Capítulo 04 - La hija de Isabel

Chapter 04 - Capítulo 04 - La hija de Isabel
La doctora Sofía Ruiz llegó a la mansión poco después de medianoche.
Era una mujer de sesenta y tres años, cabello gris cortado a la altura del mentón y una maleta que parecía pesar más que ella. No saludó con cortesía. Entró en la habitación de Owen, pidió luz blanca y revisó cada frasco sobre la mesa.
—¿Cuándo fue la última dosis? —preguntó.
—A las seis de la mañana —respondió Clara.
—Bien.
Nathan permaneció en un rincón, sin chaqueta y con la corbata deshecha. Había pasado el día llamando a abogados, bancos y médicos, pero ninguna de esas acciones le devolvía la sensación de ser útil.
Sofía examinó a Owen durante casi una hora.
Comprobó reflejos, respiración, sensibilidad y fuerza muscular. Le hizo preguntas sobre sabores metálicos, pérdida de memoria, visión borrosa y dolores que Mercer había atribuido a la supuesta degeneración.
—No puedo prometerte que todo sea reversible —dijo al final—. Pero no creo que te queden catorce días.
Owen cerró los ojos.
No sonrió. La esperanza, después de tantos diagnósticos, podía parecer otra forma de crueldad. Había escuchado antes palabras como posibilidad, respuesta y ensayo. Cada una llegó acompañada por una nueva aguja, otra semana de fiebre o un silencio de Mercer cuando el resultado no cumplía lo prometido.
—No quiero que me anime —dijo—. Quiero que me diga qué sabe y qué no sabe.
Sofía asintió.
—Sé que parte de tu deterioro es inducido. No sé cuánto daño permanente existe. Sé que retirar estas sustancias puede ayudarte. No sé cuánto tiempo necesitará tu cuerpo. Y sé que el pronóstico de Mercer no está respaldado por los datos que he visto.
Aquella precisión le devolvió a Owen algo más valioso que una promesa: un lugar dentro de la conversación.
Nathan se apoyó en la pared.
Clara soltó el aire lentamente.
—¿Cuánto? —preguntó Owen.
—No lo sé. Primero averiguaremos qué te han estado haciendo.
Sofía ordenó una reducción controlada de tres medicamentos y análisis para metales, agentes inmunológicos y metabolitos experimentales. También pidió una muestra del pastel.
Nathan miró a Clara.
Ella no se ofendió.
—Haga todas las pruebas.
El pastel no contenía nada peligroso. La receta incluía menos azúcar, una pequeña cantidad de café y remolacha natural para el color. Grace la había adaptado cuando Owen era niño y sufría náuseas.
—Por eso pudo comerlo —dijo Clara—. Su madre sabía qué sabores toleraba.
Sofía tomó el cuaderno.
—Grace no escribió una receta. Escribió un protocolo.
Cada ingrediente correspondía a una sustancia que debía buscarse en sangre. Cacao: cobre. Vinagre: metabolitos ácidos. Remolacha: marcadores hematológicos. Vainilla: una proteína experimental llamada V-9.
Sofía dejó el cuaderno sobre la mesa.
—V-9 fue utilizada en un ensayo neonatal clandestino a finales de los noventa.
Nathan sintió frío.
—¿Participó mi padre?
—Financió parte del laboratorio.
—¿Y Mercer?
—Era investigador principal.
Owen abrió los ojos.
—¿Qué hacía la proteína?
—Intentaba corregir una variante genética asociada con ciertas enfermedades musculares. El problema es que algunas personas tratadas desarrollaron una respuesta inmunológica años después. Sus cuerpos empezaban a atacar tejidos sanos.
—¿Se puede detener?
—A veces.
La palabra dejó una rendija de esperanza.
Clara pidió hablar a solas con Nathan y Elena. Fueron al invernadero.
—Mi madre no nació enferma —dijo—. Se enfermó después de encontrar los archivos de Grace.
Nathan la miró.
—¿Insinúas que la infectaron?
—No exactamente.
Isabel había trabajado como técnica de laboratorio en Whitmore Medical Center. Ayudó a Grace a copiar muestras y expedientes. Tras la muerte de Grace, huyó con parte de la evidencia. Durante años cambió de ciudad, de empleo y de apellido.
Cuatro años atrás, Laura Keene la localizó.
—Se presentó como enfermera de una clínica gratuita —explicó Clara—. Le ofreció un tratamiento para sus dolores. Después de la primera inyección, mi madre empezó a perder fuerza.
—¿Qué contenía?
—Nunca lo supimos.
Sofía escuchaba desde la puerta.
—Yo sí.
Todos se volvieron.
Sofía conoció a Isabel durante su último año. Analizó una muestra y encontró V-9 junto con un agente que reactivaba la respuesta inmunológica.
—¿Por qué no denunció? —preguntó Nathan.
—Lo intenté. La muestra desapareció. Mi laboratorio perdió financiación. Isabel recibió amenazas contra Clara.
Clara bajó la cabeza.
Tenía veinte años cuando Isabel la envió a casa de una antigua compañera en Boston. Le dio dinero, documentos y la mitad de la medalla. Clara creyó que se trataba de otra huida temporal. Durante meses dejó mensajes en un teléfono que nadie contestó. Cuando recibió la noticia de la muerte, no pudo regresar a tiempo para el entierro.
Desde entonces conservaba dos rabias: una contra quienes persiguieron a Isabel y otra contra su madre por decidir que protegerla significaba impedirle despedirse.
—Mi madre me obligó a marcharme.
—¿Y ella?
—Se quedó para preparar las cartas y proteger lo que sabía.
Nathan recordó la acusación de robo, los titulares, la forma en que Walter describió a Isabel como una empleada resentida.
—Mi padre la destruyó públicamente.
—Y su hermano Victor terminó el trabajo —dijo Sofía.
Elena extendió el cuaderno.
—Necesitamos pruebas actuales.
Sofía asintió.
—La sangre de Owen puede demostrar exposición, pero no intención.
Clara sacó una llave distinta del bolsillo.
—Mi madre dejó otra cosa.
La llave pertenecía a una pequeña consigna en la estación Grand Central. Isabel pagó el alquiler durante años mediante transferencias automáticas. Clara había esperado hasta que Owen cumpliera veinticinco para abrirla, siguiendo las instrucciones.
—¿Por qué esperar? —preguntó Nathan.
—Porque antes de esa edad Victor podía declarar a Owen incapacitado y controlar cualquier evidencia vinculada a su patrimonio. Grace conocía el testamento.
Fueron a la estación al amanecer.
La consigna contenía una caja refrigerada conectada a una batería, un cuaderno de Isabel y una cinta de vídeo.
Dentro de la caja había seis viales sellados.
Cinco llevaban fechas de hace veinticinco años.
El sexto llevaba una fecha de hacía cuatro años: el día anterior a la muerte de Isabel.
Sofía sostuvo el vial contra la luz.
—Esta es la muestra que desapareció de mi laboratorio.
El cuaderno indicaba quién la había retirado.
No fue Laura Keene.
Fue Samuel Mercer.
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Y junto a su nombre aparecía una firma de autorización.
La firma pertenecía a Nathan.