Capítulo 03 - El conductor de la clínica

Chapter 03 - Capítulo 03 - El conductor de la clínica
Vincent no mintió cuando Clara lo señaló.
—Sí —dijo—. Yo conducía.
Damen lo miró como si hubiera hablado en otro idioma.
—Explícate.
La policía había llevado a Richard y al doctor Vale para interrogarlos, aunque ninguno quedó detenido aquella noche. Los invitados se marcharon. Las flores del salón comenzaron a inclinarse bajo el calor y una copa permanecía intacta junto al lugar vacío de Clara.
Helena pidió que todos se reunieran en la biblioteca.
Clara se sentó cerca de la puerta.
No quería verse rodeada.
Vincent permaneció de pie.
—Hace ocho años trabajaba para Orsini Security —dijo—. Richard Hastings era cliente. Me ordenaron trasladar a una joven a una clínica privada.
—Yo tenía dieciocho —respondió Clara.
—Lo sé ahora.
—Lo sabías entonces.
Vincent tragó saliva.
—Sabía tu edad. No sabía que te llevaban contra tu voluntad.
Clara recordó el coche negro, el cristal oscuro y la correa que bloqueaba la puerta desde fuera.
—Golpeé la ventana durante veinte minutos.
—Me dijeron que habías intentado hacerte daño y que no debía abrir.
—¿Y cuando te pedí que llamaras a mi tía?
Vincent cerró los ojos.
—No lo hice.
Damen apoyó ambas manos sobre el escritorio.
—¿Por qué nunca me lo contaste?
—Porque cuando entré a trabajar contigo, no sabía que la hija de Hastings era ella. La vi por primera vez claramente esta tarde, en la ceremonia.
—Mentira —dijo Clara.
Vincent la miró.
—Te reconocí por la cicatriz pequeña debajo de la oreja. Pero no estaba seguro hasta que mencionaste Saint Orla.
Clara tocó la marca sin darse cuenta.
—¿Cuánto te pagó mi padre?
—Mil quinientos dólares por el traslado.
—¿Y cuánto vale tu culpa ahora?
El rostro de Vincent se endureció.
—Más de lo que puedo pagar.
Helena intervino.
—¿Volvió a trabajar para Hastings después?
—Dos veces. Trasladé documentos. Una vez llevé al doctor Vale a la clínica.
—¿Qué documentos? —preguntó Damen.
—Expedientes de pacientes y registros de pagos. Después descubrí que varias mujeres no estaban allí por motivos médicos.
Clara sintió frío.
—¿Qué hiciste?
—Copié una lista de nombres y se la entregué a Marco.
Damen quedó inmóvil.
Marco Rossi era su hermano menor. Murió cinco años atrás en un accidente de motocicleta, después de pasar meses investigando negocios de Hastings Medical.
—Nunca dijiste de dónde salió la lista —murmuró Damen.
—Porque me implicaba.
—Me dejaste pensar que Marco la consiguió solo.
—Él me pidió que callara. Quería protegerme como fuente.
Damen rodeó el escritorio.
—Mi hermano murió siguiendo esa lista.
Vincent no retrocedió.
—Lo sé.
La ira de Damen llenó la habitación, pero no levantó la mano. Clara observó la lucha en su rostro. Había esperado violencia. Encontrar contención la desconcertó más.
—¿El accidente fue provocado? —preguntó Helena.
Vincent sacó una llave de seguridad del bolsillo.
—Marco creía que sí. Tres días antes de morir, dejó esto en una consigna y me envió el número. Nunca la abrí.
Damen lo miró con incredulidad.
—¿Cinco años?
—Si la abría, Hastings sabría que yo era la fuente.
—Y mientras tanto me ayudaste a preparar una boda para robar las acciones de su hija.
Vincent aceptó el golpe sin defenderse.
—Creí que controlar las acciones nos permitiría abrir los archivos.
Clara se levantó.
—Todos los hombres de esta habitación tienen una explicación para decidir sobre mi vida sin preguntarme.
Helena la miró.
—Tiene razón.
Damen tomó la llave, pero Clara extendió la mano.
—Es información sobre mi familia y sobre mujeres encerradas como yo.
—También sobre la muerte de mi hermano.
—Entonces iremos juntos.
Damen dejó la llave en su palma.
—Juntos.
La consigna estaba en una estación antigua al norte de la ciudad. Helena consiguió una orden para abrirla en presencia de un investigador privado y un notario.
Dentro había una caja metálica.
Contenía una cámara, un cuaderno de Marco y una memoria cifrada. También había una fotografía de Elena Hastings tomada dos años después de su supuesta muerte.
Clara se sentó en el suelo de la pequeña sala del banco.
Su madre aparecía saliendo de Saint Orla, acompañada por dos enfermeras.
—Está viva —susurró.
La fecha impresa no dejaba lugar a dudas.
Helena tomó la fotografía con guantes.
—Podría haber muerto después.
Clara negó.
—Mi padre dijo que murió en la terraza. Hubo un funeral.
Damen abrió el cuaderno de Marco.
En la primera página había una frase:
«Elena Hastings no murió. Richard necesitaba que todos creyeran que sí para controlar sus acciones y mantenerla fuera de la vista».
Clara sintió que el aire de la sala se hacía demasiado pequeño.
Marco había seguido pagos realizados desde Hastings Medical a una mujer registrada como Eleanor Hale. El dinero cubría alojamiento, medicación y vigilancia en una clínica de Maine.
—¿Sigue allí? —preguntó Damen.
Helena buscó la dirección.
La clínica había cerrado hacía tres años.
El registro de Eleanor Hale terminaba el mismo día.
—¿Dónde fue después?
El cuaderno señalaba una transferencia a la Fundación San Giacomo.
Damen conocía el nombre.
Era una institución financiada por su tío Vittorio Rossi.
Clara lo miró.
—Tu familia también la tenía.
Damen negó lentamente.
—Yo no sabía nada.
—Eso dijiste sobre Vincent.
La memoria cifrada requería una contraseña. Marco había dejado una pista: «La promesa que Damen rompió el día del funeral».
Damen se quedó pálido.
Clara esperó.
—Prometí a Marco que nunca haría negocios con Vittorio —dijo.
—¿Y lo hiciste?
—Acepté su dinero para comprar la deuda de tu padre.
Helena cerró el cuaderno.
El matrimonio no había unido a dos familias enemigas.
Había completado un plan que empezó antes de que Clara supiera que Damen existía.
En el banco, Damen intentó llamar a su tío. Clara le pidió que no lo hiciera hasta copiar los archivos. Él guardó el teléfono. La antigua versión de Damen habría exigido una confrontación inmediata; la espera le resultó casi física. Clara observó que aprender a no actuar también podía ser una forma de valentía, aunque todavía no fuera suficiente para confiar.
En la cámara de Marco había una fotografía de Clara a los dieciocho años, sentada frente a Saint Orla con una pulsera médica. Marco aparecía reflejado en un cristal, a pocos metros.
El pie de foto decía: «Si hablo con ella hoy, Vale la trasladará. Primero necesito una orden».
—Podía haberme dicho que alguien estaba buscando —murmuró Clara.
Damen no defendió a su hermano.
—Marco creía que la prueba perfecta salvaría a todos.
—Mientras la reunía, yo seguía dentro.
—Sí.
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Bajo la espuma de la caja encontraron una nota: «No confiar en Vittorio. No confiar en la rabia de Damen».
Damen leyó su nombre sin protestar. Clara llevó la caja al salir. Sobre sus rodillas descansaba la fotografía de Elena, y debajo de la fecha Marco había escrito una sola palabra: «Viva».