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Capítulo 06 - La habitación que ya no era suya

Chapter 06 - Capítulo 06 - La habitación que ya no era suya

Volver a casa resultó más difícil que marcharse.

Liora esperó hasta las diez de la mañana, cuando sabía que Susan estaría en su clase de pilates y Daniel en la oficina. Rebecca aparcó frente a la vivienda, pero no apagó el motor.

—Tienes quince minutos —dijo—. Si alguien intenta retenerte, llamas.

—Es mi casa.

—Era el lugar donde vivías. No confundas palabras por nostalgia.

Liora usó la llave de emergencia escondida bajo una maceta. Al entrar, encontró el salón limpio. La maleta ya no estaba, las cajas habían desaparecido y las fotografías familiares ocupaban otra vez sus lugares. La escena de la tarde anterior había sido borrada con la eficacia habitual de Susan.

Subió las escaleras.

La puerta de su dormitorio estaba abierta. Sobre la cama había varias bolsas de basura llenas de ropa. Los libros habían sido retirados de las estanterías. El escritorio estaba vacío.

Corbin estaba sentado en la silla giratoria, con el antiguo portátil de Liora delante.

—Sabía que vendrías —dijo.

No llevaba traje. Sin él parecía más joven, casi el hermano que a los once años la enseñó a montar en bicicleta y corrió detrás de ella hasta que dejó de tener miedo. Aquella memoria fue un golpe inesperado.

—Dame el ordenador.

—Mamá quiere convertir esto en cuarto de invitados.

—Me fui hace dos días.

—Tú decidiste irte.

—Después de que me quitarais el futuro.

Corbin cerró la pantalla.

—No dramatices. Northlake no es la única universidad del país.

—KinTrace tampoco es la única empresa que podías crear. Elegiste la mía.

Su rostro cambió apenas.

—HomeThread era un proyecto escolar.

—Era mío.

—Era una idea sin terminar. Yo la convertí en un producto.

—Copiaste páginas enteras.

—Las mejoré.

—Usaste los datos de personas reales.

Corbin se levantó.

—Eran entrevistas anónimas.

—No todas. Había información médica.

—Nadie va a hacer daño a nadie.

—No lo sabes.

—Sé más que tú sobre cómo funciona una empresa.

Liora miró el portátil. El cable de alimentación estaba conectado a una unidad externa negra.

—¿Qué estás copiando ahora?

Corbin se colocó delante.

—Nada que te importe.

Liora sacó el teléfono.

—Rebecca está fuera. Helena llamará a la policía si no salgo con el ordenador.

—¿La policía? ¿De verdad quieres hacer eso a tu propia familia?

—Tú entraste en mis archivos.

—Papá compró este ordenador.

—La abuela lo pagó por mi cumpleaños.

Corbin soltó aire por la nariz y miró hacia el pasillo. Por primera vez parecía asustado, no ofendido.

—Escúchame. Miles Vale viene mañana. Si ve el prototipo funcionando, firmará. Después recibirás tu dinero y podrás estudiar donde quieras.

—¿Y las familias cuyos datos has usado?

—Firmaron consentimientos.

—No para una empresa.

—No seas ingenua. Todo el mundo acepta condiciones que no lee.

La frase se pareció tanto a la explicación de Daniel sobre su firma que Liora sintió náuseas.

—Apártate.

—No.

Ella pulsó el botón de llamada.

Corbin extendió la mano para quitarle el teléfono. No llegó a tocarla. La voz de Rebecca sonó desde la escalera.

—Inténtalo y tendrás un problema mayor que una aplicación robada.

Corbin se volvió. Susan estaba detrás de Rebecca.

Liora no la había oído llegar.

—¿Qué haces en mi casa? —preguntó Susan.

—Evitar que tu hijo robe por segunda vez —respondió Rebecca.

—Fuera.

—Liora viene a recoger sus cosas.

—Liora abandonó esta casa.

Las palabras quedaron flotando.

Liora miró a su madre.

—¿Eso es lo que estás diciendo ahora?

Susan mantuvo la barbilla alta, pero sus ojos se llenaron de agua.

—Estoy diciendo que no puedes entrar con ella, amenazar a tu hermano y actuar como si fueras una desconocida.

—Me habéis tratado peor que a una desconocida.

Corbin aprovechó la discusión para retirar la unidad externa. Rebecca lo vio.

—Dásela.

—Es propiedad de KinTrace.

—Es una copia de archivos obtenidos de manera ilícita.

Susan se interpuso.

—Basta. Corbin, baja. Liora, puedes llevarte el portátil, pero vas a dejar de acusarnos delante de gente ajena.

—Rebecca no es ajena. Es tu hermana.

—No sabes por qué dejó de formar parte de esta familia.

—Entonces cuéntamelo.

Susan miró a Rebecca con un odio viejo.

—Porque robó dinero de mamá cuando estaba enferma.

Rebecca no se defendió.

Liora esperó.

—¿Es verdad? —preguntó.

—Sí —dijo Rebecca.

La respuesta cayó sin excusas.

Susan sonrió con amargura.

—Ahí tienes a tu salvadora.

Rebecca metió la mano en el bolso y sacó un recibo doblado.

—Tomé nueve mil dólares de la cuenta de Evelyn. Los usé para pagar a una cuidadora privada porque tú querías internarla y vender su casa. Después devolví hasta el último centavo.

Susan palideció.

—Mamá había aceptado la residencia.

—Mamá tenía miedo de contradecirte.

—Mientes.

—Por eso dejó el fideicomiso bajo vigilancia.

Liora comprendió que el dinero de la abuela no era solo una promesa educativa. Era la última decisión de una mujer que había visto cómo Susan convertía la necesidad en autoridad.

Corbin intentó salir del cuarto con la unidad externa. Liora se colocó frente a él.

—Dámela.

—No sabes lo que estás haciendo.

—Por primera vez, sí.

Él apretó la mandíbula. Luego dejó caer la unidad sobre la cama.

—Cuando esto se hunda, será culpa tuya.

Liora recogió el portátil y el disco.

—No. Será consecuencia de lo que hiciste.

Al llegar a la puerta, Susan la llamó.

—Si te vas con esos archivos, no vuelvas hasta que estés dispuesta a pedir perdón.

Liora se volvió. Miró el dormitorio desmontado, las bolsas con su ropa y la mujer que había elegido proteger una mentira antes que a su hija.

—Cuando vuelva —dijo—, será porque tú estás dispuesta a decir la verdad.

Esa tarde, Helena entregó el disco a un especialista forense.

A las ocho recibió la primera llamada.

Los archivos no solo contenían la base de datos de HomeThread.

Había una carpeta oculta llamada NORTHLAKE, con copias de los correos de admisión de Liora, su solicitud de ayuda financiera y una carta que ella nunca había visto.

Era una notificación de beca completa.

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La universidad se la había concedido seis semanas antes.

Alguien había contestado desde la dirección falsa rechazándola en su nombre.

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