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Capítulo 12 - La última discusión de los hermanos

Chapter 12 - Capítulo 12 - La última discusión de los hermanos

El vídeo estaba fechado seis horas antes de la muerte de Marco.

Damen pidió detenerlo.

Clara sostuvo el mando.

—¿Quieres que lo apague?

Él tardó.

—No.

Marco explicó que había citado a Damen en un almacén. Quería mostrarle pruebas contra Vittorio. Damen llegó furioso, convencido de que su hermano estaba trabajando para Richard.

La cámara de seguridad del almacén había grabado parte de la discusión.

En el vídeo, Damen empujaba una carpeta fuera de la mesa.

—Vittorio nos dio todo después de la muerte de papá —decía—. No voy a destruir a nuestra familia por las teorías de Hastings.

Marco respondía:

—No te pido que me creas. Te pido que mires.

Damen se marchó sin abrir la carpeta.

—Esa fue la última vez que lo vi —dijo en la sala.

—¿Por qué dijiste que estaba allí cuando moriste? —preguntó Clara al vídeo, aunque sabía que no podía responder.

Marco lo hizo.

—Damen no manipuló mi moto. Pero dije a Vittorio que mi hermano ya tenía una copia de las pruebas. Pensé que eso me protegería. En realidad, lo convirtió en la siguiente pieza del plan.

Vittorio no podía matar también a Damen sin perder control del patrimonio Rossi. En cambio, utilizó la culpa y la rabia para dirigirlo contra Hastings.

—Mi hermano no me mató —continuó Marco—. Pero eligió no mirar cuando todavía podía ayudarme. Si algún día reconoce eso sin pedir que lo perdonen, quizá haya empezado a ser el hombre que yo sabía que podía ser.

El vídeo terminó.

Damen permaneció sentado.

—Nunca conté la discusión —dijo—. Dejé que todos creyeran que Marco y yo estábamos unidos hasta el final.

—¿Por vergüenza?

—Porque si admitía que no lo escuché, su muerte también se convertía en una decisión mía.

Clara pensó en Beatrice, Ruth, Sofia, Vincent y ella misma. Todos cargaban decisiones que no causaron por sí solas el daño, pero hicieron posible que continuara.

—No manipulaste los frenos —dijo—. No confundas responsabilidad con autoría.

Damen levantó la vista.

—¿Eso me defiende?

—No. Lo precisa.

La audiencia comenzó al día siguiente.

Richard apareció esposado, pero vestido con un traje impecable. Sus abogados insistieron en que la detención había influido emocionalmente en Clara y que ella actuaba bajo control de Damen.

Clara declaró durante cuatro horas.

Habló de Saint Orla, de los medicamentos, de las cicatrices sin mostrarlas y de la boda. También admitió que grabó conversaciones y ocultó la cláusula del testamento para protegerse.

—¿Engañó a su padre? —preguntó el abogado.

—No le entregué información que él habría usado para encerrarme.

—¿Eso no es manipulación?

—Es supervivencia.

—¿Se considera completamente sana?

Clara miró a la jueza.

—Me considero una persona que merece derechos aunque necesite terapia.

La sala quedó en silencio.

Elena declaró por vídeo. Reconoció a Richard y describió el funeral falso.

—¿Puede asegurar que sus recuerdos son fiables? —preguntó el abogado.

—No todos.

—Entonces ¿por qué deberíamos creerla?

Elena sostuvo la cámara.

—Porque existen cuentas, firmas, fotografías y personas que recuerdan partes distintas. La verdad no depende de que mi mente haya salido intacta de lo que hicieron.

Richard evitó mirarla.

La jueza rechazó la petición de incapacidad de Clara y ordenó congelar el control de Richard sobre las acciones. Nombró un administrador temporal independiente hasta resolver el testamento.

Fue una victoria.

No duró una hora.

Al salir del tribunal, la fiscal llamó a Helena.

Vale había desaparecido de la casa donde cumplía arresto domiciliario.

En su habitación dejó una nota:

«Vittorio no dirige el sistema. Elena sí lo creó».

Clara sintió cómo la victoria se convertía otra vez en duda.

Su madre había contado que descubrió las clínicas.

Vale afirmaba que ella las había diseñado.

Y en el archivo adjunto había un contrato con la firma auténtica de Elena.

Después de la audiencia, una joven se acercó a Clara en el baño del tribunal. Su madre también había sido declarada inestable durante un divorcio. No pidió ayuda ni consejo. Solo dijo: —Gracias por admitir que tiene dudas. Clara comprendió que parecer invulnerable habría ofrecido una victoria más bonita, pero una verdad menos útil.

La firma de Elena apareció en televisión antes de que ella pudiera declarar. Los titulares la llamaron arquitecta de Saint Orla.

Clara se sentó frente a su madre.

—No mentiré para protegerte.

—No quiero que lo hagas.

Elena contó la primera retención injusta: Lillian pidió marcharse; Vale recomendó setenta y dos horas. Richard consiguió después una orden privada y la mujer permaneció seis meses.

—¿La buscaste?

—Al principio. Luego me convencí de que los médicos sabían más.

Clara sintió el dolor particular de descubrir que su madre había sido valiente y cobarde en la misma historia.

Elena firmó una declaración completa y pidió encontrar a Lillian.

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Horas después, la jueza reconoció la capacidad de Clara. No hubo tiempo para celebrar.

La nota de Vale transformó la victoria en una pregunta: ¿podía exigir la verdad a todos y conservar para Elena una versión incompleta?

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