Capítulo 06 - Las cartas que Vincent escondió

Chapter 06 - Capítulo 06 - Las cartas que Vincent escondió
Vincent se quitó la chaqueta y la dejó sobre una silla.
Fue un gesto pequeño, pero Clara recordó que hacía lo mismo antes de conducirla a Saint Orla. Se preparaba para un trabajo.
—Conocí a Beatrice después del traslado —dijo—. Ella me encontró.
—¿Cuándo? —preguntó Clara.
—Dos semanas después de que entraras en la clínica.
Beatrice explicó que buscó al conductor del coche porque era el único empleado externo. Lo siguió hasta un aparcamiento y lo enfrentó.
—Le mostré fotografías de tus cicatrices —dijo—. Las había tomado una enfermera que intentó ayudarte.
Clara sintió que la habitación se alejaba.
—¿Tenías fotografías y no fuiste a buscarme?
Vincent habló.
—Entré en Saint Orla una noche. Quería sacarte.
—No lo hiciste.
—Te habían trasladado.
Richard movía a Clara entre edificios cada vez que sospechaba una intervención. Vincent continuó buscando. En ese proceso descubrió a otras mujeres y contactó con Marco.
—¿Por qué nunca me dijiste nada después? —preguntó Damen.
—Porque Vittorio tenía informantes en tu casa. Marco no confiaba ni siquiera en ti al principio.
Damen aceptó la frase con dolor.
Beatrice sacó varias cartas.
Clara las había escrito desde Saint Orla: mensajes cortos, algunos apenas legibles, dirigidos a su madre, a Beatrice y a una tía llamada Ruth.
—Nunca salieron de la clínica —dijo Beatrice—. Vincent las recuperó años después.
Clara tomó una.
«Mamá, si estás viva, no vengas. Papá dice que te pondrá en la habitación de al lado».
La letra era suya.
No recordaba haberla escrito.
—¿Por qué las escondiste? —preguntó a Vincent.
—Porque demostraban que Richard conocía la supervivencia de Elena. Pensé que si él sabía que las teníamos, destruiría las otras pruebas.
—Eran mías.
—Sí.
—No tenías derecho.
—No.
Vincent no pidió comprensión.
Eso hizo más difícil odiarlo de manera sencilla.
Helena organizó los documentos por fecha. Las cartas revelaban nombres de enfermeras, horarios y medicamentos. Algunas coincidían con pagos de Hastings Medical.
Beatrice guardaba además un libro mayor original firmado por Richard y Vittorio. Detallaba transferencias a Saint Orla y San Giacomo.
—Esto puede llevarlos a prisión —dijo Helena.
—Si permanece entero —respondió Beatrice.
Había arrancado las últimas seis páginas.
Clara la miró.
—¿Dónde están?
—En un lugar seguro.
—¿Por qué?
—Porque contienen los nombres de mujeres que aceptaron acuerdos para proteger a sus hijos. Publicarlas podría destruirlas otra vez.
Clara comprendió el dilema.
Las pruebas podían exponer a las víctimas junto con los culpables.
—Necesitamos sus permisos —dijo.
Beatrice asintió.
—Eso intentaba explicar a Marco. Él quería entregarlo todo.
Damen miró el cuaderno de su hermano.
—Marco habría protegido los nombres si hubiera tenido tiempo.
—Quizá —dijo Beatrice—. También estaba lleno de rabia. La rabia hace que los hombres confundan verdad con detonación.
Damen no respondió.
Una de las cartas estaba dirigida a él.
Marco la escribió la noche antes de morir.
«Damen, si conviertes esto en una guerra entre apellidos, perderás de vista a las personas. Hastings es culpable, pero Vittorio construyó el sistema. No uses a Clara. Es la única persona que puede romperlo sin reemplazar un dueño por otro».
Damen leyó de pie.
Clara observó cómo la culpa le cambiaba el rostro.
—Tu hermano sabía lo que harías.
—Conocía mi peor parte.
—Y aun así te dejó una posibilidad de elegir.
Damen dobló la carta.
—Ya elegí mal.
—Entonces no conviertas el arrepentimiento en otra forma de pedir que te cuidemos.
Beatrice miró a Clara con algo parecido a orgullo.
Esa noche, Helena preparó solicitudes de protección para Elena, Beatrice y varias antiguas pacientes. Sofia coordinó nuevos análisis médicos.
Damen durmió en una habitación de invitados en la librería. Clara permaneció despierta leyendo sus propias cartas.
A las cuatro de la madrugada encontró una que no recordaba haber enviado.
Estaba dirigida a Richard.
«Firmaré lo que quieras si prometes no hacerle daño a Damen Rossi».
La fecha era de seis años atrás.
Clara nunca había conocido a Damen entonces.
En la parte inferior había una nota del doctor Vale:
«La implantación del recuerdo ha funcionado. La paciente ya responde emocionalmente al nombre indicado».
Clara sintió náuseas.
Vale no solo había intentado hacerla olvidar.
Había construido recuerdos falsos alrededor de Damen antes de que él entrara en su vida.
—¿Por qué? —preguntó en voz alta.
Beatrice apareció en la puerta.
Al ver la carta, perdió el color.
—Porque Richard y Vittorio planeaban este matrimonio desde que eras adolescente.
Clara levantó la vista.
—¿Y tú lo sabías?
Beatrice cerró los ojos.
—Sabía que querían vincularte a un Rossi. No sabía cuál.
—Otra verdad que decidiste guardar.
Beatrice asintió.
—Sí.
En la planta baja sonó un cristal roto.
Vincent bajó primero.
La puerta trasera estaba abierta.
Las seis páginas arrancadas del libro mayor habían desaparecido.
Y sobre la mesa alguien había dejado el anillo de boda de Clara, aunque ella lo llevaba todavía puesto.
Damen quiso trasladar a Beatrice a una propiedad vigilada. Ella rechazó la oferta antes que Clara. —He pasado demasiado tiempo protegida por hombres que elegían las llaves —dijo. Finalmente aceptó un apartamento federal donde firmó personalmente cada permiso. Clara vio cómo una mujer de setenta años empezaba a practicar una libertad que nunca había aprendido.
La policía comprobó que la ventana se rompió desde dentro. El intruso había usado una llave de la puerta lateral.
Beatrice poseía cuatro copias. Una había pertenecido a Marco. Otra estaba con Ruth.
Clara observó los dos anillos bajo la lámpara. El transmisor seguía enviando una señal débil.
—Podemos usarlo como trampa —propuso Vincent.
—No hasta saber quién quedará atrapado —respondió ella.
Entre los cristales encontraron parte de una etiqueta de equipaje de Montreal con una hora y un número de hotel.
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Minutos después llegó el vídeo de Ruth. Pronunció el nombre de Beatrice no como el de una antigua criada, sino como el de una madre que había permitido que otra familia la criara.
Y por primera vez, Beatrice tuvo que esperar una conversación cuyo resultado no podía controlar.