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Capítulo 04 - La deuda que nunca fue de Richard

Chapter 04 - Capítulo 04 - La deuda que nunca fue de Richard

La contraseña funcionó.

La memoria contenía contratos, correos y grabaciones. Marco Rossi había organizado todo por fechas, con una precisión que volvió más dolorosa su ausencia.

La deuda de Richard Hastings con Damen no era un préstamo ordinario.

Vittorio Rossi había comprado bonos de Hastings Medical a través de empresas pantalla. Después provocó su vencimiento anticipado y ofreció a Damen la posibilidad de adquirirlos con descuento.

—Me dijo que era una oportunidad para hacer caer a Hastings —explicó Damen.

—Te dio exactamente la herramienta que necesitabas para obligarme a casarme —respondió Clara.

—No sabía que tú eras el objetivo inicial.

—Pero aceptaste que lo fuera al final.

Damen no discutió.

En un correo, Vittorio escribía a Richard:

«La hija debe transferir sus acciones antes de cumplir veintisiete. El matrimonio con Damen garantiza control y evita que Elena reaparezca como titular sustituta».

Clara leyó la frase dos veces.

Cumpliría veintisiete en cuatro meses.

El testamento de su madre debía activar algo en esa fecha.

Helena revisó los anexos.

—Aquí está.

Si Clara alcanzaba los veintisiete años sin haber transferido voluntariamente sus acciones, la representación temporal de cualquier paquete perteneciente a Elena pasaría a ella. Richard perdería el control sobre casi el sesenta por ciento de Hastings Medical.

—Por eso tenía prisa —dijo Clara.

—Y por eso Vittorio diseñó el matrimonio —añadió Damen.

Vincent permanecía junto a la pared.

—Marco descubrió que Vittorio y Richard eran socios, no enemigos.

Damen apretó las manos.

Durante años había culpado a Richard de la muerte de su hermano. Vittorio alimentó aquella certeza, le entregó nombres, cuentas y una deuda que parecía permitirle vengarse.

—¿Richard mató a Marco? —preguntó.

La memoria contenía un informe mecánico. Los frenos de la motocicleta habían sido manipulados.

El pago al taller salió de una empresa de seguridad vinculada a Vittorio.

No era prueba definitiva de quién dio la orden, pero destruía la historia que Damen había construido.

Clara observó su rostro.

—Tu tío utilizó tu dolor.

—Sí.

—Como tú utilizaste mi miedo.

Damen levantó la mirada.

—Sí.

La ausencia de excusas la dejó sin un lugar claro donde colocar la rabia.

Helena continuó.

Había correos entre el doctor Vale y la Fundación San Giacomo sobre una paciente llamada E.H. Presentaba pérdida de memoria, episodios de confusión y miedo intenso al apellido Hastings.

—Podría ser mi madre.

—También puede ser un señuelo —dijo Vincent.

Clara lo miró con dureza.

—No necesito que me protejas de la esperanza.

—No intento protegerte. Intento que no corramos hacia una dirección preparada por Vittorio.

Damen llamó a su hermana Sofia Rossi, médica internista y una de las pocas personas de la familia que nunca trabajó con Vittorio. Le pidió revisar los archivos clínicos.

Sofia llegó al amanecer.

Tenía treinta y nueve años, cabello negro recogido y una forma directa de mirar a su hermano.

—Te casaste sin avisarme —dijo.

—No era una boda familiar.

—Eso veo.

Clara le entregó las fotografías.

Sofia estudió los medicamentos registrados.

—Estas dosis pueden provocar confusión, somnolencia y dependencia. Pero hay algo raro. Dos fármacos se contradicen. Nadie competente los administraría juntos durante años.

—¿Para qué serviría? —preguntó Clara.

—Para que la paciente parezca más enferma de lo que está.

El mismo método utilizado con ella.

Clara se sentó.

Sofia se acercó sin tocarla.

—¿Quieres que busque a Elena?

—Quiero saber la verdad.

—No siempre son lo mismo al principio.

La fundación San Giacomo tenía tres residencias. Una en Maine, otra en Connecticut y una tercera en Italia. Los registros indicaban que Eleanor Hale fue trasladada a Connecticut.

Damen organizó un equipo legal y médico independiente. Clara puso condiciones: ninguna entrada armada, ninguna decisión sin su consentimiento y ninguna conversación con la paciente sin una terapeuta.

—Aceptado —dijo Damen.

—No lo digas tan rápido.

—¿Por qué?

—Porque aceptar límites cuando te convienen no demuestra que sepas respetarlos.

Sofia ocultó una sonrisa breve.

Llegaron a la residencia a media tarde.

El edificio parecía un hotel tranquilo, rodeado de pinos. La directora negó conocer a Eleanor Hale.

Helena mostró una orden judicial.

Después de dos horas de revisión, encontraron una habitación sin nombre en el ala cerrada.

Clara entró primero.

Una mujer de cincuenta y ocho años estaba sentada junto a la ventana, bordando flores blancas sobre una tela. Tenía el cabello gris y el perfil de Elena.

Clara no pudo moverse.

—Mamá.

La mujer levantó la vista.

Sus ojos se llenaron de miedo.

—No —dijo—. Clara murió hace doce años.

Sofia pidió muestras de sangre y cabello de Elena antes de que la residencia pudiera alegar otra crisis. La mujer aceptó solo cuando Clara le mostró que la aguja permanecía sellada. Aquel consentimiento pequeño, dado después de una explicación clara, hizo llorar a Clara más que el reencuentro. Era la primera decisión médica de Elena que alguien parecía dispuesto a esperar.

La directora de la residencia mostró autorizaciones firmadas por una tutora fallecida cuatro años atrás. Nadie pudo explicar quién renovó después el tratamiento de Eleanor Hale.

Clara reconoció el olor del pasillo: lavanda y desinfectante, igual que Saint Orla. Por un instante recordó bandejas de pastillas y puertas sin pomo.

Damen notó que se detenía.

—¿Quieres salir?

—Quiero entrar. Pero no porque tú me empujes ni porque mi padre me lo impida.

Avanzó por decisión propia.

Cuando Elena levantó la cabeza, Clara pronunció mamá con la voz de la niña que todavía esperaba detrás de todos sus años adultos.

La respuesta fue un recuerdo fabricado:

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—Clara murió. Yo asistí a su funeral.

Sofia pidió que nadie forzara el abrazo que todos deseaban ver.

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