tocó al bebé hasta que Audrey inclinó ligeramente los brazos, concediéndole permiso. En aquel gesto mínimo había más cuidado que en todas las órdenes que ella recordaba de su infancia.

—Mandé cartas —dijo él—. Una cada mes durante el primer año. Después en tu cumpleaños y en Navidad.

Audrey frunció el ceño.

—Nunca recibí ninguna.

—Volvían abiertas o no volvían. Dominic me escribió diciendo que dejara de acosaros. Pensé que era una decisión tuya.

—No sabías muchas cosas.

La dureza de Audrey salió antes de que pudiera detenerla.

Esteban asintió, aceptando el golpe.

—Tienes razón.

Marta entró con la bolsa transparente y pidió hablar a solas con Audrey. Al ver a Esteban, dudó.

—Es mi padre —dijo ella.

La enfermera dejó el billete sobre la mesa.

—He comprobado el número. Coincide con el expediente de Leo, pero la fecha escrita debajo no es la de hoy. Es de hace ocho meses.

Audrey frunció el ceño.

—Hace ocho meses aún no sabíamos que era un niño.

Marta la miró con cautela.

—Alguien sí lo sabía. Esa fecha corresponde al día en que se abrió un expediente prenatal privado a nombre de su hijo. No en este hospital, sino en una clínica asociada.

—Yo nunca fui a otra clínica.

Esteban tomó el billete sin tocarlo directamente.

—¿Quién puede acceder a esos registros?

—El paciente, el tutor autorizado, el médico y quien figure como representante legal —respondió Marta—. En este caso aparece el señor Dominic Blake.

Audrey sintió un frío extraño, aunque la habitación estaba caliente.

Dominic le había dicho que no entendía de papeles médicos. Había fingido no recordar ni siquiera el nombre de su obstetra.

—¿Por qué abriría un expediente a espaldas de Audrey? —preguntó Esteban.

—No puedo saberlo. Pero hay algo más. Esta mañana alguien solicitó una copia del informe quirúrgico y de la evaluación psicológica posparto.

Audrey alzó la cabeza.

—¿Qué evaluación psicológica?

—Una entrevista rutinaria que todavía no le han hecho.

La puerta se abrió antes de que pudieran continuar. El doctor Samuel Ortega entró con expresión seria. Había operado a Audrey y sabía cuánto esfuerzo le costaba fingir que no sentía dolor.

—Señora Blake, necesito que vuelva a ingresar al menos esta noche. Su tensión está baja y la herida se ha resentido.

—No puedo quedarme —dijo ella—. Dominic podría volver.

—Precisamente por eso debería quedarse —respondió Esteban.

Audrey lo miró con desconfianza.

—No empieces a decidir por mí.

Él bajó la voz.

—No quiero decidir por ti. Quiero asegurarme de que mañana sigas pudiendo decidir por ti misma.

La frase la hizo callar.

Esteban pidió permiso para sostener a Leo mientras los médicos revisaban la cicatriz. Audrey dudó, pero finalmente colocó al bebé en sus brazos.

Su padre lo sostuvo con una delicadeza inesperada. Leo abrió los ojos apenas un instante y Esteban sonrió con una tristeza que Audrey no comprendió.

—Tiene la nariz de Elisa —murmuró.

El nombre de su madre llenó la habitación como una presencia.

Elisa había muerto cuando Audrey tenía diecisiete años. Después de aquello, padre e hija se habían convertido en dos desconocidos viviendo bajo el mismo techo. Esteban se refugió en el trabajo. Audrey, en cualquier persona que prometiera no abandonarla.

Dominic había sabido reconocer esa herida desde el primer día.

Mientras el médico examinaba a Audrey, el móvil de Esteban vibró. Él miró la pantalla y palideció.

—¿Qué ocurre? —preguntó ella.

—Nada que deba preocuparte ahora.

—No vuelvas a hacer eso.

Esteban cerró los ojos un segundo. Después le mostró el mensaje.

Era una fotografía tomada desde fuera del hospital. Audrey aparecía sentada junto a la ventana, con Leo en brazos. Esteban estaba de espaldas.

Debajo había una frase:

«Si te la llevas, perderá al niño antes del lunes».

Audrey leyó dos veces.

—¿Quién lo ha enviado?

—Número oculto.

—¿Dominic?

—No lo sé.

Pero su padre no parecía sorprendido. Parecía confirmar una sospecha antigua.

—¿Qué no me estás contando? —preguntó Audrey.

Esteban guardó el móvil.

—Hace tres años, antes de vuestra boda, contraté a una persona para investigar a Dominic.

—Me dijiste que habías respetado mi decisión.

—Te mentí.

Aquella confesión dolió más de lo que Audrey esperaba.

—¿Qué encontraste?

Esteban miró a Leo y luego a su hija.

—Que Dominic no te conoció por casualidad.

Audrey sintió que el aire desaparecía de la habitación.

—¿Qué significa eso?

—Significa que alguien le pagó para acercarse a ti seis meses antes de que os presentarais.

El monitor junto a la cama comenzó a pitar con más rapidez.

Samuel pidió calma, pero Audrey no podía apartar los ojos de su padre.

—¿Quién?

Esteban tardó demasiado en responder.

—La transferencia salió de una empresa vinculada a Victoria Blake.

Audrey apretó la sábana entre los dedos.

De pronto, el abandono frente al hospital dejó de parecer una crueldad impulsiva.

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Parecía la última escena de un plan que había comenzado mucho antes de que Dominic le pidiera matrimonio.

Y Esteban aún no le había contado la parte que más miedo le daba.

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