Capítulo 02 - El hombre que también había mentido

Chapter 02 - Capítulo 02 - El hombre que también había mentido
Damen no intentó negar su voz.
Eso fue casi peor.
Los invitados guardaron un silencio expectante, esperando una explicación elegante que permitiera continuar la noche. En las familias ricas, la verdad siempre tenía unos segundos para decidir si iba a ser escándalo o simple incomodidad.
Damen miró el pequeño dispositivo en la mano de Clara.
—¿Cuándo grabaste eso?
—La semana pasada.
—No estabas en mi despacho.
—No tenía que estar.
Vincent desvió los ojos.
Damen lo vio.
—¿Tú la ayudaste?
—No —respondió Vincent—. Pero tampoco revisé el sistema de la biblioteca después de que Hastings visitara la casa.
Richard recuperó parte de su seguridad.
—Clara, escucha lo que acaba de decir tu marido. Nunca le importaste. Ven conmigo y anularemos esto.
Ella bajó los escalones restantes.
—¿Para que vuelvas a encerrarme?
—Para que recibas tratamiento.
—¿Por qué? ¿Porque guardo pruebas?
El doctor Vale abrió la carpeta.
—Porque presenta un patrón persistente de paranoia, recuerdos no verificables y conducta autodestructiva.
Clara se acercó hasta quedar frente a él.
—¿Recuerda el 18 de marzo?
Vale parpadeó.
—No sé a qué se refiere.
—Me dio una inyección antes de que mi padre entrara en la habitación. Cuando desperté, faltaban tres páginas del diario de mi madre.
Richard alzó la voz.
—Basta.
Damen dio un paso.
—Déjala hablar.
Clara se volvió hacia él.
—No necesito permiso.
La corrección fue fría y precisa.
Damen la aceptó.
El abogado que acompañaba a Richard entregó la orden a Vincent. Era una solicitud de evaluación psiquiátrica urgente, firmada por un juez retirado que ahora trabajaba como mediador privado.
—Esto no tiene fuerza ejecutiva —dijo Vincent después de leerla.
—La tendrá por la mañana —respondió Richard.
—Para entonces habrá una denuncia por coacción, falsificación y privación ilegal de libertad —dijo una voz desde el fondo.
Una mujer de cabello gris avanzó entre los invitados.
Se llamaba Helena Cruz y había sido invitada como asesora legal de la fundación Rossi. Clara la conocía de una reunión breve, aunque nunca supo que Damen la había contratado para revisar el acuerdo matrimonial.
Helena pidió el dispositivo.
—Necesito una copia de ambas grabaciones.
Clara no lo entregó.
—Necesito saber para quién trabaja.
Helena miró a Damen.
—Para el matrimonio, si ambos quieren conservarlo. Para la señora Hastings, si decide impugnarlo. No representaré al señor Rossi contra usted.
Damen se tensó.
—Eso no fue lo acordado.
—Tampoco fue acordado que la novia llegara con pruebas de una conspiración doble.
Richard miró a Clara.
—Todo esto puede terminar ahora. Ven a casa.
—Ya no tengo una casa contigo.
—Esa mansión, tus cuentas, tu apellido… todo procede de mí.
—Mi apellido procede de mi madre.
La expresión de Richard cambió.
Fue mínimo, pero Damen lo vio.
—¿Qué tiene que ver Elena con esto? —preguntó.
Clara apretó el dispositivo.
Su madre, Elena Hastings, había muerto cuando ella tenía catorce años. La versión oficial hablaba de una caída desde la terraza de una casa de verano. Richard dijo que Elena bebía y estaba deprimida.
Clara nunca le creyó.
—Mi madre dejó el treinta y ocho por ciento de Hastings Medical a mi nombre —dijo—. Mi padre no puede vender la empresa sin mis acciones.
Damen ya conocía esa parte.
Era el motivo jurídico del matrimonio. Según el acuerdo de deuda, las acciones de Clara pasarían a una sociedad conyugal controlada por él durante cinco años.
—Lo que no sabéis —continuó— es que el testamento contiene una cláusula oculta.
Richard dio un paso.
—Cállate.
Damen se interpuso.
—No vuelvas a acercarte.
Clara soltó una risa sin humor.
—Ahora sí te preocupa.
—Ahora sé más.
—No lo suficiente.
Explicó que las acciones no podían transferirse si el matrimonio se celebraba bajo coacción o si el cónyuge pretendía utilizarlas para controlar la compañía. Elena había incluido aquella cláusula porque sospechaba que Richard intentaría casarla con un socio.
—Entonces el acuerdo es inútil —dijo Damen.
—Para ti, sí.
Richard miró a su hija con furia abierta.
—Has destruido el único modo de salvar la empresa.
—La empresa no necesita salvarse. Necesita una auditoría.
El doctor Vale intentó acercarse. Helena se colocó a su lado.
—Doctor, le recomiendo que no toque a mi clienta.
Clara la miró.
—Aún no he dicho que lo sea.
—Lo sé.
Sirenas sonaron en la entrada.
Richard giró hacia Vincent.
—¿Has llamado a la policía?
—No.
Clara levantó su teléfono.
—Yo sí.
Había enviado la primera grabación antes de bajar.
Dos agentes entraron. La recepción terminó oficialmente en aquel momento. Los invitados fueron guiados hacia la salida. Richard exigió hablar con el jefe. Vale insistió en que Clara necesitaba evaluación.
Ella permaneció junto a la escalera, sosteniendo la bata cerrada sobre el vestido.
Damen se acercó a una distancia prudente.
—Lo que oíste en la grabación…
—Era verdad cuando lo dijiste.
—Sí.
La honestidad volvió a herir.
—Entonces no intentes explicarlo como si hubieras cambiado antes de ver mis cicatrices.
Damen bajó la voz.
—No voy a pedirte que confíes en mí esta noche.
—Bien.
—Pero Richard no te llevará.
Clara lo miró directamente.
—Eso no lo decides tú.
—No.
Damen respiró despacio.
—Lo decides tú.
Por primera vez, la frase no sonó como una táctica.
Helena se acercó con los agentes.
—Señora Rossi…
Clara levantó una mano.
—Hastings. De momento.
Helena corrigió.
—Señora Hastings, la policía necesita su declaración. También debemos decidir dónde pasará la noche.
Richard esperaba junto a la puerta, vigilado por un agente.
Clara pensó en Saint Orla, en la casa de su padre y en el dormitorio de arriba donde un hombre había admitido que la compró por unas acciones.
—Me quedaré aquí —dijo—. Pero el matrimonio queda suspendido hasta que revise cada documento.
Damen asintió.
—Tendrás tu propia habitación.
—Y tus hombres no entrarán sin permiso.
—De acuerdo.
—Vincent tampoco.
Vincent bajó la cabeza.
Clara lo había reconocido esa tarde.
No como guardaespaldas de Damen.
Como el joven conductor que, ocho años atrás, la llevó por primera vez a Saint Orla.
Helena pidió una lista de todos los empleados contratados para la boda. Dos habían trabajado antes en Saint Orla. Uno abandonó la mansión antes de que llegara la policía. Clara sintió la tentación de huir también, pero decidió permanecer hasta terminar su declaración. Quedarse ya no significaba obedecer; esa noche significaba negarse a desaparecer del expediente.
Antes de instalarse en la biblioteca, Clara pidió que la policía revisara el dormitorio. Dentro de un cajón apareció un frasco sin etiqueta. Vale aseguró que no era suyo; Helena lo selló como prueba.
Clara eligió dormir en una habitación con dos puertas que se abrían desde dentro. Vincent dejó mantas sin cruzar el umbral.
En el bolsillo interior del vestido encontró una tarjeta antigua de Saint Orla. Alguien había escrito: «El conductor recuerda más de lo que admite».
Clara salió al corredor. La luz mostró la cicatriz sobre la ceja de Vincent, la misma que había observado durante kilómetros desde el asiento trasero de un coche bloqueado.
—Mírame —ordenó.
Él obedeció.
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—Fuiste tú quien me llevó.
Vincent dejó de fingir que no comprendía.