Capítulo 11 - La abogada elegida por un muerto

Chapter 11 - Capítulo 11 - La abogada elegida por un muerto
Claire no intentó acercarse.
Permaneció junto a la puerta, con las manos visibles, como si supiera que cualquier movimiento podía parecer otra maniobra.
—Jonathan me contrató hace tres años —dijo.
Madison sintió que la habitación se inclinaba.
—Mi padre llevaba dos años muerto.
—Para ti.
—No vuelvas a decirlo así.
Claire bajó la voz.
—Tienes razón.
El pago de doscientos cincuenta mil dólares procedía de una cuenta creada por Jonathan antes de desaparecer. La instrucción era precisa: Claire debía acercarse a Madison como especialista en derecho patrimonial, vigilar cualquier intento de incapacidad y actuar si los Whitmore buscaban controlar el fideicomiso infantil.
—Te conocí en una conferencia —dijo Madison—. Dijiste que una amiga común te recomendó.
—La amiga sabía que necesitabas asesoramiento. Yo aproveché la presentación.
—Mentiste.
—Sí.
—¿Sabías que mi padre estaba vivo cuando nos conocimos?
—Sabía que podía estarlo. Recibí dos mensajes cifrados, ninguno después del primer año.
Madison miró a Emma.
La niña dormía ajena a las capas de protección que siempre terminaban pareciéndose al control.
—¿Qué más ocultaste?
Claire entregó el teléfono.
Había mensajes de Jonathan. Algunos eran instrucciones legales. Otros hablaban de Madison.
«No permitas que firme nada durante el embarazo».
«Daniel ha empezado a reunirse con Caldwell».
«Ethan no es igual que Patricia, pero ha aprendido a obedecerla cuando tiene miedo».
El último mensaje databa de dieciocho meses atrás.
«Si desaparezco, busca el reloj de Ellen. No confíes en Eleanor hasta que admita su papel».
—¿Por qué no me enseñaste esto? —preguntó Madison.
—Porque tu padre exigió confidencialidad.
—Yo era la persona en peligro.
—Lo sé.
—No, Claire. Lo sabes ahora, cuando te han descubierto.
La abogada recibió la frase sin defenderse.
—Presentaré mi renuncia si la quieres.
—La quiero.
Claire asintió.
—Antes, déjame entregar todo al fiscal y ayudarte a encontrar a Jonathan. Después no volveré a representarte.
Madison llamó a otra abogada, Ruth Delgado, recomendada por Dana. Ruth tenía cincuenta y nueve años, llevaba el cabello plateado muy corto y preguntó solo lo necesario.
—¿Quiere que Hastings salga de la habitación ahora?
Madison miró a Claire.
—No. Quiero que termine de hablar.
Claire explicó que Jonathan tenía una ruta de emergencia. Si la clínica canadiense era descubierta, debían trasladarlo a una antigua estación meteorológica cerca de Cape Vincent, en el lado estadounidense del lago.
—¿Quién conocía esa ruta? —preguntó Dana.
—Jonathan, Daniel y yo.
—Entonces Daniel puede estar allí.
—Sí.
La policía organizó una operación conjunta.
Ethan pidió colaborar.
—Bryce no confiará en nadie de la policía —dijo—. Pero contestará si cree que quiero el fideicomiso.
Ruth se opuso a que Madison tuviera contacto con él.
Dana aceptó usarlo bajo supervisión.
Ethan llamó a Bryce.
—Mi madre está perdida —dijo—. Daniel también. Si tienes a Jonathan, podemos negociar directamente.
Bryce se rio.
—Por fin suenas como un Whitmore.
—Quiero las acciones de Emma.
Madison cerró los ojos al oír el nombre de su hija en aquella mentira.
Bryce guardó silencio.
—Ven solo a Cape Vincent mañana a las seis. Lleva la autorización original firmada por Madison.
—No la firmó.
—Entonces consigue una nueva.
—No se acercará a mí.
—Haz que crea que quieres confesar.
Ethan miró el cristal detrás del cual estaba Dana.
—¿Y Jonathan?
—Sigue vivo. De momento.
La llamada terminó.
La policía preparó una copia falsa del documento y un dispositivo de rastreo. Ethan tendría que acudir al punto de encuentro, pero no entraría en ningún edificio sin autorización.
Madison pidió verlo antes.
Se reunieron en una sala con cámaras, separados por una mesa.
Ethan parecía más delgado.
—No hago esto para que me perdones —dijo.
—Bien.
—Quiero que sepas que no sabía que tu padre vivía.
—Ya no sé qué valor tiene lo que no sabías.
Él bajó la mirada.
—Ninguno, si lo usé para no preguntar.
Madison sintió un cansancio profundo.
—Si algo sale mal mañana, no convertiré tu riesgo en una absolución.
—No te lo pido.
Madison estudió su rostro. Durante el matrimonio, Ethan había sido experto en el arrepentimiento inmediato: flores, cenas, palabras precisas. Después esperaba que el perdón restaurara también su acceso. Aquel hombre frente a ella parecía entender, al menos por primera vez, que una disculpa no era una llave.
—¿Qué harás si sales de esto sin cargos? —preguntó.
—No saldré sin cargos.
—No has respondido.
—Venderé lo que me queda. Pagaré parte del fondo de víctimas. Buscaré un trabajo donde mi apellido no abra la puerta.
—Eso suena preparado.
—Lo está. Mi terapeuta me pidió escribir qué haría si nadie me perdonara.
Madison sintió una punzada extraña. No esperanza, pero sí la impresión de que Ethan empezaba a construir una vida que no dependía de convencerla.
—No uses a Emma para demostrar que cambiaste.
—No lo haré.
—No le envíes regalos, mensajes ni fotografías a través de terceros.
—De acuerdo.
—Y si colaboras mañana, no cuentes la historia como si hubieras ido a salvar a mi padre. Fuiste porque ayudaste a ponerlo en peligro.
Ethan aceptó también aquello.
—Y aunque ayudes a encontrar a mi padre, no volveremos.
Ethan cerró los ojos.
—Lo sé.
Era la primera vez que no discutía el límite.
Al día siguiente, Ethan llegó a la estación meteorológica a las seis menos cinco.
No había nadie.
A las seis y diez recibió un mensaje.
«La esposa te está observando. Demuestra que has elegido».
Debajo aparecía una instrucción: debía dejar el localizador y caminar hacia el embarcadero.
Dana ordenó detener la operación.
Ethan se quitó el dispositivo.
—¿Qué hace? —preguntó un agente.
—Si me siguen, matarán a Jonathan.
Empezó a caminar.
La policía perdió la señal.
Veinte minutos después, Madison recibió una videollamada desde el teléfono de Ethan.
Bryce apareció en pantalla.
Detrás de él, Jonathan estaba atado a una silla.
May you like
Y Ethan estaba de rodillas a su lado.
—Ahora sí —dijo Bryce—. Vamos a hablar de la firma de Emma.