Capítulo 03 - La cuenta fantasma

Chapter 03 - Capítulo 03 - La cuenta fantasma
Daniel llamó a las siete y cuarto de la mañana.
Liora estaba en la pequeña cocina del piso de Rebecca, intentando untar mantequilla en una tostada que no pensaba comer. Dejó sonar el teléfono hasta que se apagó. Volvió a llamar. A la tercera vez, Rebecca levantó una ceja.
—No tienes que hablar con él.
—Quiero oír qué versión ha preparado.
Contestó.
—¿Dónde estás? —preguntó Daniel.
No dijo buenos días. No preguntó si había dormido.
—A salvo.
—Tu madre está destrozada.
—¿Y tú?
Hubo una pausa.
—Estoy preocupado. Saliste sin dinero y no sabes cómo funciona el mundo real.
—Estoy aprendiendo rápido. ¿Qué es Elm Ridge Consulting?
El silencio fue distinto esta vez. Más largo. Más limpio.
—¿Quién te ha hablado de eso?
—Así que existe.
—Liora, no entiendes la estructura financiera.
—Explícamela.
Daniel suspiró como si ella estuviera complicando un asunto sencillo.
—Corbin todavía no podía recibir la inversión directamente. La sociedad sirvió como puente. Es habitual.
—Está a tu nombre.
—Por motivos fiscales.
—¿Qué motivos?
—No voy a discutir esto por teléfono.
—Entonces envíame los extractos.
—Vuelve a casa.
—Envíame los extractos.
Daniel bajó la voz.
—Tu tía está utilizando tu enfado para atacarnos. Rebecca lleva veinte años intentando castigar a tu madre.
—¿Por qué?
—No es una conversación para ahora.
—Nunca es una conversación para ahora.
Colgó antes de que pudiera responder. Le temblaban las manos, pero no de tristeza. Era una rabia nueva, más fría. La misma que había sentido al dejar las llaves sobre la mesa.
Rebecca le acercó una taza de café.
—Muy bien.
—No ha sido muy bien.
—No gritaste. No pediste permiso para saber. En esta familia eso cuenta como una revolución.
Durante la mañana revisaron los documentos públicos de Elm Ridge. La empresa no tenía página web, empleados ni actividad visible. Solo una dirección postal que correspondía a un despacho de servicios corporativos. Sin embargo, dos días después de recibir el dinero del fideicomiso, Elm Ridge había transferido sesenta mil dólares a KINTRACE LABS y veinticuatro mil a una cuenta marcada como «reembolso de deuda privada».
—¿Deuda de quién? —preguntó Liora.
—Eso es lo que vamos a averiguar.
Rebecca conocía a una abogada llamada Helena Price, retirada a medias y temida por completo. Había llevado casos de herencias y tutela durante treinta años. Llegó al taller al mediodía con un traje de lino, un bastón de madera y la clase de mirada que hacía parecer culpables a las sillas.
Leyó el fideicomiso, la autorización digital y los registros de la sociedad.
—Tu firma puede ser válida aunque te engañaran sobre el propósito —dijo—. Pero la dirección de correo falsa y la redacción ambigua nos ayudan. Necesitamos demostrar que tus padres sabían que el desembolso no era educativo.
—Lo admitieron delante de media familia.
—Los testigos se vuelven olvidadizos cuando llega una citación.
Liora pensó en la tía Marcy mirando su teléfono.
Helena señaló el portátil.
—También quiero ver el proyecto de Corbin.
Liora abrió la página de KinTrace. La empresa prometía una plataforma para organizar medicación, recuerdos, citas y necesidades de personas mayores, conectando a familias y cuidadores. El diseño era elegante. Las frases parecían humanas. Demasiado humanas.
—Yo hice algo parecido —dijo.
Rebecca se volvió.
—¿Qué significa parecido?
—En el instituto. Para una feria nacional. Era un prototipo para familias con pacientes de Alzheimer. Lo llamé HomeThread.
Buscó entre sus archivos antiguos. Encontró una carpeta con bocetos, entrevistas y un vídeo de presentación. En la pantalla apareció Liora, con dieciséis años, explicando cómo su abuela Evelyn confundía las fechas después de la quimioterapia y cómo una aplicación sencilla podía ayudar a que las familias compartieran información sin convertir a la persona enferma en una lista de tareas.
Helena comparó las pantallas.
—Esto no es parecido.
Los nombres eran distintos, pero la estructura era casi idéntica. Incluso la fotografía de la página principal procedía del archivo de Liora.
—Corbin me pidió el proyecto hace un año —recordó—. Dijo que quería enseñárselo a un amigo diseñador.
Rebecca cerró los ojos.
—Tu hermano no solo tomó el dinero.
Helena fue más precisa.
—Pudo apropiarse de propiedad intelectual. Si presentó este material como suyo ante inversores, el problema ya no es solo familiar.
Liora sintió vergüenza, y se odió por sentirla. No había hecho nada malo, pero la traición suele entrar primero por el lugar donde uno guarda la autoestima.
A las cuatro, Susan apareció en el taller.
Entró sin llamar, con gafas oscuras y el bolso apretado contra el cuerpo. Miró a Rebecca como si los veinte años de silencio hubieran estado esperando detrás de la puerta.
—Sabía que eras tú —dijo.
—Hola, Susie.
—No me llames así.
Liora se puso de pie.
—¿Has venido a por mí o a discutir con ella?
Susan se quitó las gafas. Tenía los ojos hinchados.
—He venido a evitar que destruyas a tu hermano por un malentendido.
—Ochenta y cuatro mil dólares no son un malentendido.
—Corbin va a triunfar. Cuando lo haga, tendrás más dinero del que necesitas.
—¿Y si no?
Susan miró hacia Helena, luego a los documentos sobre la mesa.
—¿Qué está haciendo esa mujer aquí?
—Ayudándome a entender lo que firmé.
La cara de Susan perdió color.
—Liora, escúchame. Si conviertes esto en un asunto legal, tu padre puede perder el trabajo.
—¿Por qué?
—Porque Elm Ridge… —Se detuvo.
Rebecca dio un paso.
—Termina la frase.
Susan tragó saliva.
—Porque los veinticuatro mil dólares no fueron para Corbin.
Liora sintió que la habitación se estrechaba.
—¿Para quién fueron?
Su madre la miró por fin.
—Para pagar una deuda que tu padre contrajo hace dos años. Si no la pagábamos, perdíamos la casa.
Pero antes de que Liora pudiera responder, Helena levantó uno de los extractos.
—Eso no encaja —dijo—. La hipoteca de vuestra casa está al día.
Susan apretó los labios.
Helena señaló el nombre parcial del destinatario del pago.
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—Y esa deuda no pertenece a Daniel.
Pertenece a Corbin.