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Capítulo 10 - El precio de los datos

Chapter 10 - Capítulo 10 - El precio de los datos

Daniel negó haber autorizado la venta.

Lo hizo en una reunión celebrada en el despacho de Helena, frente a dos abogados de Vale North y un especialista en ciberseguridad. Susan se sentó a su lado. Corbin llegó tarde y no se quitó el abrigo.

—Mi firma digital fue copiada —insistió Daniel.

El especialista proyectó un registro de acceso.

La autorización se realizó desde el ordenador de Daniel, conectado a la red doméstica, a las once y treinta y siete de la noche del 2 de julio. Hubo una verificación en dos pasos enviada a su teléfono.

—¿También copiaron su móvil? —preguntó Helena.

Daniel miró a Corbin.

Corbin se encogió de hombros.

—Yo no estaba en casa.

Susan lo contradijo.

—Sí estabas. Cenaste con nosotros.

—Me fui después.

—Te quedaste a dormir.

Madre e hijo se miraron. Por primera vez, Susan no corrigió su memoria para protegerlo.

Daniel se puso de pie.

—Necesito hablar con mi familia.

—Esto ya no es únicamente un asunto de familia —dijo uno de los abogados—. La aseguradora recibió información que puede estar protegida por acuerdos de confidencialidad y leyes estatales. Debemos notificar a los afectados.

Liora pensó en la señora Alvarez, que le había contado entre lágrimas que olvidaba tomar la medicación para el corazón. En el señor Bell, que ocultaba a sus hijos un diagnóstico temprano de Parkinson. Habían hablado con una estudiante, no con una empresa.

—¿Qué quería la aseguradora? —preguntó.

El abogado dudó.

—Evaluar patrones de riesgo y desarrollar un producto para cuidadores familiares.

—¿Podían subir primas?

—No tenemos pruebas de que lo hicieran.

—Pero podían.

Daniel volvió a decir que no sabía nada.

Corbin se quitó el abrigo.

—Papá autorizó un acuerdo de investigación —dijo—. Yo creía que los datos estaban anonimizados.

Daniel lo miró.

—Me dijiste que lo estaban.

—Lo estaban en la versión que vi.

—Tú preparaste el contrato.

—Tú lo firmaste.

La discusión se deshizo ante todos. Ya no eran padre e hijo protegiendo un sueño. Eran dos hombres intentando colocar la culpa en las manos del otro antes de que se volviera demasiado pesada.

Susan cerró los ojos.

—¿Cuánto pagaron?

Corbin no respondió.

—¿Cuánto? —repitió ella.

—Ciento veinte mil.

Liora sintió una punzada de incredulidad.

—Entonces había dinero para devolver el fideicomiso.

Daniel bajó la cabeza.

La aseguradora había pagado un adelanto. Cuarenta mil dólares se usaron para desarrollo. Treinta mil cubrieron honorarios y deudas. El resto fue transferido a una cuenta de reserva.

—¿A nombre de quién? —preguntó Helena.

La cuenta pertenecía a Elm Ridge Consulting.

Daniel miró a su esposa.

—Pensaba reponer el dinero después de cerrar la inversión.

Susan se apartó de él como si acabara de descubrir que compartía mesa con un desconocido.

—Me dijiste que no había entrado nada.

—No estaba disponible.

—Vendiste datos de personas enfermas y guardaste el dinero.

—Intentaba salvar la empresa.

—Intentabas salvarte.

Liora observó a su madre. Había pasado toda la vida defendiendo a los hombres de la familia y llamándolo amor. Aquel día, por primera vez, parecía ver el precio.

La reunión terminó con un acuerdo provisional. KinTrace suspendería operaciones, entregaría los servidores y notificaría a las familias afectadas. Vale North financiaría la auditoría, pero no asumiría responsabilidad. Helena prepararía una demanda civil para recuperar el fideicomiso y proteger la autoría de HomeThread.

Corbin esperó a Liora en el pasillo.

—¿Estás satisfecha?

—No.

—He perdido todo.

—Todavía tienes una casa, una familia y un título universitario pagado.

—No sabes lo que es fracasar delante de todos.

Liora lo miró con cansancio.

—No. Sé lo que es que todos decidan que tu fracaso importa menos que el de otro.

Corbin apretó los labios.

—Mamá ha vendido las joyas por ti.

—No ha comprado mi perdón.

—Siempre consigues hacerla sentir culpable.

—Ella se siente culpable porque lo es.

Él levantó una mano, no para golpearla, sino para detener una frase que no quería oír. Luego la dejó caer.

—KinTrace era lo único que tenía.

—No. Era lo único que no querías construir desde cero.

En el aparcamiento, Susan alcanzó a Liora.

—Tu padre y yo vamos a vender la casa —dijo.

—¿Por qué?

—Para devolver el fideicomiso y pagar a las familias si es necesario.

—Papá no estará de acuerdo.

—Ya no le estoy preguntando.

Había algo distinto en su voz. No fuerza exactamente. Tal vez cansancio de obedecer su propio miedo.

—¿Dónde viviréis?

—No lo sé.

Liora sintió el impulso de ofrecer ayuda. Era automático, casi físico. Se obligó a esperar.

Susan lo notó.

—No te lo digo para que nos salves —añadió—. Te lo digo porque deberías saberlo.

Aquella frase fue un principio.

Tres días después, la historia apareció en un periódico local. No mencionaba a Liora por ser la creadora menor de edad cuando se recogieron los datos, pero identificaba a KinTrace y a sus directivos. Daniel fue suspendido de su empleo. Corbin cerró sus perfiles públicos. Susan dejó de contestar llamadas.

En medio del escándalo, Northlake confirmó que Liora podía matricularse.

El primer año estaba cubierto. Para los tres siguientes, la universidad le ofrecía un puesto remunerado en un laboratorio de diseño ético y una beca condicionada a su rendimiento.

Liora leyó el correo en el taller, rodeada de vestidos ajenos.

Rebecca abrió una botella de sidra.

—Por las puertas que no consiguieron cerrar.

Liora sonrió por primera vez en días.

Entonces llamaron a la puerta.

Era Corbin.

Llevaba una caja de cartón y el rostro sin afeitar. La dejó sobre la mesa.

Dentro estaban los cuadernos originales de HomeThread, el disco de Evelyn con las entrevistas y un sobre bancario.

—Hay cuarenta y seis mil dólares —dijo—. Todo lo que queda en la cuenta de reserva.

Helena lo miró con desconfianza.

—¿A cambio de qué?

—De nada.

Liora no le creyó.

Corbin sacó un documento arrugado del bolsillo.

—Mañana voy a declarar que papá sabía de la venta de datos.

—¿Y tú no? —preguntó ella.

Él sostuvo su mirada.

—Yo también sabía.

Después dejó sobre la mesa otro papel.

Era una citación penal.

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Y el nombre que figuraba como principal sospechoso no era Daniel.

Era Corbin Hale.

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