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Capítulo 01 - Las cicatrices bajo el encaje

Chapter 01 - Capítulo 01 - Las cicatrices bajo el encaje

La música de la recepción llegaba amortiguada desde el piso inferior, como si la mansión entera respirara detrás de las paredes.

Clara Hastings permanecía de espaldas a Damen Rossi, junto al espejo alto del dormitorio. El velo caía sobre uno de sus hombros y la cremallera del vestido estaba abierta hasta la cintura. No porque ella hubiera querido desvestirse, sino porque llevaba varios minutos intentando liberar el encaje que le cortaba la respiración.

Damen había entrado sin llamar.

Seguía vestido de negro, aunque se había quitado la chaqueta. Las mangas de la camisa estaban arremangadas y los tatuajes de su antebrazo parecían más oscuros bajo la luz cálida del candelabro.

Durante toda la ceremonia, Clara había sentido sus ojos sobre ella.

No como los de un hombre enamorado.

Como los de alguien que contempla una deuda finalmente cobrada.

—Mañana hablaremos de las condiciones —dijo él—. Esta noche no quiero más escenas.

Clara no respondió.

Había aprendido hacía años que el silencio podía ser una pared, pero también una jaula.

Levantó las manos para subir el vestido. El movimiento dejó al descubierto su espalda.

Damen se quedó inmóvil.

Las cicatrices no eran recientes. Algunas eran líneas finas, otras manchas pálidas que cruzaban la piel desde los omóplatos hasta la cintura. Ninguna mostraba sangre ni heridas abiertas. Eran recuerdos cerrados por fuera y todavía vivos por dentro.

—¿Quién te hizo esto?

La voz de Damen perdió el tono de amenaza.

Clara apretó el tejido contra el pecho.

—No importa.

—Te he hecho una pregunta.

Ella se volvió apenas. Tenía el rostro pálido, los labios sin color y los ojos oscuros de cansancio.

—Mi padre se aseguró de que nadie me creyera.

Damen miró las cicatrices otra vez.

Había pasado meses imaginando a Clara como la hija protegida de Richard Hastings: una mujer educada en colegios privados, rodeada de dinero y dispuesta a casarse con quien salvara el apellido familiar. El acuerdo decía que ella aportaría sus acciones. Él cancelaría una deuda. Richard conservaría la empresa.

Nunca se preguntó qué había ocurrido dentro de aquella casa antes de que la deuda llegara a su escritorio.

—Tu padre te vendió para ocultar lo que hizo —dijo.

Clara soltó una risa breve y amarga.

—Y tú me compraste para castigarlo.

La frase dio en el centro.

Damen acercó una mano al hombro descubierto. Clara retrocedió por instinto.

Él se detuvo.

Después tomó el borde del vestido sin tocar su piel y lo subió con cuidado.

—No voy a hacerte daño.

—Eso dicen los hombres cuando quieren que una mujer deje de protegerse.

Damen apretó la mandíbula.

—No soy tu padre.

—No. Mi padre nunca fingió que esto era una boda.

Un golpe fuerte sonó en la puerta.

Clara se estremeció.

Damen se volvió de inmediato.

Vincent apareció al otro lado. Tenía cuarenta años, el traje oscuro impecable y una expresión que rara vez mostraba urgencia.

—Jefe, Hastings está abajo. Quiere recuperar a su hija.

Clara sintió que el vestido se le escapaba de las manos.

Damen dio un paso y se colocó entre ella y la puerta.

—Entonces debió protegerla antes que yo.

Vincent no se movió.

—No viene solo. Trae a un juez retirado, dos abogados y un médico.

Clara cerró los ojos.

Conocía al médico.

El doctor Adrian Vale había firmado los informes que la declaraban emocionalmente inestable cada vez que intentaba denunciar a Richard.

—Quiere llevarme a Saint Orla —susurró.

Damen la miró.

—¿Qué es Saint Orla?

—Una clínica privada. En los papeles parece un centro de descanso.

—¿Y en realidad?

Clara sostuvo su mirada.

—El lugar donde mi padre enviaba a las mujeres que podían hablar.

Damen observó a Vincent.

—Cierra las puertas.

—Ya lo hice.

—Retira al personal del vestíbulo.

—También.

Vincent miró a Clara.

—Pero hay algo más. Richard afirma que este matrimonio es inválido porque la novia carecía de capacidad para consentir.

Clara sintió una presión antigua en la garganta.

El mismo argumento. La misma palabra convertida en arma: incapaz.

Damen extendió la mano.

—¿Puedes caminar?

Ella miró sus dedos.

No los tomó.

—Puedo bajar sola.

—No te he preguntado si necesitas que te cargue.

Clara levantó la barbilla.

—Entonces no vuelvas a colocarte delante de mí como si fueras mi dueño.

Damen apartó el cuerpo de la puerta.

—Bien. Baja a mi lado.

Clara se cubrió los hombros con una bata de seda. Se quitó el velo, lo dejó sobre la cama y salió.

Mientras avanzaban por el corredor, el ruido de la recepción se apagó. Los músicos habían dejado de tocar. Los invitados permanecían reunidos en el salón, observando a Richard Hastings junto a la chimenea.

El padre de Clara llevaba un traje gris, el cabello perfectamente peinado y la expresión de un hombre ofendido por tener que reclamar algo que consideraba suyo.

A su lado estaba el doctor Vale.

Richard abrió los brazos.

—Clara, ven conmigo.

Ella se detuvo en el último escalón.

—No.

El rostro de su padre no cambió.

—Estás confusa. Este hombre te ha presionado.

Damen giró la cabeza hacia ella. Esperaba quizá que negara el acuerdo, que dijera que la habían arrastrado al altar.

Clara respiró despacio.

—Los dos me presionasteis.

El salón entero quedó en silencio.

—Pero solo uno de vosotros me encerró durante años —añadió.

Richard sonrió con tristeza ensayada.

—¿Ves? Está repitiendo fantasías.

El doctor Vale levantó una carpeta.

—Tenemos una orden médica provisional.

Vincent se acercó para tomarla.

Clara introdujo la mano en el bolsillo de la bata y sacó un pequeño dispositivo negro.

Pulsó un botón.

La voz de Richard llenó el salón desde los altavoces del sistema de música.

«Firmarás el matrimonio, Clara. Después de la ceremonia, Rossi recibirá las acciones y yo me aseguraré de que tú vuelvas a Saint Orla antes de que puedas hablar».

Los invitados se removieron.

Richard perdió el color.

Clara sostuvo el dispositivo.

—Esta vez traje mi propia memoria.

Pero la grabación continuó.

Y la voz siguiente no era la de Richard.

Era la de Damen.

«No me importa lo que ocurra con ella después de la transferencia. Quiero las acciones antes de medianoche».

Clara volvió la mirada hacia su marido.

La protección que había creído ver en él duró menos de una hora.

Afuera, el cuarteto seguía sosteniendo una nota que nadie se atrevía a terminar. Una joven camarera retiró discretamente la copa de Clara y la dejó aparte, como si aquel pequeño gesto pudiera devolverle algo de dignidad. Clara lo vio y comprendió que no todos los testigos eran cómplices por igual: algunos estaban paralizados, otros calculaban, y unos pocos empezaban por fin a moverse.

Clara no apartó la mirada. En Damen no apareció la indignación de un hombre falsamente acusado, sino el recuerdo exacto del momento en que había pronunciado aquellas palabras. Richard sonrió, convencido de haber recuperado ventaja.

—¿Lo ves? —dijo—. Para él solo eres una garantía con vestido.

—No uses su culpa para esconder la tuya —respondió Clara.

Después miró a los invitados: consejeros, médicos y amistades que durante años aceptaron las explicaciones de Richard porque eran más cómodas que sus silencios.

—La recepción ha terminado. Quien siga aquí estará eligiendo qué celebra.

Damen abrió la boca. Clara le impidió convertir la escena en una disculpa pública.

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—La grabación es auténtica —admitió él al final.

Y aquella verdad, pronunciada sin defensa, dejó a los dos hombres que habían negociado su vida frente a la misma acusación.

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