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Capítulo 11 - La confesión de Corbin

Chapter 11 - Capítulo 11 - La confesión de Corbin

La citación acusaba a Corbin de acceso no autorizado a información privada, fraude electrónico y uso engañoso de datos personales. No era una condena. Helena lo aclaró dos veces. Sin embargo, las palabras impresas tenían la gravedad de una puerta cerrándose.

—¿Papá también ha recibido una? —preguntó Liora.

—Lo entrevistarán —respondió Corbin—, pero los contratos llevan mi firma.

—La venta la autorizó él.

—Con mi cuenta de administrador.

Helena tomó el documento.

—¿Está diciendo que su padre usó sus credenciales?

Corbin se pasó una mano por el cabello.

—Estoy diciendo que yo le di acceso. Sabía que buscaba dinero. Sabía que la aseguradora quería los datos. Le dije que estaban anonimizados porque era más fácil que comprobarlo.

—Eso no es lo mismo que no saber —dijo Rebecca.

—Ya lo sé.

Corbin se sentó en el borde del sofá. La seguridad ensayada, el traje y las frases de fundador habían desaparecido. Quedaba un hombre de veintitrés años que por primera vez no tenía a su madre delante para traducir sus errores en sufrimiento.

Liora miró el sobre bancario.

—¿Por qué has traído el dinero?

—Porque es tuyo.

—Lo sabías hace una semana.

—Hace una semana pensaba que podía arreglarlo todo si conseguía la inversión.

—¿Y ahora?

—Ahora sé que no habrá inversión.

La respuesta la enfureció.

—Eso no es arrepentimiento. Es derrota.

Corbin levantó los ojos.

—¿Qué quieres que diga?

—La verdad, aunque no te beneficie.

Él guardó silencio.

Helena le advirtió que cualquier conversación podía tener consecuencias legales. Corbin asintió. Después habló durante casi una hora.

Había encontrado HomeThread en el portátil de Liora el verano anterior. Al principio creyó que podía convertirlo en un producto y ofrecerle participación más adelante. Copió los archivos para mostrárselos a un antiguo compañero. Cuando el compañero dijo que la idea tenía valor, Corbin registró KinTrace a su nombre.

—Pensé que si te lo decía demasiado pronto, tendrías miedo —explicó.

—¿Miedo de qué?

—De que dejara de ser tuyo.

Liora lo miró sin pestañear.

—Así que sabías exactamente lo que estabas haciendo.

Corbin tragó saliva.

Después llegó el problema del dinero. Ningún inversor serio quería financiar un prototipo sin equipo ni clientes. Daniel propuso usar temporalmente el fideicomiso. Susan se opuso al principio, no por Liora, sino porque temía una investigación. Corbin les enseñó proyecciones que prometían multiplicar la inversión en seis meses.

—¿Quién creó el correo falso? —preguntó Helena.

—Yo.

Rebecca soltó aire.

—¿Quién rechazó la beca?

Corbin miró a Liora.

—Yo.

No añadió que había sido un error ni que estaba bajo presión.

—¿Por qué? —preguntó ella, aunque ya conocía parte de la respuesta.

—Porque el inversor quería una demostración funcional en agosto. Tú eras la única persona que entendía algunas partes del código. Si te ibas a Northlake, no ibas a ayudarme.

—Nunca me lo pediste.

—Habrías dicho que no.

La misma lógica. La misma arrogancia.

—¿Y los datos?

—Papá encontró a la aseguradora. Yo acepté entregar una muestra. Después supe que la muestra incluía perfiles completos. No lo detuve.

—¿Por qué?

—Porque pagaban ciento veinte mil dólares.

Corbin lloró entonces, pero no de manera espectacular. Se cubrió la cara y respiró con dificultad. Liora sintió pena. No era perdón. La pena puede existir incluso cuando uno sabe que la otra persona debe responder por lo que hizo.

—¿Mamá sabía lo de la beca? —preguntó.

—No.

—¿Sabía que HomeThread era mío?

Corbin tardó demasiado.

—Se lo dije después de recibir el dinero.

—¿Qué dijo?

—Que las ideas pertenecen a quien sabe aprovecharlas.

Liora cerró los ojos.

La frase era tan propia de Susan que no necesitaba pruebas.

Helena pidió a Corbin que se marchara y buscara un abogado independiente. Antes de salir, él dejó una memoria USB.

—Aquí están los mensajes con papá. Todos.

Daniel había escrito frases claras: «Usa la cuenta de Liora antes de que pueda cuestionarlo»; «La beca complicaría el calendario»; «Cuando tengamos capital, la convenceremos de que fue lo mejor».

No era un padre arrastrado por el entusiasmo de su hijo.

Los mensajes mostraban que había calculado fechas, dividido transferencias y preparado respuestas para cuando Liora preguntara. En uno de ellos escribió: «Ella se enfadará, pero al final entenderá. Siempre entiende». Aquella última frase fue la que más daño le hizo.

Daniel había confundido su capacidad de comprender con una obligación de absolverlo.

Era el arquitecto.

Aquella tarde, Susan llamó desde un número desconocido. Su voz parecía rota.

—Tu padre ha vaciado nuestra cuenta conjunta.

Liora se quedó inmóvil.

—¿Cuánto?

—Todo. Ciento nueve mil dólares.

—¿Dónde está?

—No lo sé. No contesta.

Rebecca tomó el teléfono y pidió a Susan que fuera al taller. Llegó una hora después, sin maquillaje, con una carpeta de documentos y el collar vacío donde antes llevaba las perlas.

—La casa no puede venderse —dijo.

Daniel había contratado una segunda hipoteca dieciocho meses atrás. Susan había firmado documentos creyendo que refinanciaban el préstamo original. La deuda superaba el valor disponible de la vivienda.

—Hizo conmigo lo mismo que hicimos contigo —susurró.

Liora no respondió. No quería aliviarla de esa conclusión.

Helena revisó la carpeta. Entre los papeles encontró una póliza de seguro de vida sobre Daniel, un estado de cuenta de Elm Ridge y una reserva de vuelo emitida aquella mañana.

Destino: Lisboa.

Salida: seis y veinte de la tarde.

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Faltaban menos de noventa minutos.

Y Daniel llevaba consigo el dinero que debía devolver a Liora y a las familias perjudicadas.

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