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Capítulo 02 - La hermana que nadie nombraba

Chapter 02 - Capítulo 02 - La hermana que nadie nombraba

Liora leyó el mensaje cuatro veces bajo la marquesina de una parada de autobús. El número tenía prefijo de otro estado. Pensó en una estafa, en una broma de Corbin o en alguna pariente que hubiera presenciado la escena y quisiera añadir su propia versión del desastre.

Escribió: «¿Quién eres?».

La respuesta llegó antes de que pudiera guardar el teléfono.

«Rebecca. La hermana de tu madre».

Liora conocía ese nombre, pero solo como se conocen las habitaciones cerradas de una casa: por la curiosidad que despiertan y por el miedo que los adultos ponen alrededor. Susan decía que Rebecca era inestable, resentida y experta en aparecer cuando olía dinero. No había fotografías suyas en el salón. No se la mencionaba en Navidad. La última vez que Liora preguntó por ella, su padre dijo que algunas familias sobrevivían gracias a la distancia.

El autobús se detuvo frente a ella. Subió sin saber hacia dónde iba y se sentó junto a la ventana.

«¿Cómo tienes mi número?», escribió.

«Tu abuela me lo dejó junto con una copia del fideicomiso. ¿Estás sola?»

Liora miró la maleta entre sus rodillas.

«Sí».

Media hora después, Rebecca le envió la dirección de un pequeño taller de arreglos en la zona antigua de la ciudad. El local se llamaba Segundo Hilo y ocupaba la planta baja de una casa estrecha de ladrillo. En el escaparate había un vestido de novia sin terminar, una chaqueta de terciopelo verde y un cartel escrito a mano: NO ARREGLAMOS VIDAS, SOLO COSTURAS.

Rebecca abrió la puerta antes de que Liora llamara.

Tenía cincuenta y ocho años, el cabello oscuro mezclado con canas y unas gafas colgadas del cuello. No se parecía a Susan salvo en la forma de apretar los labios cuando estaba nerviosa.

—Has crecido —dijo.

Era una frase absurda para alguien que no la veía desde que tenía cuatro años, pero Liora no encontró fuerzas para señalarlo.

Rebecca cogió la maleta sin pedir permiso y la condujo a la trastienda. Había una mesa grande cubierta de patrones, una tetera y un sofá que parecía haber recibido a más personas rotas de las que admitía el cartel.

—Puedes quedarte arriba —explicó—. Hay un cuarto. No es bonito, pero la puerta cierra.

—No he venido para quedarme.

—Bien. Las personas que dicen eso suelen necesitar una almohada.

Le sirvió té. No preguntó si Liora había llorado. Tampoco la abrazó. Esa prudencia le resultó más amable que todos los gestos de consuelo que había recibido durante la tarde.

Rebecca sacó una carpeta azul de un armario.

—Tu abuela Evelyn creó un fideicomiso educativo cuando tú tenías nueve años. El dinero procedía de la venta de unas tierras que heredó de su padre. Daniel quedó como administrador, pero no como propietario.

Liora abrió la carpeta. Reconoció la firma temblorosa de su abuela y el sello de un despacho jurídico.

—¿Entonces no podían usarlo?

—Solo para gastos educativos tuyos. Matrícula, alojamiento, libros, transporte. Nada relacionado con Corbin.

—Mi padre dijo que era dinero de la familia.

—Tu padre dice muchas cosas cuando necesita que una mentira parezca una costumbre.

Liora alzó la vista.

—¿Por qué tienes esto?

Rebecca se sentó enfrente.

—Porque Evelyn no confiaba del todo en Susan. Y porque, antes de morir, descubrió que tu madre había intentado convencerla de cambiar el beneficiario.

Liora sintió un frío lento en el estómago.

—¿Poner a Corbin?

—Dividirlo entre los dos. Evelyn se negó. Dijo que a Corbin ya le habían pagado una universidad privada, un coche y dos rescates financieros. Quería que tú tuvieras una puerta que nadie pudiera cerrar.

Rebecca pasó varias páginas hasta llegar a una cláusula subrayada.

—Para retirar más de diez mil dólares, hacía falta tu consentimiento al cumplir dieciocho años.

—Cumplí dieciocho en mayo.

—¿Firmaste algo?

Liora recordó una tarde de junio. Su padre le había pedido que actualizara documentos «para facilitar el pago de la matrícula». Había un enlace, un código y una pantalla llena de texto. Firmó desde el móvil mientras estaba en el trabajo.

—Quizá.

Rebecca no la culpó. Eso casi la hizo llorar.

—Necesito ver exactamente qué firmaste.

Liora abrió su correo. Buscó el mensaje de Daniel. El enlace ya no funcionaba, pero encontró un archivo adjunto con un título genérico: AUTORIZACIÓN DE DESEMBOLSO.

La primera página parecía normal. En la segunda, un párrafo autorizaba ochenta y cuatro mil dólares para «gastos educativos y de desarrollo profesional vinculados al beneficiario».

—Eso no dice nada de Corbin —murmuró.

—No. Pero mira la última página.

La firma digital de Liora aparecía junto a una casilla que ella no recordaba haber marcado. Debajo figuraba una dirección de correo distinta a la suya, creada con su nombre completo y un número.

Rebecca hizo una fotografía.

—Esto puede ser fraude.

—¿Puede?

—La ley tiene la desagradable costumbre de exigir pruebas incluso cuando la traición es evidente.

El móvil de Liora comenzó a sonar. MAMÁ.

No respondió.

Llegó un mensaje de Corbin: «Estás haciendo sufrir a mamá. Vuelve y solucionaremos lo de los préstamos».

Después otro: «Y no hables con Rebecca. Está enferma».

Liora enseñó la pantalla.

Rebecca soltó una risa sin humor.

—Ahí está. La familia tarda años en ignorarte y diez minutos en temer lo que puedas contar.

Esa noche, Liora durmió en el cuarto de arriba, entre cajas de botones y rollos de tela. A las dos de la madrugada la despertó el sonido de la impresora del taller.

Bajó y encontró a Rebecca frente al ordenador, pálida.

—He revisado los movimientos del fideicomiso —dijo—. El dinero no fue directamente a la empresa de tu hermano.

—¿Adónde fue?

Rebecca giró la pantalla.

La transferencia había terminado en una sociedad llamada ELM RIDGE CONSULTING. El propietario registrado no era Corbin.

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Era Daniel Hale, su padre.

Y la empresa había sido creada tres semanas antes de que Liora firmara aquel documento.

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