Capítulo 09 - Lo que Celeste sabía

Capítulo 09 - Lo que Celeste sabía
Durante unos segundos, Maren no se movió. La hoja de Wren seguía contra su pecho. Celeste estaba en el umbral, con los brazos cruzados, sin joyas por primera vez en años. Parecía más pequeña sin ellas. No más inocente. Solo más pequeña.
—¿Eso es una amenaza? —preguntó Maren.
—Es una advertencia.
—Las tuyas siempre han sonado igual.
Celeste entró en la habitación como si aún fuera dueña de cada baldosa, cada cortina, cada respiración. Miró el dibujo de Wren y sonrió de lado.
—Los niños son tan dramáticos.
Maren dobló el papel con cuidado.
—No hables de mi hija.
Algo en su voz hizo que Celeste se detuviera. Quizá comprendió por fin que había llegado a una frontera. O quizá solo buscaba otro camino para entrar.
—Elliot no era perfecto —dijo.
Maren sintió una punzada defensiva.
—Nadie lo es.
—Te ocultó dinero.
—Para protegernos de vosotros.
—También ocultó una deuda de su hermano.
Maren frunció el ceño. Elliot había tenido un hermano, Aaron, muerto en un accidente de coche antes de que Wren naciera. Apenas hablaba de él. Decía que era una pena vieja que no quería ensuciar con detalles.
Celeste vio que la había alcanzado.
—Aaron debía dinero. Mucho. Elliot pagó parte. Otra parte quedó asociada a la empresa. Beckett lo sabía porque trabajó con Paul. Si esa carpeta aparece, puede abrir más puertas de las que imaginas.
Maren tardó en responder.
—¿Por qué me cuentas esto ahora?
Celeste miró hacia la ventana. Afuera, el jardín estaba limpio, ordenado, muerto de frío.
—Porque no quiero que Talia caiga con Beckett.
Ahí estaba. Por supuesto. No era remordimiento. Era selección de daños. Celeste seguía repartiendo amor como si fueran puestos en una mesa: a Talia el mantel bueno, a Maren las migas.
—Anoche echaste a Wren de casa en Navidad.
Celeste apretó la mandíbula.
—No pretendía que se fuera de verdad.
Maren soltó una risa seca.
—Qué curioso. La puerta estaba bastante abierta.
—Quería asustarte. Que entendieras que no puedes llegar aquí y mandar.
—Llegué porque me llamasteis.
—Llegaste porque siempre llegas cuando alguien te necesita. Eso también es una forma de orgullo, Maren.
La frase estaba diseñada para herir. Y, como tantas frases de Celeste, tenía una astilla de verdad colocada en el sitio exacto. Maren había confundido a veces el amor con ser imprescindible. Había permitido que la necesitaran porque, después de la muerte de Elliot, ser útil dolía menos que sentirse sola.
Pero eso no justificaba el abuso. Entender una trampa no obliga a quedarse dentro.
—Puede ser —dijo—. Pero mi orgullo pagó la hipoteca. El tuyo falsificó la realidad.
Celeste perdió el color.
Abajo, Inés llamó a Maren. Era hora de irse. Grant había contactado con el agente. Talia tenía la dirección de Lake Arden en el móvil. Y Maren, antes de salir, guardó el dibujo de Wren junto a la carta de Elliot.
El trayecto hasta Lake Arden duró cuarenta minutos. Grant condujo su viejo sedán porque Maren no quería que su coche quedara asociado a nada si Beckett huía. Talia iba atrás, callada, con los dedos clavados en el bolso. Inés hablaba por teléfono con la policía.
Maren miraba los árboles desnudos pasar por la ventana. Pensaba en Elliot. En la posibilidad de que hubiera deudas, secretos, decisiones tomadas sin ella. Y se obligó a no convertirlo en santo para que su dolor fuera más limpio. Amar a alguien de verdad, pensó, quizá también era aceptar que pudo equivocarse sin que eso borrara lo bueno.
La casa de Lake Arden era una cabaña moderna junto a un lago congelado por los bordes. Había un coche negro aparcado frente al garaje.
Talia se inclinó hacia delante.
—Es el suyo.
El agente Rivera llegó cinco minutos después con otra patrulla. No entraron como en una película. Llamaron. Esperaron. Beckett abrió con una camisa arrugada y el rostro de quien llevaba horas sin dormir.
Cuando vio a Talia, intentó sonreír.
—Cariño, esto no es lo que parece.
Talia no lloró. Maren reconoció esa quietud. La misma que ella había sentido en la puerta abierta.
—Nunca lo es contigo —dijo Talia.
El agente pidió permiso para entrar. Beckett se negó. Inés mostró la denuncia y los indicios. La conversación se tensó en el porche hasta que, desde dentro de la cabaña, una voz femenina preguntó:
—Beck, ¿quién es?
Talia cerró los ojos.
No fue sorpresa. Fue confirmación.
Beckett se volvió, furioso.
—Quédate dentro.
La mujer apareció igual. Joven, morena, con una manta sobre los hombros. En una mano llevaba una taza. En la otra, una carpeta azul.
Maren dejó de oír el viento.
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La mujer miró a todos y levantó la carpeta como quien entrega una bomba sin saber a quién pertenece.
—¿Es esto lo que buscan? Porque él me dijo que valía más que la casa.