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Capítulo 06 - La retirada

Chapter 06 - Capítulo 06 - La retirada

Sofía llamó a la sustancia Ravelin-B.

No aparecía en ninguna etiqueta, informe o consentimiento. Era un modulador inmunológico desarrollado para estabilizar las reacciones tardías de V-9. En dosis controladas podía evitar una crisis. En dosis crecientes debilitaba los músculos respiratorios y generaba una dependencia física.

—Han creado un problema y luego lo han mantenido vivo con otro problema —dijo Clara.

—Sí —respondió Sofía—. El organismo de Owen necesita una reducción gradual. Si interrumpimos todo, puede sufrir una respuesta fulminante.

Nathan miró a su hijo.

—Entonces Victor decía la verdad.

—Una parte —corrigió Owen—. La parte que le conviene.

La clínica de Connecticut ocupaba una antigua casa junto al río. No tenía logos de Whitmore ni juntas directivas. Sofía había trabajado allí años atrás y confiaba en la directora, la doctora Helen Park.

Owen fue instalado en una habitación con grandes ventanas. Clara colocó las flores blancas de la cocina junto a la cama. Nathan llevó el cuaderno de Grace.

El primer día de reducción fue tranquilo.

El segundo, Owen sufrió fiebre y espasmos.

El tercero dejó de sentir dos dedos de la mano derecha.

La pérdida lo asustó más que la fiebre. Owen llevaba años acostumbrándose a renuncias pequeñas: primero dejó de correr, después de conducir, luego de caminar sin ayuda. Cada médico le enseñó a llamar adaptación a lo que, en privado, sentía como duelo. Aquellos dos dedos parecían anunciar otra puerta cerrándose.

Sofía no le prometió que volverían. Dibujó un mapa de sensibilidad, anotó la hora y le explicó qué cambios vigilarían.

—No voy a ocultarte un empeoramiento para mantenerte tranquilo —dijo.

—Gracias.

Era la primera vez que Owen agradecía a un médico no la esperanza, sino la ausencia de engaño.

Nathan pasó las noches sentado junto a él, mirando los monitores. No intentaba trabajar. No respondía llamadas de la empresa.

El primer amanecer, una secretaria llevó una carpeta con decisiones urgentes. Nathan la dejó cerrada. A las diez recibió mensajes sobre pérdidas millonarias y posibles dimisiones. Durante toda su vida, una cifra grande había conseguido sacarlo de cualquier habitación. Aquella vez miró a Owen dormir y comprendió que la empresa había usado esa obediencia durante décadas.

Pidió que el consejo resolviera sin él. Era una decisión pequeña y, para Nathan, casi desconocida: permitir que algo importante sucediera sin convertirse en el hombre central.

No intentaba trabajar. No respondía llamadas de la empresa. Cuando Owen despertaba, su padre estaba allí.

—No tienes que mirarme respirar —dijo una madrugada.

—Sí tengo.

—No cambia nada.

—Me cambia a mí.

Owen giró la cabeza.

—Eso tampoco debería ser mi trabajo.

Nathan aceptó el golpe.

—No lo es.

Durante años, había convertido la enfermedad de su hijo en una prueba personal: él conseguía médicos, financiaba tratamientos, resolvía crisis. Nunca preguntó qué sentía Owen al ser administrado como un proyecto.

—¿Por qué no me dijiste que querías dejar a Mercer? —preguntó.

—Te lo dije tres veces.

Nathan recordó conversaciones que había llamado episodios de frustración.

—No escuché.

—No.

—Lo siento.

Owen cerró los ojos.

—Todavía no sé qué hacer con tus disculpas.

—No tienes que hacer nada.

Aquella respuesta permitió que el silencio no se convirtiera en otra deuda.

Mientras tanto, Elena, Clara y Nathan prepararon el viaje a Santa Fe. Antes de salir, Clara recibió un mensaje de un número desconocido.

«Tu madre dejó algo fuera de la clínica. Ve sola o lo quemaremos».

No se lo mostró a nadie.

Esa noche, salió por una puerta lateral de la clínica y tomó un coche de alquiler. Condujo hasta un motel abandonado a ocho kilómetros.

El lugar estaba oscuro.

En una habitación encontró una caja de cartón y una grabadora. No había personas.

La voz de Laura Keene surgió del aparato.

—Clara, si estás escuchando esto, Victor sabe quién eres. No puedo ayudarte en público. Busca el libro de tapas verdes en la oficina de tu madre. Y no confíes en Sofía Ruiz.

Clara sintió un escalofrío.

La puerta se cerró detrás de ella.

Laura apareció con una pistola apuntando al suelo.

—No grites.

—¿Envenenaste a mi madre?

Laura cerró los ojos.

—Le administré la inyección.

Clara dio un paso hacia ella.

—¿Por qué?

—Porque Mercer dijo que era un tratamiento compasivo. Cuando entendí lo que contenía, ya era tarde.

—Después trabajaste para Victor.

—Para conseguir pruebas.

Clara soltó una risa amarga.

—Todos en esta historia dicen que hicieron cosas terribles para conseguir pruebas.

Laura levantó la mirada.

—Tu madre sabía que yo había sido engañada.

—Mi madre murió.

—Y antes de morir me pidió que protegiera a Owen.

—¿Protegiéndolo con dosis cuatro veces superiores?

Laura palideció.

—Yo no aumenté Dovarex.

Sacó una memoria pequeña.

—Mercer modificaba las órdenes después de que yo las administraba. Empecé a guardar copias. Hace tres semanas vi la dosis letal. Por eso dejé el frasco con la firma de Nathan en la cocina. Quería que alguien lo cuestionara.

Clara no bajó la guardia.

—También abriste la pared.

—Sí.

—¿Qué te llevaste?

—Un contrato entre Walter y Mercer. Demostraba que Nathan recibiría control total de la empresa si el ensayo tenía éxito.

Clara sintió el corazón acelerarse.

—¿Nathan sabía?

—Su firma estaba allí.

—Otra firma que no recuerda.

Laura guardó silencio.

En el exterior se oyó un coche.

—Nos encontraron —dijo.

Apagó la luz y llevó a Clara hasta una puerta trasera.

Dos hombres entraron por el pasillo. Laura disparó al techo, provocando que retrocedieran. Ella y Clara corrieron hacia el coche.

Durante la huida, Clara llamó a Elena.

Nathan respondió desde el asiento del copiloto del otro vehículo, furioso y asustado.

—¿Dónde estás?

—Con Laura Keene.

—Aléjate de ella.

—Dice que tiene pruebas.

—Dice que firmé el ensayo.

Nathan no habló.

Clara comprendió.

—¿Sabías que existía ese contrato?

—Sabía que mi padre había preparado incentivos. Nunca vi el anexo médico.

—¿Firmaste?

—Sí.

Clara apretó el teléfono.

—Owen tenía razón. Usted siempre firmaba antes de preguntar quién pagaría el precio.

Laura condujo hacia el aeropuerto.

Pero antes de llegar, comenzó a toser.

Luego perdió el control del volante.

Clara consiguió frenar el coche.

Laura tenía los labios azulados y una marca reciente de inyección en el brazo.

Alguien le había administrado Ravelin-B antes de la reunión.

Y, mientras Clara llamaba a emergencias, Laura susurró:

—No fue Mercer quien mató a Grace.

—¿Quién fue?

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Laura cerró los ojos.

—Nathan llegó al hospital antes que nadie.

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