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Capítulo 03 - La habitación registrada

Chapter 03 - Capítulo 03 - La habitación registrada

La alarma de la mansión no había sonado.

Ninguna ventana estaba rota. Ninguna puerta mostraba señales de fuerza. Quien entró al dormitorio de Nathan conocía los códigos o tenía autorización para pasar.

El jefe de seguridad revisó las cámaras.

Durante cuarenta y tres minutos, el sistema del ala oeste dejó de grabar por una actualización programada. La orden se había emitido desde el despacho de Nathan.

—Yo no la autoricé —dijo.

El jefe de seguridad, Frank Lowell, evitó mirarlo.

—La cuenta utilizada fue la suya.

—Cambie todos los accesos.

—Sí, señor.

Clara observó a Frank salir.

—¿Confía en él?

—Lleva con mi familia veintidós años.

Nathan recordaba a Frank enseñando a Owen a montar en bicicleta y cargando el ataúd de Grace. Había estado presente en aniversarios, hospitalizaciones y discusiones que la familia no compartía con nadie. Precisamente por eso, considerar que podía haberlos vigilado resultaba casi imposible.

La confianza, comprendió Clara, no siempre nacía de conocer a una persona. A veces nacía de haberla visto tantas veces que uno dejaba de preguntarse quién era cuando salía de la habitación.

—Eso no responde.

Nathan se volvió hacia ella.

—No conviertas cada persona de esta casa en sospechosa.

—Alguien entró sabiendo exactamente qué pared abrir.

Owen permanecía en la puerta, con la silla inclinada sobre la alfombra. Había insistido en subir. Tenía el rostro pálido, pero los ojos más despiertos que por la mañana.

—¿Quién sabía lo de la fotografía? —preguntó.

—Grace —respondió Nathan—. Y quizá Isabel.

Clara negó.

—Mi madre sabía que había una prueba en la casa, no dónde.

—¿Y tú?

—Lo descubrí en el invernadero igual que ustedes.

Nathan examinó el hueco. Detrás del yeso quedaba la marca rectangular de una caja estrecha. En el suelo había polvo reciente y un hilo blanco.

Clara lo recogió.

—Uniforme de enfermería.

La enfermera de Owen, Deborah Mills, había trabajado aquella mañana. Se marchó media hora antes de que Clara entrara con el pastel.

Nathan llamó a la agencia.

Le informaron de que Deborah no existía en su plantilla.

La documentación con la que llevaba ocho meses entrando en la mansión era falsa.

Frank aseguró que había comprobado sus antecedentes. La agencia figuraba en los registros, las referencias respondieron y los certificados parecían auténticos. Elena descubrió después que la empresa fue creada solo dos semanas antes de que Deborah solicitara el puesto y que sus teléfonos redirigían a un despacho vacío de Whitmore Therapeutics.

—No falsificaron una identidad —dijo Elena—. Construyeron una persona completa para que nadie sintiera la necesidad de mirar detrás.

Owen apoyó la cabeza en el respaldo.

—Ella me daba las pastillas cuando tú no estabas.

Nathan sintió un dolor afilado.

—¿Alguna vez cambió las dosis?

—Decía que Mercer autorizaba ajustes.

—¿Y no me lo dijiste?

Owen sonrió sin humor.

—Tú decías que Mercer era el mejor.

La frase no era acusación. Era peor: una verdad aprendida.

Elena Márquez, abogada de la familia, llegó antes del mediodía. Nathan le entregó la carta, el cuaderno y la grabación. Ella escuchó sin interrumpir.

—Necesitamos un médico independiente —dijo—. Y debemos sacar a Owen de cualquier centro asociado con los Whitmore.

Nathan tomó el teléfono.

—Conozco al jefe de neurología de Columbia.

Clara negó.

—Grace dejó un nombre.

En el borde interior del sobre había escrito: DOCTORA SOFÍA RUIZ. SANTA FE.

—Está a dos mil millas —dijo Nathan.

—Mi madre trabajó con ella.

Elena buscó el nombre. Sofía Ruiz era especialista en toxicología clínica y enfermedades inducidas por medicamentos. Había publicado investigaciones sobre terapias neonatales no autorizadas. No atendía pacientes privados desde hacía tres años.

Clara marcó un número antiguo.

Sofía contestó.

Al escuchar el nombre de Owen, guardó silencio.

—¿Grace dejó cartas? —preguntó.

—Sí.

—Entonces por fin ocurrió.

Nathan tomó el teléfono.

—Mi hijo tiene un pronóstico terminal.

—¿Quién lo hizo?

—Samuel Mercer.

—Saque a Mercer del tratamiento hoy. No suspenda nada sin supervisión, pero no permita otra dosis hasta que yo vea los análisis.

—¿Puede venir?

—Salgo esta tarde.

Nathan miró a Owen.

La doctora pidió fotografías de los medicamentos, informes recientes y una muestra de sangre antes de la siguiente dosis. Elena organizó un laboratorio privado.

Al revisar el expediente, Sofía encontró algo inmediato.

Los niveles de Dovarex eran cuatro veces superiores a los esperados.

—Eso explica parte de la debilidad, la confusión y la caída del pulso —dijo por videollamada—. No explica todo, pero nadie debería haber mantenido esa dosis.

Nathan sintió que le faltaba aire.

—Mercer dijo que era necesaria.

—Mercer diseñó el medicamento.

Dovarex pertenecía a Altura Biogen, una empresa absorbida años atrás por Whitmore Therapeutics. El principal accionista era Victor Whitmore, hermano menor de Nathan.

Victor dirigía el brazo médico del grupo y llevaba meses insistiendo en que Nathan le cediera el control de la fundación cuando Owen muriera.

Clara miró a Nathan.

—¿Su hermano sabía el pronóstico?

—Sí.

—¿Sabía que Owen cumpliría veinticinco?

—Todos lo sabían.

El cumpleaños se celebraría en dos días.

Según el testamento de Walter, al cumplir veinticinco años Owen recibiría un cuarenta por ciento de las acciones con voto de Whitmore Therapeutics. Si moría antes, las acciones pasarían a Victor como administrador permanente de la fundación.

Owen soltó una risa débil.

—Catorce días.

Nathan comprendió.

El pronóstico no solo anunciaba una muerte.

Ponía fecha a una herencia.

Elena llamó al tribunal para solicitar una orden de protección patrimonial. Sofía pidió trasladar a Owen a una clínica independiente.

Mientras preparaban la salida, Frank encontró una identificación en el coche utilizado por Deborah.

El nombre real de la enfermera era Laura Keene.

Había trabajado diez años para Victor Whitmore.

Pero la fotografía de su licencia reveló algo más.

Clara la reconoció.

—Esa mujer estaba en el hospital la noche en que murió mi madre.

Nathan se volvió.

—Dijiste que Isabel murió en Nuevo México.

—Murió en una clínica privada.

—¿De qué?

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Clara apretó la medalla de plata.

—De la misma enfermedad que ahora dicen que está matando a Owen.

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