Capítulo 05 - El padre razonable

Chapter 05 - Capítulo 05 - El padre razonable
Daniel llegó solo al taller a la mañana siguiente.
No llevaba traje. Vestía una camisa azul remangada y parecía haber envejecido en dos días. Rebecca quiso quedarse, pero Liora le pidió hablar con él en la mesa del fondo. Helena dejó una grabadora sobre un estante, visible, y salió a comprar café.
—¿Directivo financiero? —preguntó Liora.
Daniel miró la grabadora.
—¿De verdad es necesario?
—Durante dieciocho años dijiste que la verdad era suficiente.
—No uses mis frases contra mí.
—Entonces dame otras mejores.
Daniel se frotó el puente de la nariz.
Explicó que KinTrace necesitaba estados financieros, previsiones y una estructura formal para atraer inversión. Corbin no sabía hacerlo. Daniel había aceptado ayudar «durante unas semanas». No cobraba un sueldo, solo una participación del ocho por ciento que se activaría si la empresa recibía capital.
—¿Y no te pareció importante contármelo?
—Íbamos a devolverte el dinero con intereses.
—Eso no responde.
—Quería protegerte del estrés.
Liora soltó una risa breve.
—¿Protegerme de saber que estabas usando mi dinero y mi trabajo?
Daniel levantó la voz por primera vez.
—¡No sabía que el proyecto era tuyo!
El taller quedó en silencio.
—¿Qué creías? —preguntó ella—. ¿Que Corbin aprendió de pronto a diseñar una plataforma para cuidadores?
—Me enseñó documentos. Dijo que había trabajado con compañeros.
—Viste la foto de la abuela.
Daniel cerró los ojos.
—Pensé que era un homenaje.
—Pensaste lo que te convenía.
Él se inclinó hacia delante.
—Tienes razón en estar enfadada. Pero si detienes la inversión, perderemos la posibilidad de recuperar el dinero. Déjame cerrar la ronda. En cuanto entren los dos millones, el fideicomiso quedará repuesto.
—¿Con dinero de inversores que creen que el producto es de Corbin?
Daniel no respondió.
Liora comprendió entonces cuál era el verdadero talento de su padre. No mentía como Susan, con emoción y presión. Daniel construía pasillos. Empezaba con una razón aceptable, añadía una urgencia y terminaba en un lugar donde la única salida parecía obedecerle.
—Quieres que participe en un fraude para reparar otro fraude.
—Quiero evitar que una decisión familiar destruya cuatro vidas.
—La decisión ya la tomasteis.
Daniel miró hacia la puerta del taller.
—Northlake aceptará aplazar tu plaza. He hablado con admisiones.
Liora se puso rígida.
—¿Has hablado con mi universidad?
—Solo pregunté opciones.
—¿Sin mi permiso?
—Soy tu padre.
—Esa frase no te da acceso a todo.
Daniel pareció dolido, pero no avergonzado.
Sacó un sobre del bolsillo y lo deslizó sobre la mesa. Dentro había un contrato privado. KinTrace se comprometía a devolver a Liora cien mil dólares en un plazo de dos años, siempre que ella renunciara a iniciar acciones legales o reclamar propiedad intelectual sobre la plataforma.
—Corbin está dispuesto a ser generoso —dijo.
Liora leyó la cláusula dos veces.
—Me ofrece devolverme mi dinero si le regalo mi idea.
—Te ofrece seguridad.
—Me ofrece comprar mi silencio con lo que ya me debe.
Daniel bajó la voz.
—Piensa en tu madre. Si esto sale a la luz, no lo soportará.
—Siempre me pedís que piense en todos menos en mí.
—Porque eres capaz.
La frase fue tan familiar que Liora casi la dejó pasar.
—No, papá. Porque os resulta útil.
Daniel recogió el contrato, pero ella puso la mano encima.
—Me lo quedo.
—Es confidencial.
—También lo era mi fideicomiso.
Por primera vez desde que llegó, Daniel perdió el control de su expresión. Fue apenas un destello de miedo.
Liora lo vio.
—¿Qué más hay? —preguntó.
—Nada.
—Te conozco.
—Creías conocerme.
La crueldad pareció escapársele sin querer. Daniel se levantó, arrepentido demasiado tarde.
Antes de marcharse, se volvió.
—Tu madre no durmió anoche.
—Yo tampoco.
—No es lo mismo.
Liora no respondió. Aquella frase se quedaría con ella durante años, no porque fuera la peor, sino porque revelaba la medida exacta de su lugar en la familia.
Helena regresó cuando Daniel ya se había ido. Leyó el contrato y señaló una línea de la última página.
—Aquí hay una referencia a un anexo que no te ha entregado.
—¿Qué anexo?
—El inventario de activos aportados a KinTrace.
Rebecca buscó en los registros corporativos. Tras varias llamadas, Helena consiguió una copia preliminar presentada al inversor. La lista incluía el software, la marca, los diseños y una base de datos con más de nueve mil perfiles de prueba.
Liora recorrió los nombres.
Reconoció a varios vecinos mayores a quienes había entrevistado para su proyecto escolar. Había información sobre medicación, diagnósticos, rutinas y contactos familiares.
—Yo borré esos datos después de la feria —dijo—. Solo conservé una copia cifrada en mi antiguo portátil.
Rebecca dejó de escribir.
—¿Dónde está ese portátil?
Liora pensó en el armario de su dormitorio, en la casa que acababa de abandonar.
Recordó que, semanas antes, Corbin le había preguntado por la contraseña del portátil. Ella se negó y él bromeó diciendo que seguía usando el nombre del perro que tuvieron de niños. Liora se rio. Aquella noche cambió la contraseña, pero no la de la copia de seguridad vinculada a la nube familiar. Daniel había configurado esa cuenta cuando ella tenía trece años.
La traición no siempre entraba forzando una puerta. A veces conservaba una llave vieja porque nadie imaginaba que fuera necesario cambiarla.
Corbin no solo había copiado su proyecto.
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Había entrado en sus archivos personales.
Y si había usado aquella base de datos para conseguir inversores, cientos de familias podían estar en peligro.