Capítulo 02 - La medicina firmada

Chapter 02 - Capítulo 02 - La medicina firmada
Owen no perdió el conocimiento.
Su pulso cayó durante menos de un minuto y luego volvió a subir, débil pero estable. Clara retiró el frasco de la mesa antes de que la enfermera nocturna entrara en la cocina. Nathan lo vio y no dijo nada hasta que Owen estuvo otra vez en su habitación.
—Dámelo —ordenó.
Clara sostuvo el bote naranja contra el pecho.
—¿Sabe lo que contiene?
—Es parte del tratamiento.
—No he preguntado eso.
Nathan extendió la mano.
—La receta lleva mi firma porque tengo poder médico desde que Owen dejó de poder gestionar algunas decisiones.
—Su firma está impresa. No es una firma manuscrita.
—Las recetas se autorizan digitalmente.
Clara leyó la etiqueta.
El medicamento se llamaba Dovarex. Mercer lo había descrito como un estabilizador experimental para disminuir los espasmos y ayudar a Owen a dormir. Nathan recordaba haber firmado un formulario meses atrás, dentro de una carpeta llena de consentimientos.
—Grace menciona al doctor Mercer en la carta —dijo Clara—. ¿No le parece suficiente para detener esto hasta comprobarlo?
—Una carta escrita hace diez años no sustituye un diagnóstico actual.
—Un diagnóstico actual no convierte en inocente a quien lleva años controlándolo.
Nathan sintió la acusación.
—No conoces a Mercer.
—Conozco su nombre desde que tenía dieciséis años.
Clara metió el frasco en una bolsa transparente.
—Mi madre me hizo prometer que, si alguna vez encontraba a Owen enfermo, analizaría todo lo que le daban.
—¿Tu madre vive?
La pregunta salió demasiado deprisa.
Clara bajó la mirada.
—No.
—¿Cuándo murió?
—Hace cuatro años.
—¿Dónde?
—En Nuevo México.
—Nunca apareció un certificado.
—Porque usó otro apellido.
Nathan observó a la joven. Había entrado a trabajar en la mansión cinco meses atrás con referencias de una agencia de Boston. La jefa de personal la contrató. Nathan apenas la había visto hasta aquella mañana.
Recordó, sin embargo, varias cosas que entonces no le parecieron importantes. Clara era la única empleada que preguntaba a Owen antes de mover su silla. Había cambiado las flores del dormitorio porque el olor de los lirios le provocaba náuseas. En una ocasión discutió con Deborah por servirle una pastilla sin agua. Nathan oyó la discusión desde el corredor y decidió que se trataba de una diferencia entre el personal.
Ahora cada detalle parecía una advertencia que él había clasificado como inconveniente.
—¿Planeaste todo esto?
—Planeé acercarme a Owen. No sabía que le quedaban catorce días.
—El doctor no dijo que fuera una certeza.
—Usted sí lo creyó.
Nathan apartó la vista.
En el piso superior, Owen llamó.
Clara subió primero.
El joven estaba despierto, con la carta sobre el pecho.
—Quiero ir al invernadero —dijo.
Nathan negó.
—Estás demasiado débil.
—Si voy a morir en catorce días, puedo pasar diez minutos fuera de esta cama.
—No digas eso.
—Tú lo dijiste en la cocina.
Nathan sintió vergüenza.
Owen pidió la llave. Clara se la entregó. Entre los tres empujaron la silla por el corredor de cristal que conectaba la casa con el invernadero. Grace había diseñado aquel espacio para cultivar hierbas, flores blancas y tomates que casi nunca maduraban bien.
Después de su muerte, Nathan cerró la mayor parte del lugar. El escritorio permanecía bajo una tela.
La llave abrió el cajón sin dificultad.
Dentro había un cuaderno de recetas, seis sobres numerados, una pequeña grabadora y una caja metálica. Owen tomó el sobre marcado «25».
—Ya leí uno —dijo.
—Ese era el primero —respondió Clara—. Grace dejó una carta para cada cumpleaños desde los veinticinco hasta los treinta.
Nathan se sentó.
—¿Creía que estaría viva hasta entonces?
Clara lo miró con una tristeza que no parecía propia.
—Creía que Owen quizá no.
El silencio quedó suspendido entre las plantas secas.
Owen abrió la caja metálica. Había muestras de cabello, copias de análisis y una pulsera hospitalaria con fecha de hacía veinticinco años: el día de su nacimiento.
Nathan reconoció el hospital.
Whitmore Medical Center.
En aquel momento todavía pertenecía a la fundación de su padre, Walter Whitmore.
Owen encendió la grabadora.
La voz de Grace llenó el invernadero.
—Si estáis escuchando esto, significa que no logré detenerlos. Owen nació sano. Repito: nació sano. El estudio neonatal fue añadido a su expediente después del parto. Yo nunca di consentimiento.
Nathan cerró los ojos.
La grabación continuó.
Grace explicaba que, durante las primeras horas de vida de Owen, Walter Whitmore autorizó una terapia experimental destinada a corregir una predisposición genética. El tratamiento no estaba aprobado para recién nacidos. Mercer, entonces un joven investigador, dirigió el procedimiento.
—Eso no ocurrió —dijo Nathan.
Su voz sonó hueca.
Owen lo miró.
—¿Cómo puedes saberlo?
—Yo estaba allí.
—¿Todo el tiempo?
Nathan recordó la sala de espera, a su padre hablando con médicos, a Grace dormida tras una cesárea complicada. Recordó las seis horas en que Walter le pidió que fuera a casa a descansar.
No había estado allí todo el tiempo.
La voz de Grace siguió:
—Nathan no lo sabe. O quiero creer que no lo sabe. Pero su padre sí. Y si Owen empieza a perder fuerza antes de los treinta, Mercer intentará llamarlo enfermedad degenerativa. No lo es. Es una consecuencia.
Owen apagó la grabadora.
—¿Abuelo Walter hizo esto?
Nathan no pudo responder.
Walter Whitmore había muerto ocho años atrás, respetado como filántropo. Su nombre estaba en hospitales, bibliotecas y becas.
Clara abrió el cuaderno de recetas.
Entre cantidades de cacao y harina, Grace había escrito números de expedientes, fechas y nombres. La receta del pastel era también una clave.
—Cada ingrediente corresponde a un archivo —explicó Clara—. Mi madre consiguió algunos. No todos.
Nathan tomó el cuaderno.
En la última página aparecía una frase:
«La prueba principal no está en el hospital. Está dentro de la casa, detrás de la pared donde Nathan colgó nuestra fotografía de boda».
Los tres se miraron.
La fotografía llevaba diez años en el dormitorio de Nathan.
Al regresar a la casa, encontraron el marco en el suelo.
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La pared había sido abierta.
Y alguien se había llevado lo que Grace escondió allí.